Un músico, poeta y loco, ingeniosamente cuerdo

Un músico, poeta y loco, ingeniosamente cuerdo

ROBERTO VALENTÍN
A pesar de que al buen humor no le agrada vestirse de luto, descubrí con tu partida que puede haber tristeza en la risa y que la sonrisa se desdibuja de los labios cuando  accidentalmente o no  un proyectil abominable es capaz de segar la vida de un hombre talentoso y formidable.

A partir de tu irreparable pérdida he descubierto otras cosas. Descubrí que la música emana corcheas de nostalgia desde el momento en que pierde a un instrumentista valioso, mientras al propio tiempo notas y acordes claman justicia en torno a una muerte tormentosa.

Te fuiste sin despedirte, rey de la parodia. Partiste una mañana con una inmerecida espina clavada en el tórax; con un dolor terrible que se transporta y aún pernocta en los pechos de aquellos que admiramos tus aptitudes multifacéticas.

Muchos nombres y motes se esbozaron alrededor de tu magnánimo talento y de tu carrera exitosa: «el papá de los libretistas», «el show man», «don Medrano», «Genio», «Pelao» y «Músico, poeta y loco».

Parafraseaste y retrataste la cotidianidad criolla en comedias de la tele con tal ingenio que muchos te consideran insuperable.

El alma de Aristófanes, el padre de la comedia griega, vaga procurando la tuya para colocarla junto a las de Jardiel Poncela, Alvaro de la Iglesia, Guy de Maupassant, Afanti, Noel Clarassó y Vicente Espinel.

Desde el más allá Raúl Vale sintonizó con nuestro Freddy Beras para revelarle que te avistó haciendo reír a los ángeles con ocurrencias celestiales.

Muy lejos de Quisqueya y de tu natal Barahona, allá en el cono sur, entre Chile y Argentina, Lucho Navarro y Jorge Porcel le escribieron sendas misivas a don Alberto Cortez para robustecer su carta y su canto a favor de tu recuerdo. Y, pretendiendo emular la tinta indeleble de tu bolígrafo azulito, quien suscribe estas sencillas líneas trató en vano de escribirte un epitafio, pero en vez de una tarja afortunadamente sólo encontré el diapasón de tu guitarra colgado de un ala entonando alegremente la canción de «Carmencita».

Por su parte, Cecilia, Felipe, Luisito y Cuquín, impregnan en cada chiste un homenaje al amigo, al compadre, al artista y al trabajador de la risa del parnaso inmarcesible.

En tanto que Mario Emilio intenta retratar con sus cuentos costumbristas las trastadas coloquiales del patio de Medrano.

Carlos Alfredo me confesó que no acepta tu partida, mientras fusiona tu imagen, tu melodía y tu carcajada entre un merengue con ópera y las viñetas de la Cuasiantología del Chiste Graficado, de Ernest Krist.

Yo, simplemente uno más entre tus hijos del arte, sin resignarme aún, me limito por ahora a la fe, a la inmensa fe en la justicia celestial y terrenal y a dedicarte humildemente en nombre de todos los humoristas, periodistas, músicos y poetas de la Tierra, el siguiente soneto que con gran cariño y sentimientos de gratitud y admiración escribí para ti:

No sé si eres pintor o eres poeta/ mas sé que tu pincel dibuja versos/ y tu pluma paisajes y universos/ que invitan a llegar hasta la meta.

No sé si eres poeta, músico y loco/ mas tu cuerdo talento me sorprende/ al punto que mi canto ya comprende/ la magia de ser tú: de todo un poco.

Admiro tu sentido del humor/ tu tesis sobre un mundo superior/ más puro, más humano, más estable…

En bolígrafo azul viajas al cielo/ y hechizas blancas nubes con tu vuelo/ ¡de mágica aventura insospechable!