Una obrera y un homosexual

Una obrera y un homosexual

FEDERICO HENRÍQUEZ GRATEREAUX
– ¿Ella es una mujer joven? – Sí, joven y bonita y muy atractiva. Lidia Portuondo es una operaria de la fábrica central de uniformes militares. Las gestiones para que ella salga de Cuba las haré a través de un académico español que estuvo en la Unidad, en La Habana.

El solicitará los documentos para que pueda viajar; y también los de su amigo Azuceno. – ¿Azuceno? Es un nombre muy extraño. – Es un homosexual. – De modo que usted quiere traer acá a una obrera y a un maricón. – En realidad, el camino será ir a Miami primero, donde se quedará el homosexual; quiero que ella venga sola a Santo Domingo. – Ya veo; desea que el Azuceno ese tenga mejor vida en los Estados Unidos y que la señora venga y le acompañe a usted. Si, así es. Ella es lo que llaman allá una «mulata de pelo»; es muy inteligente. – He oído decir que las cubanas son dulces y zalameras. – Yo no le llamaría zalamera, pues nunca se muestra exagerada ni con afectación; es cariñosa, eso sí; y alegre; pero, además, responsable y consecuente con las personas que ama; la conozco bien. En La Habana dicen burlonamente que Dios trabajó una hora extra el séptimo día de la creación: la dedicó a sembrar la posibilidad de que, algún día, existieran mulatas en las islas del Caribe. Ladislao y el periodista hablaban sentados en un banco de la plaza, a la sombra de un árbol enorme.

– Basta que a un hombre le guste una mujer para que empiece a encontrar en ella perfecciones imaginarias, gracias especiales, encantos «únicos». – Ciertamente; esa es la regla general. Ahora bien, tengo que hacerle algunas aclaraciones importantes. Las haré porque agradezco a usted dos contribuciones esenciales para mi trabajo: usted me aseguró que Marguerite de Bertrand estuvo en Rusia durante la guerra civil, en 1918; y usted obtuvo la certificación del presidio de Tierra de Fuego; por tanto, el hijo de Marguerite fue, efectivamente, un prisionero del gobierno militar argentino. Son las dos puntas extremas de mis investigaciones. Sin embargo, ha sido desconsiderado al decirme – sin conocer a ninguna de las dos personas – que yo quiero traer a la República Dominicana «a una obrera y a un maricón». Yo le debo la vida a esa mujer; correcto es reconocer que me salvó la vida, no una sino tres veces. En una ocasión sufrí un colapso mientras me bañaba; caí bajo la ducha temblando y me desvanecí a causa de hipotermia. Ella me rescató, desnudo y sin conocimiento. Después, mientras vivía sólo en un hotel de La Habana, enfermé de disentería tropical. Ella, con la intervención de Azuceno, consiguió los medicamentos. Ambos me atendieron generosamente. Ahora, hace unos días, Lidia me alertó para que no cayera en las garras de los agentes de la Seguridad del Estado.

– Pero eso no es todo, amigo mío; mi madre fue operaria de la industria cerámica de Hungría. Muerto mi padre ella tuvo que trabajar como obrera especializada. Con su trabajo nos mantuvo en tiempos difíciles para todos los húngaros. Mi madre era una persona bien educada por dos razones: por el largísimo contacto con mi padre, hombre muy instruido; y porque tenía alma sensible y cabeza refinada. Ella presentó su hijo a sus amigas obreras de la fábrica; me dio a conocer así el sufrimiento de los pobres y las injusticias de los políticos extranjeros. Respetaba la memoria de mi padre. No se ha extinguido aun el grandísimo amor que siento por los dos. Lidia Portuondo no tiene casi instrucción escolar, pero cuando la conozca verá en su cara la marca de la dignidad en medio de la pobreza; la resignación ante las durísimas reglas de una sociedad congelada. No es cómodo vivir atrapado y, no obstante, encontrar gozo en las tareas de todos los días. Aprecio mucho la entereza de Lidia y su personalidad orgullosa; casi tanto como su gracia femenina. ¡Al caminar parece que baila!

– Con respecto a Azuceno también me mueve el afecto mucho más que la piedad. Es un empleado atentísimo de una cafetería próxima a la Unidad de Investigación. Mandó a construir una bicicleta con trozos de viejas bicicletas arrumbadas en el taller de un tal Anacleto. Esa bicicleta «de tres colores» la armó con la finalidad de que Lidia y yo pudiéramos transportarnos en otra bicicleta; en la que él iba a su trabajo diariamente. Para Azuceno Lidia es el modelo de feminidad y encanto que nunca podrá alcanzar. Adora a Lidia porque es mujer, o sea, lo que él no es pero desea ser. Quería, por supuesto, un hombre para Lidia. El hombre que él no puede tener sin riesgo de ir a parar al campamento del reformatorio. El único sueño de su corazón homosexual es salir de Cuba y que la admirada Lidia sea feliz con este húngaro emigrado que tiene la cara angulosa. Una cara parecida a la de un actor de cierta película de los años setenta que él vio una vez en un cine de Pinar del Río. – Pido disculpas por mis palabras, doctor Ubrique. Creo que va a llover; lo mejor es volver pronto al hotel. Santo Domingo, R. D., 1993.