Trenzar el pasado, el presente y el porvenir

Trenzar el pasado, el presente y el porvenir

FEDERICO HENRÍQUEZ GRATEREAUX
La historia no siempre se repite; sin embargo, es preciso admitir que a menudo se repite. Por eso se dice: «no hay nada nuevo bajo el sol». Pero esta antigua sentencia no es exacta, aunque la haya escrito el sabio rey Salomón en Eclesiastés, capitulo 1, versículo 9. Incluso cuando se repite, no se repite del mismo modo.

Nos parece que la historia hiciera círculos, siendo más probable que trazara espirales, cada vez a un nivel más alto. Continuamos padeciendo – desde hace veinticuatro siglos – el influjo de los arquetipos platónicos. Una idea bien presentada puede convertirse en un mito intelectual. La idea del circulo, considerada figura perfecta, impidió a los viejos astrónomos la comprensión de las orbitas de los planetas, que seguían, tercamente, «imperfectos» cursos elípticos.

Del estudio del imperio romano se han desprendido numerosas analogías, paralelismos, «corolarios» falaces, rigurosas «demostraciones», inflamados sofismas, que se pretende aplicar a otras épocas. Algunos de estos estudios acerca de Roma parten de la idea de que las civilizaciones son organismos como las plantas y los animales, que nacen, crecen y mueren. Este punto de vista, procedente de la biología, privilegia el examen de la decadencia, de los momentos próximos a la muerte. ¿Cuáles fueron las causas que determinaron la desaparición de la cultura egipcia? ¿Cómo es posible que un pueblo capaz de construir pirámides, que calculaba distancias mediante artificios geométricos, llegara a olvidar su propia escritura? ¿No es sorprendente que fuera un francés nacido a fines del siglo XVIII quien comenzara a descifrar los jeroglíficos que caracterizan esa antiquísima cultura? ¿Qué pasó con los etruscos? ¿Con los caldeos?

Estos misterios de las civilizaciones antiguas han fascinado siempre a hombres muy instruidos, muy curiosos, o dotados de pujante imaginación. Roma se convirtió en el centro de los estudios históricos por ser una civilización que hemos visto en todas sus fases: nacimiento, crecimiento y muerte. De cada una de estas etapas se conservan las huellas físicas o materiales que reclaman los científicos. Los historiadores creyeron que escudriñando las instituciones de los romanos, sus costumbres y vicisitudes, podrían encontrar «regularidades» que les permitieran formular «leyes» históricas. No solamente historiadores y filósofos se atrevieron a presentar hipótesis sobre la decadencia. Un escritor y académico finlandés, Mika Waltari, escribió varias novelas cuyo tema central es la decadencia social o, si se quiere, histórica. Sinuhé el egipcio, El etrusco, Marco el romano, El ángel sombrío, son ficciones novelescas que intentan descorrer el velo de la decadencia. En El ángel sombrío Waltari describe la caída de Constantinopla, capital del imperio romano de Oriente. La toma de Bizancio por los turcos, en 1453, marca el fin de la Edad Media y el comienzo del renacimiento, de la Edad Moderna.

Algunas de esas especulaciones y estudios sobre la decadencia del imperio romano se «aplican» hoy, mecánicamente, a los Estados Unidos de Norteamérica. Decir que los extranjeros – los bárbaros – invadieron a Roma es un gastado lugar común. Las personas que en los últimos tiempos se han distinguido más en la defensa – política, militar, diplomática – de los EUA, han sido Henry Kissinger, Zbigniew Brzezinski, Madeleine Albright. La capacidad de los EUA para integrar y absorber «recursos humanos» de todas las nacionalidades y etnias es cosa digna de ser estudiada con una óptica nueva. Norman Schwarzkopf, Colin Powell, militares que han tenido participación protagónica en guerras de los EUA, son personajes que no encajan fácilmente en la historia de Roma. Powell procede de Jamaica y es negro. Tuvo que romper viejos y bien asentados prejuicios raciales para alcanzar el rango de general y la designación de Jefe de Estado Mayor Conjunto. Los libros mas leídos hoy acerca de la política exterior de los EUA: La diplomacia, de Henry Kissinger, y El gran tablero mundial, la supremacía estadounidense y sus imperativos geoestratégicos, de Zbigniew Brzezinski, han sido escritos por extranjeros, nacionalizados norteamericanos ya adultos, que llegaron a ser secretarios de Estado.

A Herriet Beecher-Stowe, autora de la novela La cabaña del tio Tom, se atribuye haber contribuido a la abolición de la esclavitud en los EUA. Por lo menos en la forja de lo que llaman «la conciencia social (…) sobre los horrores de la esclavitud». No seria justo olvidar que también la invención de la maquina desmotadora de algodón facilitó la abolición de la esclavitud. No obstante, si a la señora Beecher-Stowe le hubiesen asegurado en 1870 que Condoleeza Rice iba a dirigir la política exterior de la Unión Americana, tal vez se habría desmayado. En los Estados Unidos ha ocurrido lo que siempre ha ocurrido con los emigrantes en otras tierras: han creado una comunidad distinta con los ingredientes aportados por los grupos que llegaron en cada época. Sucedieron, además, cosas imprevistas; algunas de ellas no tienen antecedentes en ningún paso de la historia, antigua, medieval o moderna. Los extranjeros fagocitados por la sociedad norteamericana y su estilo de vida están orgullosos de ser parte de ese mundo. Han llegado a plenitud profesional, social, histórica, en los EUA. No son mercenarios, como los soldados de Bizancio en el siglo XV; no son «ciudadanos renuentes o rebeldes», como los miembros de algunas etnias del multifacético imperio otomano. Son sentimentalmente norteamericanos, emocional y económicamente urbanos y post-industriales. Chinos, japoneses, alemanes, judíos de Rusia, negros de Jamaica y de las plantaciones de Luisiana, italianos, irlandeses, hispanoamericanos, todos, se sienten anclados definitivamente en una existencia superior.