Versión “tropical” de  una tragedia griega

Versión “tropical” de  una tragedia griega

Aunque Fedra es un personaje tan importante en la dramaturgia griega de Eurípides, no lo es tanto como Medea, quien es un sujeto de estrategia, es decir, que planifica, medita, premedita con asechanza y alevosía su homicidio y su infanticidio y sale indemne de la prueba.

En cambio, Fedra no sale indemne. Tiene, como los sacerdotes y las mujeres, al decir de un personaje de un cuento de Mérimée, que ocultar y tragarse sus sentimientos y su pasión ardorosa por su hijastro Hipólito, quien al final, como toda tragedia o toda vida personal, cae, al igual que su madrastra, fulminado por el rayo del destino de la diosa Afrodita, celosa porque Hipólito ha hecho votos de castidad y fidelidad a Ártemis y ha tenido a menos la jerarquía de Cipris, lo cual le molestó sobremanera. Y el destino que un dios le reserva a un mortal ni otro dios puede torcerlo. Es inapelable y debe cumplirse.

El argumento euripideo (verlo en “Tragedias”, t. I, Gredos, 1977, pp. 322-23) es seguido por Incháustegui al pie de la letra, pero ha tropicalizado la obra suya, ya que con excepción de los tres protagonistas principales del drama griego (Hipólito, Fedra y Teseo), los demás personajes tienen nombres cristianos: Ana (la nodriza), José, Miguel, Emilio y Lope, figurones.

Pero aparte de que el destino decretado por una divinidad debe cumplirse, la simbolización de “Hipólito” es la inviabilidad de un matrimonio entre una cretense y un ateniense debido a una ley arcaica griega: la creencia de que “la mayor parte de las desgracias se debían al castigo de una culpa heredada por un descendiente de la familia.” Según esta creencia, los hijos debían pagar las culpas de los padres, hasta que la filosofía acabó con esta ideología, pero en la época de Eurípides estaba todavía en funcionamiento.

La inviabilidad de la unión tiene una explicación: Fedra es hija de Minos, rey de Creta, y su esposa, Pasifae, se ayuntó con un toro. De esa unión nació Fedra, pero el “toro” no es más que un símbolo de una relación extramarital. De modo que Fedra es idéntica a Hipólito, hijo bastardo de Teseo con la amazona Melanipa, Antíope o Hipólita. Hay un toro y una yegua en este origen cornúpeto de Fedra e Hipólito.

Pero también hay una inviabilidad de la relación entre hijastro y madrastra (exentos ambos de lazos de consanguinidad) porque la creencia arcaica lo condena y en virtud de las leyes de herencia, Hipólito ni siquiera podía suceder a Teseo en el reino en caso de que se hubiese materializado el amor que Fedra le declara a través de la nodriza. Las dos inviabilidades iban contra natura y no podían desembocar sino en la tragedia, decretada ya, por lo menos para Hipólito, por Afrodita, que de paso contamina a Fedra, condenada a pagar la culpa de Pasifae e Hipólito obligado a pagar la culpa cometida por Teseo. Dos sistemas de pensamiento contrapuestos en la cultura griega desembocan, obligatoriamente, en la muerte de Hipólito y Fedra, quien se ahorca ante la vergüenza debida al rechazo del casto Hipólito.

Al igual que en “Filoctetes”, Incháustegui Cabral borda un argumento de un “golpe de mano” para apoderarse del Poder” (p.173) orquestado por Hipólito, es decir, para, muerto el padre Teseo, adueñarse fraudulentamente de la Regencia. Lo que significa que gobernaría interinamente hasta que un hijo legítimo de Teseo y Fedra, pero menor de edad, alcance la mayoría y ocupe el trono. Pero ese golpe fracasa, según anunció por la radio un comunicado del Ministerio de lo Interior y Policía y que Hipólito confirma con duda: “Parece que el golpe fracasó.” (p.173)

Hay una “judaización” de la nodriza (la doctora Ana Abraham, p. 171), pero la función es la misma que el drama euripideo. Fedra, en Incháustegui, actualiza el tiempo clásico al tiempo del siglo XX. Toda la trama del drama dominicano está dominado por un ambiente cultural sincrético: nombres griegos de personajes que interactúan en una intriga política criolla. Y Fedra es feminista, como en Eurípides lo son las mujeres protagonistas de la acción: al hablar de Teseo y su vida en la corte palatina, ella se dirige a la nodriza Ana: “perdonarlo… Eso quisiera: perdonarlo,/perdonarle su grandeza,/ perdonarle su dinero,/ser, siquiera una vez,/además de su mujer, amiga y compañera,/no un animal de lujo paridora de muchachos,/(p. 176)

En este drama Incháustegui Cabral ha logrado alejarse lo más posible de Eurípides, incluso más que en los dos anteriores, pero la ley de la escritura como proyecto le acompaña: sobre un tema de Eurípides. Si se conjetura que cambiados los nombres de todos los personajes y referencias a nombres de personajes y ambientes culturales griegos, el drama es un drama específica y culturalmente dominicano, ¿lo sería? El ritmo-sentido delataría el planto y lo alambicado de la imitación griega. En esto, Franklin Domínguez,  Avilés Blonda y Manuel Rueda son los fundadores del teatro culturalmente dominicano. Los personajes de estos dramaturgos y comediantes son cultural, lingüística y rítmicamente dominicanos.

Incháustegui quiso alejarse de la “koiné” dominicana y remontarse a la ideología de lo “universal” a fin de lograr “trascender lo local”, sin darse cuenta que los dramas de Eurípides, Sófocles y Esquilo eran netamente locales. Logró un producto sincrético. Una tibieza. Los proyectos a medias siempre fracasan. Los poemas primeros de Incháustegui contenidos en su libro “Poemas de una sola angustia” debieron señalarse el camino del “éxito” literario, pero él acalló su voz y su escritura desde que entró a colaborar con la dictadura de Trujillo. Jesús de Galíndez lo advirtió desde ese momento. Su opinión está documentada en su libro “La era de Trujillo”. Cuando Incháustegui Cabral quiso recuperar voz y escritura después de la caída de la dictadura, ya era demasiado tarde.

La escritura es un asunto tan serio que no se puede jugar con ella al ser una transformación de las ideologías y creencias de una época. Usted no puede decir: Déjame ser feliz y vivir en abundancia en medio de estas creencias y estas ideologías, que después yo me rearticulo.   No, el Poder al cual sirve, está, aunque dormido, vigilante, para que no te rearticules y cumplas con tu compromiso de intelectual ancilar.

Por no rearticularse y conciliar con las creencias e ideologías de la época es que Eurípides es superior a Sófocles y Esquilo; Heráclito es superior a Aristóteles y Anaxágoras es superior a Platón. Los filósofos y dramaturgos que repitieron ideologías y creencias y no transformaron la cultura griega, vivieron dormidos, como Incháustegui Cabral. No despertaron nunca. Por eso son venerados por el Poder y sus instancias. Son escritores y pensadores muertos. Sólo sirven para citas y rituales ocasionales de salones, academias y palacios.