Tragedia

Tragedia

Las lluvias torrenciales de estos días han dejado una estela de tragedia y luto en el país.

Particularmente en Jimaní, una provincia del Suroeste enclavada en la frontera, el río Blanco, que nace en Haití con el nombre de Soleil, arrasó el barrio Las Cuarenta y el curso de los operativos de rescate hacía temer, a la hora que era escrito este comentario, que el número de víctimas sobrepase un centenar, pues había en morgue 65 cadáveres, sobre todo niños, 200 personas continuaban desaparecidas y por lo menos 120 tenían heridas y contusiones, algunas de considerable gravedad. Algunos sobrevivientes testimoniaron que habían perdido toda su familia y el alto número de desaparecidos justifica los temores sobre la magnitud de la tragedia.

Jimaní es una de las provincias más pobres del país y esta catástrofe empeora las condiciones de vida de sus gentes, que han perdido a parientes y también sembradíos y crianzas que de alguna manera les servían de sostén económico.

La tragedia de Jimaní ha sido la mayor, pero no la única. En otros puntos del país las inundaciones han provocado daños cuantiosos en plantaciones agrícolas, acueductos, infraestructura vial, en varias puntos del país las aguas han derribado torres del tendido eléctrico y ha habido que drenar varias presas hidroeléctricas, lo que puede agravar la situación de poblados ubicados en zonas bajas. Para empeorar las cosas, los pronósticos de la Oficina Nacional de Meteorología indican que las lluvias continuarán en gran parte del territorio nacional en las próximas horas.

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La situación obliga a declarar Jimaní zona de desastre con todas las implicaciones que una declaración de esa categoría acarrea. La prioridad debe ser el abastecimiento de medicinas, agua potable, alimentos y ropa para los damnificados y dar sepultura a los difuntos para evitar que su descomposición contamine el ambiente. Se sabe que tras las inundaciones vienen las enfermedades, por la descomposición de materia orgánica. Hay que iniciar cuanto antes un operativo de vacunación de niños y adultos para prevenir enfermedades infectocontagiosas.

El año pasado, para esta época, grandes inundaciones provocaron cuantiosos daños en las provincias del Cibao. Muchas familias no han logrado disipar el trauma que las pérdidas humanas y materiales dejan en los individuos, en las familias.

Todo parece indicar que se trata de un proceso cíclico asociado con las modificaciones que ha ido sufriendo el clima, por el calentamiento global y otras condiciones. Sea por la causa que fuere, lo cierto es que por segundo año consecutivo el país ha sido azotado por las furias de la naturaleza. Las circunstancias imponen que tomemos las precauciones necesarias allí donde, a ojos vista, parezca ostensible que pueda golpear la tragedia.

Lo que ocurrió en Mesopotamia, de San Juan de la Maguana y ahora en Jimaní debe movernos a reflexionar sobre la peligrosidad de ciertos lugares. El barrio arrasado en Jimaní estaba en el curso de un río aparentemente seco. Hay que recordar que en este país el día más claro llueve. Nuestras más sentidas condolencias a tanta gente golpeada por esta tragedia.