Voto irresponsable por Cuba

Voto irresponsable por Cuba

MANUEL A. FERMIN
Recientemente un grupo de regímenes domocráticos se propusieron –neceando, pienso yo, a Estados Unidos– escoger a Cuba para cuidar del «respeto a los derechos humanos» por la vía del comité de las Naciones Unidas. ¡Tamaña hipocresía!, cuarenta y seis años de dictadura y de no guardar ningún respeto por el trabajo encomendando en esta hora parece que han servido para alcanzar tan «democrática distinción».

En su ya conocida pose de doctor Merengue, el saurio dictador cubano proclama que Cuba no necesita de la Unión Europea, «que puede seguir desenvolviéndose tan bien como lo ha hecho a través de los años». Su sarcástico proceder lo llevó a decir «que su arreglo con los europeos lo hacía para salvar la gestión diplomática de su canciller Pérez Roque», como si en verdad fuésemos tan tontos de creer que la política exterior de su luengo régimen estuviera en las manos de su caricaturesco «jefe de la diplomacia cubana». Pero los europeos, con sus cínicas conductas, les aceptan y pasan por alto sus necedades. Así que mientras arremete contra su líderes tiene que vivir en constante lucha por las dádivas de la Unión, y brindarle no solo las playas, el sol y el patrimonio histórico de La Habana, sino las jineteras, los homosexuales y demás lacras al estilo más contrarrevolucionario posible.

Para muchos caribeños que no nos resulta difícil conocer cuan rígidos han sido el dictador y el sistema político, reclamamos de sus defensores que dicen ser demócratas a no hacer mutis y obviar lo fundamentalmente necesario que es cambiar de régimen y de persona. Toda esa resistencia a la transacción que muestra el castrato, que aún su evidente decadencia no se inclina por producir políticas adecuadas y se aferra a la moción obsoleta del «socialismo de utopía» sustentado en la dádiva y el trueque mientras tiene que ofrecer a cambio un exceso de compromisos, asumiendo causas superiores a sus fuerzas. Así, a través de recursos que le otorgaron en tiempos pasados le permitieron exhibir modestos avances en bienestar social, ya hoy gastados, consumidos por un pueblo sin iniciativa.

La Cuba castrista goza de ofrecer una fuerza laboral barata y educada pero tiene familiaridad ya con un tipo de burocracia consumidora de tiempo y retrógada, apegada al Estado por cuarenta y seis años. Para ocultar sus aspiraciones frustradas, proclama el dictador cubano que Cuba «es el pueblo más heroico de este siglo», no corrupto, no cobarde, ni lacayo, ni inculto, ni analfabeto, como si eso garantizara la prosperidad de la sociedad cubana de hoy atrapada en la incertidumbre, la servidumbre y la carencia constante.

Los cubanos bajo la férula castrista no podrán escapar de la escasez económica, porque carecen de una fuerza de trabajo productiva, no hay grandes esfuerzos, nuevo capital y ni siquiera nuevas habilidades. Habría necesidad de motivar a la gente para lograr todo esto, no solo con palabras y vallas sino también con recompensas tangibles distribuidas en forma desigual en proporción al trabajo que realmente realicen. Pero esto será una utopía con el fidelismo pues este régimen le teme como el diablo a la cruz al incremento de un comercio activo; el incremento del comercio tiende a aumentar la monetización de la vida económica; y el dinero y la monetización son disolventes poderoso del control político. Pero si resistencia hay a la modernización económica y social, más pronunciado es la modernización política porque Cuba carece de diversidad contradictoria (cultural, política, social y económicamente); le falta pensadores reñidos entre sí, políticos que contrapongan ideas; comerciantes que compitan y profesionales con nivel competencial.

Ni siquiera en lo cultural hay espacio para contraponer conceptos y lo acaba de comprobar Plaza Mayor, editora puertorriqueña que en la última versión de feria del libro montada por la dictadura, por razones meramente políticas, no fue invitada por el Ministerio de Cultura. ¿Qué puede esperarse de un régimen que ve la computadora como una imprenta? Pero nada de esto impide que el régimen castrista siga gozando del aprecio de los hipócritas que se hacen llamar demócratas, aún éste siga rezumando la pesadilla del mundo de George Orwell en «1984», «donde los hombres viven en una sociedad totalitaria, sometidos a la censura y vigilancia constante de su gobierno y reciben adoctrinamiento mediante ejercicios diarios de odio contra un supuesto enemigo nacional con el que sostiene una guerra interminable e inconcluyente». Dudas no quedan, Orwell y su pesadilla se hacen verosímil en la Cuba de Castro, pero sus cegados amigos lo ignoran. ¡Increíble!