Testamento político y justificación pública

Testamento político y justificación pública

FEDERICO HENRÍQUEZ GRATEREAUX
El estudio del doctor José Dunker arranca con una división formal de los versos de Eclesiastés y un examen de los temas centrales de cada porción del libro. Como ya hemos dicho, a su juicio, Eclesiastés se compone de veintiocho poemas, organizados en cuatro discursos de siete poemas cada uno. Los poemas, a su vez, están divididos en siete estrofas. El siete es un número “cabalistico” de los judíos. El doctor Dunker llama “septetas” a los poemas de siete estrofas, no a las estrofas de siete versos. Este punto debe quedar bien aclarado porque, según las viejas perceptivas de la versificación castellana, un terceto es una estrofa de tres versos endecasílabos, un cuarteto es una estrofa de cuatro versos endecasílabos, los cuales deben rimar: el primero con el cuarto y el segundo con el tercero. Las “septetas” de Eclesiastés son poemas de siete partes, algunas veces con un estrambote o “moraleja” que los cierra. 

Es muy importante recordar al lector que Salomón no es solamente el autor de un texto literario, filosófico o poético; es, por encima de todas las cosas, un personaje central de la historia de Israel; no se trata de una figura mítica. Fue un rey de carne y hueso, cuyo reinado se prolongó por cuarenta años; Salomón construyó el primer templo sobre el monte Moriah, el cual sirvió a los judíos durante cuatro siglos, tres meses y ocho días. Nabucodonosor, rey de Babilonia, ordenó la destrucción de dicho templo en 586 antes de Cristo. Salomón, además, edificó ciudades, reglamentó la convivencia civil, sometió a su control los pueblos cercanos, estableció impuestos a las caravanas. Salomón llegó a tener cuarenta mil pesebres y trescientas concubinas, según lo informa el Libro Tercero de los Reyes. Su mesa era servida con esplendor extremado y apabullante abundancia; consumía diariamente “diez bueyes cebados” […] “y cien ovejas […] sin contar ciervos y aves”. Hizo que los filisteos pagaran grandes tributos a lo largo de su reinado. El pueblo de Israel se quejaba amargamente de tantos impuestos y de tanto derroche.

Dunker separa o aísla la realidad histórica de Salomón de las interpretaciones religiosas y declaraciones explícitas del texto de Eclesiastés. Se aparta de las consideraciones formales y literarias de los escritos de Salomón para mirarlos como testamento político o justificación publica. Algo así como “autocrítica”, explanación e instancia de defensa, “en una sola entrega”. Dunker procura confrontar las diferentes etapas de la vida del rey con los asuntos centrales acerca de los cuales reflexiona en Eclesiastés. Llegado a este punto: estudiar a la vez el texto de los poemas y la vida de su autor, el doctor Dunker explica que Salomón contaba veinte años cuando comenzó su reinado. A este período de su vida llama “etapa del rey novato”. Tuvo Salomón que enfrentar a su madre y prescindir de los consejos de su anciano padre. Ese es el momento de su matrimonio con una princesa egipcia, quien tal vez haya sido “la mujer más amada” a la que se dirige en el Cantar de los cantares. A seguidas viene la época del “rey devoto”, gran gobernante, justo juez y notable pensador, redactor de proverbios y salmos. A los años de plenitud y estabilidad, de lujo, prestigio y poder indiscutido, Dunker los llama “etapa del rey famoso”. Este paso de su biografía marca la cima de la carrera del gobernante y el comienzo del descenso político. Como es de sobra sabido, en la vida de los hombres de Estado hay alzas y bajas en la estimación pública.  Victorias y derrotas – militares o administrativas – determinan cambios en los sentimientos colectivos. El descrédito cae sobre los gobernantes cuando los impuestos son muchos y la inmoralidad y el despilfarro llegan a ser patentes. Desde la óptica religiosa del judaísmo esta época de la existencia del rey sabio podría rotularse: “etapa del rey infiel”. Los últimos días de la vida de Salomón, Dunker los califica como “etapa del rey arrepentido”. Para entonces Salomón es un hombre maduro, educado por experiencias de toda índole, que ha visto muchas personas en circunstancias felices y adversas, que ha podido sopesar – desde el poder – las miserias y grandezas de príncipes y servidores; que medita ante una amplia perspectiva vital e intenta trazar el balance final de las cuentas. 

Esas cuentas son “existenciales”, sociales, filosóficas, religiosas, de conducta individual y con respecto al arte de gobernar. Salomón hace, a la manera “primigenia”, una “critica de la razón pura” y una “critica de la razón practica”.  Dunker piensa que Eclesiastés podría ser un documento en el cual un rey en decadencia justifica sus acciones de vida y gobierno. Para dejar constancia a su pueblo y a sus descendientes, escribe un testamento político e ideológico. Bien sabe Salomón que “los años del hombre son setenta”, según se lee en el salmo 89; ha de prepararse para entrar en los abismos de la muerte. El hijo adulterino de David y Betsabé deberá lavar sus pecados y los de su padre – poeta salmista por excelencia – a quien estuvo vedado construir el templo.  Ya viejo, como es de rigor, Salomón piensa en los muertos: “porque los que viven saben que han de morir; / pero los muertos nada saben, / ni tienen mas paga; / porque su memoria es puesta en olvido”. /  Es cuando descubre que “se evapora” la vida, la riqueza, el poder; que después de la muerte “no hay obra, ni trabajo, / ni ciencia, ni sabiduría”. 

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