Un drama horrendo

Un drama horrendo

JACINTO GIMBERNARD PELLERANO
Tal vez por haber recibido escasas lecciones de matemáticas, adolezco de una molesta confusión con los números. Así temo referirme con propiedad acerca de fechas en que sucedió tal o cual cosa que en algún modo me atañe.

Por suerte, mi cariñosamente recordado Padre Robles Toledano, asiduo visitante a nuestra casa donde se expandía en largas conversaciones matinales con mi padre, me aconsejaba, años después, que nunca citara fechas sin tener a la vista el documento sustentatorio. Así, pues, no me atrevo a señalar en cuál tiempo se publicó en «Cosmopolita» la novela por entregas titulada «Un drama horrendo».

El caso es que me asaltó tal título, pensando en que Haití es «Un drama horrendo». Y no quería robarme el título.

Todo viene de lejos. Y viene de un concepto inhumano: «El negro no es gente», «El negro es comía ‘e puerco». Si mueren, no importa. Me referiré al afamado historiador haitiano Dr. Jean Price Mars cuando nos expresa: ¿qué defendía el soldado haitiano comprometido en la guerra haitiano-dominicana? ¿La integridad, la indivisibilidad del territorio insular como sostén de la independencia haitiana? ¿Hallábase informado sobre el particular? ¿Se lo habían explicado? No, por cierto. Por lo mismo, la guerra haitiano-dominicana era impopular»…el soldado, «sin ideal alguno, decidido a abandonar la partida cuando se produjese el primer revés», (La República de Haití y la República Dominicana, Dr. Price Mars, Puerto Príncipe, 1953, tomo II).

Yo me pregunto: ¿están los haitianos magnetizados y obnubilados por el vudú, a tal punto que han soportado y aceptan los crímenes que contra ellos se cometen?

¿Qué podemos hacer al respecto nosotros, los vecinos dominicanos?

¿Más de lo que hacemos, acogiéndolos con pena, dejándoles las puertas de nuestros hospitales abiertas y ágiles para que las embarazadas del vecino país den a luz aquí? ¿Dándole unas monedas a menesterosas haitianas que, con una criatura a cuestas, hacen temblar nuestra compasión?

La mano de obra haitiana, que ya no se limita a la agricultura y a las tareas que  erróneamente  pueden ser consideradas denigrantes, se expande sin límites en territorio dominicano.

Hay comprensión y hay compasión.

Pienso que el trato a los vecinos constituye el más alto galardón, el más elevado ejemplo de buenas condiciones humanas de los dominicanos.

Nunca he visto aquí – como sí he visto en otros países – una actitud despectiva hacia el indigente extranjero.

No voy a citar países, pero se trata de una realidad indiscutible.

Ahora, la autoridad haitiana, tan «cuidadosa», desde siempre de la salud del pueblo, prohíbe el ingreso de productos alimenticios, entre otros, desde la República Dominicana.

Se trata de un pueblo misérrimo en el cual se llega a elaborar galletas de lodo con un poco de grasa y sal, para sobrevivir comiendo tierra.

Su miseria sobrepasa las capacidades imaginativas.

Luce ahora, el nacimiento de un nuevo crimen.

Nuestro país no ha podido ser más consecuente, humilde…y débil ante los aspectos mercantiles, pero parece que tal actitud ha envalentonado a los de un plan de manejo de carencias, inhumano y de alta peligrosidad.

Vamos. Al fin de cuentas, a las autoridades, llámense líderes, emperadores, presidentes «á vie» o dictatorzuelos o reyes, nunca les ha importado que haitianos mueran de hambre, tortura, descuartizamientos u otras manifestaciones de esa crueldad descomunal africana con lineamientos europeos de otros tiempos. Se trata del «Drama horrendo», de Haití.

Nosotros quisiéramos ayudar a una saludable mejoría.

Pero no podemos.

Entonces, al menos defendamos nuestra dignidad y nuestros valores.