Tal vez no era «un show»

Tal vez no era «un show»

ÁNGELA PEÑA
Muchos analistas dominicanos y extranjeros atribuyeron a la Iglesia Católica haber hecho un montaje desagradable, un espectáculo cruel con la agonía del Papa. Los que vieron al Santo Padre impotente, desesperado, como irritado y exasperado ante la imposibilidad de pronunciar palabras frente a la multitud que lo observaba en la Plaza San Pedro, se conmovieron ante ese Sumo Pontífice ya sin fuerzas, apenas sostenido de pie junto al balcón. En otras imágenes se le veía de espaldas prácticamente inerte contemplando por televisión los oficios religiosos de la Semana Santa.

Y como casi todo el que agoniza está en reposo esperando la muerte en total aislamiento, innumerables observadores consideraron que fue «un show de mal gusto» presentar a Juan Pablo II en condiciones tan desgarradoras.

Pero tal vez llegar al público hasta en la agonía, mostrarse casi sin aliento, compartir con la humanidad sus dolores y sufrimientos postreros fue una petición del Santo Padre que encierra un profundo mensaje, según interpretan personas de conciencia, conocimientos y espiritualidad elevados. Afirman que el Papa quiso ser ejemplo de resistencia y aceptación de la voluntad de Dios, al mismo tiempo. Que no se doblegó ante el sufrimiento para igualarse a Jesús, justamente en la conmemoración del calvario. Que su pública angustia fue una señal invisible a los enfermos: es mejor convivir con el dolor, enfrentarlo, acompañarlo, continuar con él la vida sin entregarse, superarlo, dejarlo consumir el cuerpo, más no el espíritu que debería estar tan despierto como alegre por una resurrección en el Señor tras la purificación.

El Vicario de Cristo se aferraba a la vida para vencer la muerte del espíritu. Parecía inmortal sobreviviendo a tantos negativos diagnósticos, a los atentados, a las gravedades de sus últimos infaltables achaques de los que siempre se levantó como si le faltara aun tiempo para saldar los karmas que pudo acumular como ser humano.

A muchos les quedará la patética imagen de incapacidad y desfallecimiento de los últimos días del Pastor Universal haciendo esfuerzos inútiles por dirigirse a la feligresía ya llegando al fin de sus días en la tierra. No sonrió. No se dulcificó su rostro como el de muchos santos que despidiéndose del mundo sonríen al esperado encuentro de unos brazos sólo perceptibles a sus ojos ansiosos por ver el rostro del Amado. Pero esos no fueron los últimos momentos del Mensajero de la Paz. Se alegraría en la hora definitiva. Ya uno de los diarios digitales internacionales reveló la aparición de la Virgen a un vidente llamado Iván, al que, con el Santo Padre a su lado, le diría: «Éste es mi hijo, está conmigo». (Periódico Nuevo, Mensajeros de la Reina de la Paz, Medjugorie).

Resistencia frente al dolor, seguir viviendo con normalidad sin permitir que la enfermedad doblegue el ánimo, sin postrarse innecesariamente, sin entregarse al lamento, son enseñanzas que parece haber querido dejar Juan Pablo II aunque también fueron propias de su largo reinado las demostraciones de humildad, el pedir perdón y, sobre todo, la exhortación a no tener miedo.

Como dice el padre Justo Antonio Lofeudo: «desde su lecho de enfermo agonizante, elevándose hacia su pascua en aquella su pasión, es más Papa que nunca y con su dolor y su aceptación en la serenidad, rezando, concelebrando en sus últimas horas, ya sin palabras, confirma con el testimonio más elocuente todo lo que ha escrito y dicho en su pontificado. Confirma que la vida merece ser vivida hasta el último respiro».