THE NEW YORK TIMES
Realidad nuclear; EU pierde fuerza

THE NEW YORK TIMES <BR>Realidad nuclear; EU pierde fuerza

POR DAVID E. SANGER
WASHINGTON.-
No hace mucho tiempo, las reglas terroríficas del juego nuclear eran claras. Cuando sólo las superpotencias y sus aliados tenían arsenales nucleares, la disuasión funcionaba, porque todas las partes comprendían las consecuencias horrendas de un mal paso. Incluso durante los enfrentamientos más inquietantes, como la crisis de misiles cubanos, había «líneas rojas» claras más allá de las cuales ningún líder en su sano juicio pisaría intencionalmente.

Y conforme la tecnología nuclear se extendió, surgieron nuevas líneas rojas. Israel aplicó una en 1981, cuando destruyó el reactor nuclear de Saddam Hussein en vez de permitirle acercarse a la construcción de una bomba.

Pero la lección de los últimos años es que las líneas rojas se han borrado, al punto en que ahora son poco más que borrones rosados. Y ahora, nadie parece conocer las reglas. Ni el gobierno de George W. Bush, conforme emite señales contradictorias sobre lo que él y sus aliados harán si la diplomacia no desarma a Irán y Corea del Norte. Ni Kim Jong Il, o los mulás iraníes, conforme prueban nuevos límites no definidos. ¿Y por qué no probarlos?

Todos saben que India, Pakistán e Israel se unieron al club nuclear sin aceptar siquiera las reglas asentadas en el Tratado de No Proliferación Nuclear. Incluso después de que India y Pakistán realizaron pruevas en 1998, las sanciones que Estados Unidos impuso fueron relativamente moderadas y breves. Tan pronto como Estados Unidos necesitó la ayuda de Pakistán después de los ataques del 11 de septiembre del 2001, el país se transformó de un transgresor nuclear en un «importante aliado no perteneciente a la OTAN».

Nicholas Eberstadt, experto en Corea del Norte del Instituto Empresarial Estadounidense, se maravilla por esto: «Uno tiene que pensar que los iraníes estarán viendo cómo manejamos a los nordcoreanos en los próximos meses. Si no se hace nada con un gran transgresor, ¿qué pensarán los transgresores futuros?» La lista pudiera incluir a Siria, Arabia Saudita o Egipto, Taiwán o Brasil, incluso Indonesia y Sudán, aunque todos nieguen ambiciones nucleares».

Lo que ha faltado en Washington en los últimos meses – por no hablar de las capitales en Asia y Europa – es un lenguaje claro sobre lo que el mundo está dispuesto a hacer si Irán y Corea del Norte siguen el camino de India y Pakistán. Seguro, durante su primer mandato, Bush dijo repetidamente que no «toleraría» que ninguno de los dos países poseyera un arma nuclear. Pero nadie en la Casa Blanca dice exactamente qué significa eso.

En el caso de Irán, podría pasar algún tiempo antes de descubrirlo: el almirante Lowell E. Jacoby, director de la Agencia de Espionaje de Defensa, dijo ante el Senado la semana pasada que es poco probable que Irán pueda hacer un arma hasta «principios de la próxima década». (Otros funcionarios de espionaje piensan que él quizá sea demasiado optimista.)

En el caso de Corea del Norte, las líneas rojas quizá sean las que Kim ve en su espejo retrovisor. Su país declaró públicamente este mes lo que susurró hace tiempo a negociadores estadounidenses: Ya tiene las armas que Bush no tolerará.

Quizá Kim esté fanfarroneando. Quizá no. Hasta ahora no ha habido una prueba, y como los norcoreanos saben, satélites espía estadounidenses están en el cielo sobre el país, buscando evidencia de que una pudiera ser inminente.

Pero no hay duda de que Corea del Norte ha cruzado todas las líneas que el mundo ha trazado en la arena, y luego avanzado poco a poco, esperando la reacción. Esta vez, la reacción ha sido bastante silenciosa. La airada declaración de Corea del Norte hace 10 días llevó a Estados Unidos y a sus vecinos a advertir que debe regresa a las conversaciones sextapartitas sobre desarme que no han llevado a ninguna parte en 18 meses, y no se han celebrado desde junio pasado. ¿Pero castigo? Los chinos y sudcoreanos dicen que sólo incitaría a los norcoreanos a alguna otra provocación.

Incluso Bush, autor de la estrategia de seguridad nacional más vigorosa que se recuerde, ha sonado notablemente tranquilo. Interrogado sobre Corea del Norte el jueves, habló sobre las conversaciones.

«Es contraproducente trazar una línea roja para Corea del Norte porque sólo lo verán como un desafío», explicó recientemente un alto funcionario gubernamental.

Aunque sea cierto, eso ha dejado una enorme ambig_edad en el núcleo de la política estadounidense.

