Todos somos buenos…

Todos somos buenos…

JOSÉ MANUEL GUZMÁN IBARRA
El simplista suele ser también un gran pesimista. Cuando tiene las luces de lo público se convierte en un azote para la formación que se supone debe brindar al ciudadano. Algunos simplistas afirman que todos somos buenos…hasta que nos descubren.

Estos pesimistas que afirman en olímpica generalización que no todos somos buenos, dictaminan ellos la escasez, en las que ellos mismos se cuentan teniendo el deber de redimir a todos los demás, que alguno cree es misión de Dios. Según esta forma de pensar nadie es bueno hasta que reciben su bendición, ellos son una especie de control de calidad y emiten, hay que decir que con poca generosidad, certificados de buena conducta. En este grupo los hay de discurso religioso o moralista. Nadie sufre más estos extremos simplistas que el debate nacional. Ni siquiera los mentirosos hacen tanto daño como los simplistas. El mentiroso a secas, descarnado, sinuoso e indirecto termina mostrando su purulencia sin amagos y, en su acción, permite aún a disgusto el desmentido. El simplista, sin embargo, elucubra de tal radical forma, que corta de cuajo cualquier esfuerzo de debate racional.

Las excepciones en la prensa se caracterizan por la rigurosidad, la investigación y la prudencia. La norma, sin embargo, se hace más perversa cuando en aras de defender al interés al que sirven, afirman cualquier cosa, promueven cualquier propuesta. En este ultimo grupo hay personas de la opinión que defendían el apoyo de nuestro país a una guerra basada en mentiras y economistas que prometían una bonanza que nunca terminó de llegar y ahora pregonan para el futuro la crisis que ellos ayudaron a crear en el pasado con sus bonos soberanos y su «págale a todos». Y no neguemos que en la oferta pública está el que forma e informa; pero está el que juega a la desmemoria, es simplista por perversidad y no por falta de formación.

El discurso simplista no entiende de matices. Los simplistas van por la vida creyendo que es lo mismo una mujer que cobra por dar placer que una que se entrega por amor, y le llaman igual a una y a otra. Encasillan a todos en pocos estamentos y abundan en pintar con el mismo color. Una víctima preferida es el político, máxime si está en el poder.

El político simplista recuerda las cosas fuera de contexto. Afirma sin responsabilidad. Promete la baja en los impuestos al tiempo que en sus propuestas pareciera, que en caso de gobernar, aumentarían en mucho el gasto, porque no establecen cómo financiar esa profusión de soluciones sin mejoría en los ingresos. El sumo de político simplista es el que llega a creer, actuar y decir que el dinero es condición necesaria y única para merecer la atención electoral. Hay quien quiere hacer creer que todo es cuestión de fibra moral del que decide, como si algunos problemas, muchos según esto, tuvieran soluciones morales.

Se puede decir que en el discurso simplista de algunos está el que todos somos buenos…sólo se necesita quien acabe con los malos. Visión ingenua. Ya sabemos que el espacio es breve, y el tiempo en los medios costoso; pero si se continúa por despachar todos los temas nacionales con el simplismo olímpico con el que nos hemos ido acostumbrando, puede que lejos de corregir problemas sembremos la catástrofe. ¿Qué pasaría cuando el moralista o el simplista gobiernen sin soluciones?

Ante la diversidad de simplistas existentes es imposible determinar si la solución fuera la de hacer énfasis en la educación en el razonamiento lógico, quizá más énfasis en la gramática y en el razonamiento de la lógica formal, más lectura de pensadores en el bachillerato. En algo ayudaría. Quedan los que tienen más formación que la necesaria, el azote de talento sin probidad, los simplistas por elección. La solución frente a ellos es la paciencia, insistir en el dato, en el razonamiento y también en la denuncia.

De hecho, lo importante no es determinar quiénes son los buenos y quiénes son los malos. Es mejor asumir en conceptos simples pero no simplistas, que la democracia es más efectiva si en el debate dejamos fuera el cinismo. Respetarnos a nosotros mismos usando buenos argumentos, analizar el argumento del otro y dejar a la razón determinar la validez de las posiciones. Eso es mejor que el simplismo, no sea que todos nos volvamos malos…sin que se demuestre lo contrario.