¿Una balaguerada?

¿Una balaguerada?

El nombramiento del empresario Celso Marranzini como vicepresidente ejecutivo de la Corporación Dominicana de Empresas Eléctricas Estatales (CDEEE) ha despertado la morbosidad balagueriana que subyace en la sociedad dominicana.

Rápidamente corrió la interpretación mediática de que el nombramiento era una balaguerada; es decir, un acto de maldad y cinismo político del presidente Leonel Fernández.

Según esa vertiente interpretativa, el sector empresarial se había quejado de la gestión de Radhamés Segura, un político, y el presidente Fernández decidió entregarle a un empresario crítico, la responsabilidad de administrar la CDEEE para que fracase. Así reivindicaría la gestión de los políticos.

Quizás esa interpretación sea cierta. Tal vez el espíritu balagueriano ronda los pasillos del Palacio Nacional y Leonel Fernández lo encarna.

Pero si el nombramiento se trata de una balaguerada, la primera víctima de otro fracaso administrativo en el sector eléctrico será el propio presidente Fernández. Por eso me resulta poco convincente la caracterización de que el nombramiento del empresario es una balaguerada.

La política como maldad y cinismo pude a veces llevar a la “victoria” cuando quien la ejerce también tiene el garrote para imponerse. Balaguer lo tenía y lo usaba, sobre todo en los 12 años.

Sin embargo, las condiciones de apertura democrática que ha tenido el país en las últimas décadas, dificultan que un presidente pueda contar con el garrote para amedrentar la sociedad e imponer siempre o casi siempre su voluntad.

También es más difícil ahora recurrir a los fraudes electorales, como los que orquestaban los balagueristas para mantenerse en el poder. Ahora los fracasos gubernamentales se contabilizan el día de las elecciones, cuando el pueblo expresa su apoyo al gobierno de turno o le dice “e’pa’fuera que van”.

Un fracaso de la gestión de Celso Marranzini al frente de la CDEEE no constituiría simplemente una derrota para un empresario o para el sector empresarial, sino una derrota para el gobierno de Leonel Fernández, y sobre todo, un martirio para la sociedad dominicana.

Por eso, imagino, habrá gran interés en ambas partes de buscar éxito. Saben que los problemas del sector eléctrico son inmensos y se han acumulado en décadas de ineficiencia y zigzagueo entre el gobierno y el sector empresarial.

El nombramiento de Marranzini también se ha querido plantear como un asunto de tensión entre los intereses públicos y privados, el Estado y el mercado.

La realidad es que una mejor administración en la generación y distribución de energía eléctrica la puede lograr el Estado junto con el empresariado. Ni uno ni otro es panacea, ni garantiza por sí solo la solución. Así lo demuestra la historia en muchos países donde ambos sectores exhiben éxitos y fracasos en distintos ámbitos de la economía.

El desafío principal en la producción y oferta del servicio eléctrico radica en mejorar la administración, cobrar justamente, y avanzar en el uso de fuentes de energía renovables.

Queda, por otro lado, en manos del Estado determinar a cuántos y a quiénes subsidiará; tarea sumamente compleja en un país donde es difícil discernir entre pobres, más pobres y menos pobres.

Con tantas personas necesitadas, y ante las dificultades financieras del sector público para atender a todos los que calificarían para un subsidio, el gobierno se ha cobijado históricamente en el clientelismo. Incorpora unos y excluye otros por razones de preferencia partidaria. Así se ha reproducido la ineficiencia y la injusticia.

Ojalá que la nueva administración de la CDEEE mejore sustancialmente el servicio, cobre a todo el que pueda pagar, y que el gobierno determine con justeza y eficiencia cuánta luz puede subsidiar a los que no pueden pagar.