TIERRA ALTA 
El destino de Fermín Caballero

TIERRA ALTA <BR><STRONG>El destino de Fermín Caballero</STRONG>

 PASTOR VÁSQUEZ
ceyba@hotmail.com
 “Entonces la identidad era palmeras, mar,
arquitectura, tambores, Yemayá y Ochún
y la temporaria paz del agua.
Aguacero, como el circular origen de la nada.
Y un extraño ulular traía el viento.”
(Chiqui Vicioso)

Los maquinistas eran unos negros raros, piel reseca como los bueyes de Cojobal, dientes de marfil y manos de gladiadores. En todos los ingenios eran así, escogidos como para un filme cinematográfico. El tío Fausto de Padua los había visto en iguales modelos en Haina, Porvenir, Quisqueya, Consuelo y en todos los centrales azucareros donde paseaba su elegancia europea ofertando su tela de casimir inglés.

Decían los más sabios del batey que esos negros venían de un lugar llamado Tórtola, una isla donde los hombres eran tan duros que podían arrancar los cachos a un toro bravío y someterlo a la obediencia.

Hablaban un raro español y su saludo era el mismo de siempre: “Good morning” y los chistosos del batey contestaban que “el gusto es moneda” y los negros reían sin hacer caso a la ignorancia de estas otras personas insulares, que en vez del inglés heredaron el español por obra y gracia del Almirante aquel.

Y eran buena gente los maquinistas, con todo y sus ojos encandilaos, que metían miedo a cualquier mortal de estas tierras cristianas y santificadas.

El tren pasaba del lado atrás del batey, entre el Campo 99 y el Acueducto de Viento, cuyas aspas lanzaban un ruido infernal: rara—rarrarrr- rarararr. Más allá del acueducto había un cruce de camino y en el cruce de camino un vigía que, con una bandera roja, alertaba peligro a los pocos automóviles que rondaban los caminos reales. Si era de noche, el vigía usaba un farol de kerosene.

Regularmente el vigía permanecía en una casita de block a la espera de la hora del tren para entrar en su accionar preventivo.

El vigía de la estación 12 se llamaba Fermín Caballero. Vivía en el antiguo fundo de la difunta Laud, donde habían muchas frutas y animales domésticos que fueron dejados abandonados cuando el viudo de Laud se volvió loco al enterarse de la desgracia del “Coleman” en ruta hacia Tórtola.

Era hombre solitario, no reía, no saludaba mucho, ni asistía a fiestas ni velorios. Llegó un día con la última boyada de Cojobal, siendo boyero, y luego pasó a vigía, porque comenzó a encapricharse con un toro prieto del que decía no era un animal, sino el mismo diablo disfrazado y una bruja del batey le dijo que ese buey se la tenía sentenciada.

“Deje eso, vale, deje eso, si usted quiere seguir con vida”, sentenció la bruja, y he aquí a Fermín Caballero, hombre respetuoso de las supersticiones, convertido en vigía y transportado a una noche de espanto cuando rugió en occidente la máquina 49.

¡Ruuuuuuu! Ruuuuuuuuu! ¡Ruuuuuuuuuu! Ruuuuuuuuuu ¡Chua! ¡Chua! Y por la ruta de San José se acercaba un viejo Chevrolet de línea, con las luces semi apagadas.

Fermín Caballero agitaba su farol en ambas direcciones, pero el tren avanzaba y el Chevrolet también avanzaba. El vigía ya no atendía al tren y, de frente al Chevrolet, movía desesperadamente el farol, pero sólo logró que se apagara con el brusco movimiento.

Ya la noche era añeja, olía a caña, cuando un grito de espanto se confundió con el pito del ingenio que anunciaba las 12:00 de la noche. En la mañana, mientras los inspectores del gobierno investigaban los orígenes de la tragedia, llegó el chofer de un Chevrolet, abriéndose paso entre los curiosos, y confesó que él venía cerca del lugar cuando escuchó el grito y que el tren ya iba lejos cuando vio a un toro negro encabritado en el cruce de camino.

Los negros de Tórtola dijeron a los investigadores que vieron a un toro negro con los ojos endiablao y que jamás divisaron al vigía y su farol.