Una locura llamada Metro

Una locura llamada Metro

MANUEL E. GÓMEZ PIETERZ
Santo Domingo de Guzmán es una urbe cuyas múltiples carencias se conjugan con el absurdo y la irracionalidad. Con una población que ronda los tres millones de habitantes; no dispone: de un adecuado sistema de abastecimiento de agua potable para la vivienda, las actividades productivas, y la protección contra incendio.  Los hidrantes sólo existen en el nostálgico recuerdo del viejo bombero.  No tiene un eficaz sistema de alcantarillado pluvial.  La estación lluviosa es la de la inundación  de las calles y las múltiples interrupciones del tránsito vehicular.  La ciudad carece de alcantarillado sanitario y las aguas negras se disponen por vías de cámaras sépticas y pozos filtrantes contaminantes de las aguas subterráneas.  Sólo un área relativamente pequeña del viejo Santo Domingo dispone de cloacas que descargan las aguas negras en el mar Caribe  sin tratamiento alguno.

El precario suministro de energía eléctrica es inestable y caro.  Sujeto a una tarifa con un grueso componente sumergido que al real costo de generación agrega las pérdidas por deficiencias del sistema de distribución de la red, la incapacidad administrativa para cobrar a quien no paga y el costo adicional que para el usuario regular está implícito en los apagones y sus daños.  Faltaría agregar que quienes pagan el servicio se ven frecuentemente sujetos a arbitrarias e  ilegales penalidades por parte de la empresa eléctrica.  La prensa local ha reproducido en fecha reciente la sorprendente declaración de la autoridad gubernamental de que los apagones no tienen solución a corto ni mediano plazo.

El perfil urbano que las modernas torres han dado a nuestra ciudad, contrasta con la patética fealdad de la aldea tradicional.  La maraña de cables del tendido eléctrico, telefónico, de telecable que cuelgan caóticamente de unos postes que parecen resistirse tozudamente a la subterraneidad, contradice y frustra el positivo avance hacia la modernidad urbanística.  El cableado subterráneo es un indicador de la categoría urbanística de las ciudades.

El cableado aéreo entra en conflicto e impide la bella arborización de calles, avenidas y bulevares.  La de nuestra ciudad, es fea, desordenada, desigual y caótica.  Sin ningún sentido de profesional orden paisajístico.

La ciudad de Santo Domingo carece por lo menos en la práctica, de un efectivo plan maestro de desarrollo urbano y ordenamiento territorial.  En áreas extensas no son discernibles lo residencial, comercial, industrial, lo recreacional y turístico, etc.  Sin seguimiento, los planes maestros se distorsionan sistemáticamente desde su formulación; porque la permanente razón comunitaria es avasallada por la mutante y particularista voracidad de los políticos de turno.  El sistema de transporte, pieza fundamental del ordenamiento territorial urbano, en la ciudad de  Santo Domingo se caracteriza por no ser sistema sino caos.  Diseñado a retazos, no como resultado de un estudio profesional comprensivo, es una de las carencias fundamentales de nuestra urbe.  Que  agregada a su extenso catálogo de carencias y prioridades, relega al proyecto del metro de Santo domingo a la categoría de caprichosa locura extemporánea.

El del metro es un ambicioso proyecto de implantación de una nueva y costosa infraestructura vial y de transporte que a la vez pretende ser una iniciativa de reforma con todas sus implícitas y conflictivas acciones y repercusiones económicas, políticas, y humanas.  Como implantación modernizante impone al hombre común una ruptura de su comportamiento tradicional y un cambio cultural para asimilar  y adaptarse a lo nuevo.  Como proyecto de reforma de elevadísimo costo, afecta severa y negativamente a intereses creados, a la vez que introduce nuevas oportunidades para el negocio, el lucro, y la corrupción, lo cual suele desencadenar perturbadoras luchas grupales por el control y aprovechamiento del nuevo recurso.  El metro no solo implica un elevadísimo costo de inversión de capital, sino de operación, mantenimiento y subsidio, que tantas carencias con alto rango de prioridad, potencian como enorme, conflictivo y altamente peligroso costo de oportunidad, que es el costo económico, social y político, derivado de la postergación de proyectos y obras esenciales.

Salta pues a la vista el porqué un proyecto de tanta envergadura como el metro requiera como condición sine qua non un intenso y prolongado proceso previo de concertación y legitimación que debe partir no solamente de un concienzudo estudio de factibilidad económica, sino de un análisis etnológico para determinar la aptitud cultural de los usuarios para utilizar tan sofisticada innovación.  Imponer forzosa y temerariamente un proceso de reforma de tan alto costo quemando las etapas que la lógica racionalidad, la prudencia y la buena política económica aconsejan, es una utópica y onírica ilusión que podría tener un desastroso final; porque hasta donde alcanza nuestro imperfecto conocimiento, el cuestionamiento público es inevitable, continuo y cada vez más creciente y airado en el curso de implantación del proyecto.  Son obvias sus consecuencias políticas porque en lo sucesivo el ciudadano elector atribuirá al metro la causa de sus problemas y frustraciones.

No nos mueve contra el metro de Santo Domingo ningún prejuicio apasionado ni contra sus promotores animosidad alguna.  Si contra nuestra firme convicción, «el metro» resultare un éxito; nos sentiríamos sincera y altamente complacidos.