Un ser humano inimitable

Un ser humano inimitable

Pasado mañana se celebrará el 194 aniversario del nacimiento de un ser humano excepcional, que se convertirá en el siglo XXI en el acusador de lo que no han podido ser las subsiguientes generaciones de dominicanos que han pululado en este territorio, sembrándolo de intrigas, asesinatos, ambiciones, violencia, incapacidades y de una grave pasión por el dinero fácil, y más si proviene del erario público, estancando en cada generación el desarrollo armónico de la sociedad.

Juan Pablo Duarte, en sus prédicas, representa todo lo que no quieren oír los dominicanos de las presentes generaciones, embriagados como están en arrollar contra los que se oponen a sus metas de enriquecerse y ser parte de esa sociedad del bienestar, que tan profundamente caló cuando el mundo se volvió unipolar con el capitalismo triunfante norteamericano y el estrepitoso derrumbe del imperio soviético en 1991.

Todos los apologistas del patricio se han empeñado por décadas en presentarnos a un hombre inmaculado, casi como un profeta o un Mesías. Duarte ha sido elevado a los cielos y colocado en un sitial inalcanzable y no asimilable, que para encontrar algo de la verdad de su vida, es necesario leer entre líneas la historia y deducir cuáles fueron sus metas, grandezas y debilidades.

La grandeza de Duarte fue confirmada y consolidada por la acción que asumieron los restauradores en 1864 para expulsarlo del país con una simbólica designación diplomática. La fama de lo que había Duarte sido en 1844 le precedía y esos nuevos héroes dominicanos tuvieron temor de su prestigio que los desplazaría ya que estaban inmensos en consolidar la victoria sobre las fuerzas expedicionarias de España.

Las prédicas de Duarte, después de su retorno al país desde Europa en donde había vivido, viajando y conociendo por más de tres años la efervescencia de un continente que se reponía de la era napoleónica, que había consolidado el grito de la revolución francesa de libertad, fraternidad e igualdad. Las cortes generales de Barcelona y el liberalismo de Europa, calaron hondo en las mentes de los jóvenes compañeros de Duarte, ávidos para sacudirse del tutelaje haitiano que desde 1822 habían ocupado la parte oriental de la isla y empeñados en borrar todos los rasgos de hispanidad de una menguada población afectada del severo éxodo de numerosas familias a los países cercanos.

Las consecuencias de la separación de 1844 y el despojo de la gloria de que fue objeto Duarte, afectaron emocionalmente su ánimo. Por causas de su respetuosa personalidad lo hicieron abandonar su protagonismo después de su retorno triunfal en marzo de 1844, y más cuando en el Cibao lo habían proclamado como presidente, que lo hubiese consolidado como líder indiscutible de su nación. Lo que logró por su negativa fue su destierro de por vida a Venezuela, arrastrando en las inhóspitas selvas sus amarguras y vacilaciones.

Los restauradores en 1864, por sus celos y ambiciones que ya arrastraban, vieron en Duarte un peligro para sus planes y sus deficientes liderazgos. Una de las pocas acciones que adoptaron, bajo la influencia de Ulises Francisco Espaillat al actuar como un ente colegiado, fue expulsar diplomáticamente a Duarte, consolidando de esa manera su hazaña de ser el forjador de la dominicanidad.