Vicio de escribir

Vicio de escribir

El elogio más halagüeño que  puedan hacerme mis lectores –y que en alguna afortunada ocasión me han hecho- es decirme que les gusta el talante vivencial de mis escritos. Ahora bien, mi principal temor desde que tomo la pluma entre los dedos es no expresarme con suficiente sencillez, de manera auspiciosamente directa y espontánea.

Detesto las volutas retóricas, los ornamentos innecesarios que lastran la palabra. No es más apetecible la mujer porque se vuelque encima todas las joyas, perfumes y ungüentos que consiga. Por el contrario, sólo la desnudez pondrá de resalto al máximo sus admirables atributos.

Del mismo modo, no requiere el lenguaje de accesorios, lentejuelas y exornos apendiculares para comunicar con vigor, densidad y belleza lo que tiene el hablante que decir.

 La sencillez constituye para mí, antes que un problema que atañe a la buena inteligencia de lo enunciado, una cuestión estética. Porque el lenguaje no ha sido nunca en mis manos simple instrumento del que me valgo para desarrollar ideas, sino la arcilla misma de mi humanidad a la que doy forma, a la que forjo constantemente en cada pensamiento que concibo, en cada frase aromática que, como el dorado pan, brota del horno cálido de mi corazón…

No aspiro a la sencillez con el objetivo de que todo el mundo me comprenda, aunque, por descontado, no deja de alegrarme que los lectores hallen amena y transparente mi palabra; sino que soy sencillo porque me gusta serlo; porque cuando no lo soy se me hace que el que escribe es otro, un usurpador que se apoderó de mi mente y se cubrió con el atuendo de mis propias facciones para obligarme a decir cosas que no tenía ni por asomo la intención de expresar.

 Rechazo la vana ostentación en cualquiera de sus innumerables manifestaciones. En el fondo, la ostentación no es más que otro de los impúdicos antifaces con que se enmascara la estupidez… estupidez que, haríamos mal en olvidarlo, no sólo puede ser torpe, ruda o vulgar, sino que también suele adoptar los modales de un refinado y complicadísimo protocolo.

Pocas cosas hay más  desafortunadas que la tontería cuando se pasea por las páginas de los libros o por las tertulias de salón dándose aires intelectuales. La bellaquería no por erudita o informada deja de ser bellaquería. Y se me antoja que la necedad no estriba tanto en lo que se expresa como en el motivo que anima la expresión. Puedo en medio de una asamblea proferir sentencias muy agudas y amonedar profundas reflexiones; pero si lo hago para lucirme, para adquirir poder o cortejar la celebridad, desde cierto estimable punto de vista, me estoy comportando como un redomado patán. Y me asalta la perturbadora sospecha de que es esta la forma de actuar de buena parte de los hombres y mujeres con los que nos topamos en la calle… Advierto dos tipos de ignorancia: la que es atribuible a la falta de conocimientos, y la que testimonia carencia de amor y de generosidad. La academia puede en parte eliminar la primera; mas el desarrollo del intelecto de ningún modo asegura que la segunda pueda ser subsanada; hasta es verosímil que parejo desarrollo la acreciente…

Por lo que a mí respecta, trato de escribir siempre desde el amor; intento que mi solidaridad esencial con la vida sea la que hinche, como el viento la blanca vela, mis palabras. No me fío del intelecto despojado de la carne de la pasión; como tampoco me fío de la pasión cuando la luz del entendimiento no la guía.

Desde semejante perspectiva no he podido menos que arribar a la conclusión –igual que lo hizo Sócrates- que la maldad humana no es más que estupidez, o sea, ignorancia… Pero yerra -¡y hasta qué extremo!- quien se figure que la aludida ignorancia es el pueblo el que la padece por no haber podido acceder a los refinamientos de una óptima escolaridad y de un hogar acomodado.

El pueblo será tosco, rudo e ignaro, pero imbécil no es; tampoco incapaz de admirar la belleza ni de apreciar las ventajas de la solidaridad, de la virtud y del amor…

Tengo la impresión de que acerca del pueblo y de lo popular perseveran dos mitos peligrosos: uno es la opinión de que el pueblo es vago y cerril y que de él nada se puede esperar de importancia o de valor.

 Tal concepto, con la crudeza con que lo acabo de exponer, acaso sólo lo sustenten los círculos más retrógrados de la sociedad. Pero no cabe la menor duda de que dicho prejuicio impregna  no pocas de las actitudes de individuos que nada tienen en común con esas “elites”…

El otro mito se nos propone como la cara opuesta de la moneda: lo popular, por el mero hecho de serlo, es excelente y meritorio. Se idealiza al pueblo hasta convertirlo en una entelequia, en un ente irreal al que perdonamos todos sus defectos mientras nos esforzamos en poner de relieve sus virtudes….

Ambas visiones son, a  juicio mío, engañosas, y la delusión, voluntaria o inconsciente, no nos conducirá jamás por el camino recto… En cuanto a mí, -lo he afirmado en más de una oportunidad- nunca pretenderé ser popular, pertenecer al pueblo.

Pero no por ello voy a incurrir en la absurda postura de cuantos se empeñan en reafirmarse a sí mismos y perpetuar sus inadmisibles privilegios despreciando a las mayorías a las que temen tanto como las difaman… Es falso que el pueblo siempre tenga razón; tampoco siempre la tienen quienes presumen de exquisitos y elegantes. No es otra la razón de que desconfíe de la aristocracia del saber tanto como dudo de la democracia de la sabiduría.

A tenor de lo expuesto, abomino tanto de los privilegios de las oligarquías como de la demagógica igualdad de signo populista… Igualdad no es uniformidad; así como ningún ser humano es idéntico a otro en su apariencia física, así tampoco lo es en lo que atañe a sus capacidades, talento, aptitudes, inteligencia y sentimientos.