¿Volvió a ocurrir?

¿Volvió a ocurrir?

Claudio Acosta.

Santiago es, hoy por hoy, una ciudad acosada por la violencia, aunque a los santiagueros les moleste, con justa razón, que le cuelguen esa etiqueta. También existe en la Ciudad Corazón una numerosa comunidad haitiana, por lo que es lógico –y estadísticamente probable– que sus miembros sean sus víctimas de cuando en cuando. Cosa distinta es cuando esa violencia tiene como motivaciones el racismo y la xenofobia, como se teme ocurrió en el caso del limpiabotas haitiano que amaneció colgado, atado de pies y manos, en el parque Ercilia Pepín, un acto de barbarie exhibicionista que ha servido de pretexto a los desaforados de este y aquel lado de la frontera para atizar las tensiones entre ambos países. Y como se trata de un crimen que, a pesar de sus implicaciones, sigue sin resolverse, cualquier acción violenta contra un haitiano en Santiago o en otro punto del país corre el riesgo de convertirse, a los ojos de la prejuiciada comunidad internacional, en otra muestra de las “agresiones y maltratos” de que son víctimas nuestros vecinos en la República Dominicana. Por eso es tan importante que se esclarezcan cuanto antes las muertes violentas ocurridas este fin de semana, en hechos separados, de dos haitianos. El cadáver de un joven solo conocido como Daniel, de 21 años, fue encontrado con golpes contundentes en la cabeza por varios compatriotas en un edificio en construcción, en tanto Marco Suplice Luis, de 25, fue muerto de dos balazos por individuos que arrojaron su cadáver cerca de la iglesia San Bartolo. Ese último crimen tiene todo el potencial para convertirse, si no se aclara rápido y de manera convincente, en otra expresión de “odio racista y xenófobo”, pues no en balde se presentaron al lugar donde fue dejado el cadáver una comisión del Comité de los Derechos Humanos y representantes de la comunidad haitiana. Ojalá que nuestras autoridades policiales actúen con la misma rapidez y presteza.