Tentaciones y peligros de la gobernabilidad

Tentaciones y peligros de la gobernabilidad

Una de las cosas que requiere de más talento, es el gobierno democrático. No es tan difícil gobernar en base al derecho a mandar que está prescrito en las costumbres y normas de una cultura o tradición. A muy pocas gentes se les ocurría conspirar contra el rey, porque era como hacerlo contra la divinidad. Algo similar, cuando a un pueblo o  una familia se la gobierna en base a leyes establecidas en la Constitución, esto es, con el apoyo mayoritario que tiene el sistema legal de una nación. Más fácil puede ser ejercer el mando en base a un carisma, o a una revelación de Dios a un pueblo creyente.

Lo que no es tan fácil es gobernar en base a convencer a iguales de la conveniencia de que un fulano o fulana sea quien lleve la batuta. Ese tipo de gobierno o de liderazgo es el que más se parece a la democracia, y Max Weber lo llamó liderazgo racional. Desafortunadamente, lo común es que el que gobierna, no importa cómo ni por qué ha llegado a ser el jefe, suele encontrar más fácil manejar a sus gentes comprando lealtades y voluntades de sus subalternos y seguidores, concediendo privilegios y canonjías, corrompiendo las personas que sólo en base a leyes y principios deberían ejecutar los mandatos y acciones que son propias de su cargos o puestos.

Otras veces, la tentación del gobernante es hacer uso impropio de los recursos coercitivos, para forzar el equilibrio dinámico de la acción gubernativa de su modelo de gobernabilidad.

Esas tentaciones son frecuentes en Estados deficitarios, fallidos; sin suficientes recursos para que sus gobernantes no recurran a mecanismos de coerción y manipulación. Hay Estados de dudosa viabilidad, donde sus recursos naturales, su deuda pública, sus bajos niveles de cultura, educación  y desarrollo institucional son tales, que tienen pocos chances de competir en un mundo en el cual lo que un país gana de mercado y éxito económico, lo pierde otro país, sin que existan, hasta ahora, mecanismos de compensación suficientes para establecer un equilibrio redistributivo entre las naciones.

La dificultad de gobernar democráticamente se hace mayor cuando los partidos de oposición no tienen suficiente vocación de integridad para discutir con el Gobierno los problemas y las soluciones nacionales. Así, entre farsantes, mentirosos y pseudo-líderes, se confina el país a un destino de autodisolución. Nunca bastará con que surjan líderes “de transición”, dictatoriales o carismáticos, que viabilicen el camino  hacia la democracia, si las condiciones materiales, por una parte, y nosotros, por la otra, conspiramos para abortar la oportunidad de intentarlo de nuevo.