«Si, en este momento, los casos que más nos preocupan son Irán y Corea del Norte, y si son considerados como peligros inminentes para el sistema internacional, ¿qué es lo que estamos dispuestos a hacer para impedirles volverse nucleares?», preguntó Jonathan Pollack, profesor del Colegio de Guerra Naval que escribe sobre la teoría del juego del comportamiento nuclear. «No conozco la respuesta a esa pregunta, y no creo que el gobierno tenga la respuesta a eso tampoco».

Pero señala que Corea del Norte es un caso especial. «Si tiene armas nucleares ahora», dijo, «sería la primera vez que un adversario declarado de Estados Unidos da ese paso desde China», hace 40 años.

Quizá una razón de que nadie quiera trazar líneas claras es que, aunque Corea del Norte e Irán representan una amenaza, quizá no sea directa. Nadie dudó de que los soviéticos, y eventualmente los chinos, pudieran lanzar un misil contra una ciudad estadounidense importante. Irán evidentemente no puede, y el misil de largo alcance de Corea del Norte nunca ha sido probado. En resumen, la amenaza para Estados Unidos es más indirecta. Irán puede amenazar a Israel, Corea del Norte puede amenazar a Japón, y cualquiera de los dos puede llegar a un acuerdo en el mercado negro con terroristas. (Esa fue la razón de que el gobierno estadounidense titubeara al hablar sobre nueva evidencia de que Corea del Norte vendió combustible nuclear a Libia en 2003.)

Pero nadie comprende cómo jugar este nuevo juego mejor que Corea del Norte. «Han sido muy inteligentes en la forma en que han manejado esto», dijo el otro día un alto funcionario gubernamental. «Poco a poco. Sólo esperando que el mundo acepte esto como la nueva realidad».

Quizá esté funcionando. El otro día el senador Pat Roberts, republicano de Kansas y jefe del comité de Espionaje del Senado, no sonó mucho como un intransigente. «Tienen cualquier capacidad que hayan alcanzado, e insisten en que van a continuar con ello, y pienso que así son las cosas», dijo a Reuters.

Esto es exactamente lo que advirtió en 1994 un veterano de la Guerra Fría, Brent Scowcroft, quien adiestró a muchos en el equipo de Bush. Publicó un ensayo instando al gobierno de Bill Clinton a trazar una línea roja: Digan a los norcoreanos que si actúan para convertir sus existencias de combustible nuclear gastado en plutonio para una bomba, bombardearemos su instalación de reprocesamiento. Sería riesgoso, arguyeron él y su co-autor, Arnold Kanter, pero dudó de que Corea del Norte corriera el riesgo de una guerra total y el derrocamiento de su régimen. Era la única forma, argumentó, «de evitar que un mal problema empeore».

Una década después, enfrentando a un presidente diferente, los norcoreanos hicieron exactamente lo que Scowcroft advirtió no podía permitirse: Expulsaron a los inspectores internacionales y encendieron la máquina del plutonio. Pero Bush, atado a Irak, no trazó ninguna línea roja. Para entonces, dicen colaboradores, el espionaje demostró que Corea del Norte aparentemente tenía un segundo programa nuclear en marcha, que involucraba uranio. «¿Qué bien haría detener un programa, y no el otro?», pregunta un colaborador.

Los conservadores evidentement están descontentos de que una Casa Blanca que habló en términos tan claros sobre lo que Saddam debía hacer sonara tan poco claro sobre Corea del Norte e Irán. Eberstadt escribió la semana pasada. «Cada nueva ronda de provocaciones nucleares norcoreanas ha generado beneficios claros para el estado norcoreano, en vez de costros incontrovertibles. Será muy desagradable y muy costoso hacer que Pyongyang des-aprenda las lecciones de los últimos dos años y medio».

Al final, trazar esas líneas ahora sería mucho más complicado. En el caso de Corea del Norte, Bush ha dicho que el problema tiene que ser manejado en consenso con los vecinos de Corea del Norte (China, Corea del Sur, Rusia y Japón). Ese es el tipo de enfoque multilateral al que ha instado el mundo, pero también significa conseguir una posición unánime de parte de países con intereses muy diferentes. Hasta ahora, eso ha sido imposible.

Asimismo, los europeos, que han estado tomando la iniciativa con Irán, no están interesados en líneas rojas que entorpecerían el comercio, especialmente de petróleo. Por ellos han evitado cuidadosamente la cuestión de cuán lejos están dispuestos a permitir que lleguen los iraníes en el desarrollo de una capacidad nuclear civil que pudiera ser convertida, en cuestión de meses, al uso militar.

Por ello la Guerra Frí realmente ha terminado, pero sus reglas aún no han sido escritas de nuevo. Algunos quieren empezar a hacerlo este año, cuando el Tratado de No Proliferación Nuclear esté listo para revisión. Pero por ahora, un mundo libre de líneas rojas es un mundo en el cual cualquier estado que haya buscado desde hace tiempo una bomba ve la puerta abierta para conseguirla, y esperar que para cuando se redacten nuevas reglas sea demasiado tarde para dar marcha atrás al reloj.