Surrealismo criollo

Surrealismo criollo

Vladimir Velázquez Matos
El surrealismo fue un movimiento cuyo fin era subvertir mordazmente a una sociedad reparando en sus falsos valores, siendo una especie de bastión moral entre intelectuales y artistas inconformistas, quienes como francotiradores, acertaban en la diana usando los recursos del inconsciente (yuxtaposición de imágenes inconexas, escritura automática) tan en boga en esos años en que las teorías freudianas explicaban la psiquis.

Gente como Bretón, Apolinaire, Eluard, Ernst, Magritte, Arp, Matta, Dalí, Tanguy, Buñuel y tantos otros, consolidaron uno de los movimientos, tal vez el que más, que hacía una justa radiografía de lo que era la sociedad de esos tiempos, la cual, como el avestruz, era ajena ante el gran desastre próximo a estallar (estaban muy frescas las trincheras y los gases venenosos de la primera), pese a las sombras siniestras que se arremolinaban a lo largo y ancho del entorno europeo y mundial, llevando los surrealistas sus actuaciones al nivel del escándalo, no por la notoriedad en sí, sino para advertir al mundo de la estupidez del hombre y sus instituciones.

Cuando Buñuel estrenó su “Perro andaluz” (proyecto éste en colaboración con Salvador Dalí) en el bohemio y culto París de esos años, causó tal conmoción, fue tal el impacto a modo de martillazo en la cabeza que sus imágenes causaron ante el remilgado e hipócrita público burgués, que el director cuenta en sus memorias cómo tuvo que salir huyendo de sala de proyección par evitar ser linchado. Lo mismo sucedía con otros creadores de ese movimiento con sus obras.

Escritores como Ernesto Sábato u Octavio Paz, quienes sí conocieron de cerca a muchos de sus principales integrantes, no veían a aquel grupo como un simple movimiento artístico y nada más; decían que aquello era una especie de religión, de filosofía de la vida que buscaba dar rienda suelta a lo que es verdadera naturaleza humana, lejos de los convencionalismos que limitan la belleza del espíritu, el cual no es otra cosa que la plena libertad.

Y la libertad de imaginación está presente en infinidad de obras cuyos elementos ponen en jaque a nuestro racional modo de ver, como podría ser un huevo frito gigantesco en medio del desierto, grandes falos con insectos, o imágenes cinematográficas de bueyes arrastrando a clérigos por el suelo.

Aunque formalmente este movimiento murió hace ya algún tiempo, en el cual André Bretón decía con pena en las postrimerías de su vida: “en esta época ya nadie se escandaliza ante nada”, parece que tiene actualmente un relevo, pero no en una metrópolis del primer mundo, sino en una que, a fuerza de esnobismo, mimetismo y un inconmensurable complejo de Guacanagarix, pretende homologarse, tal como se va a realizar aquí en la ciudad de Santo Domingo, con la idea surrealista para excelencia de fabricarle una isla artificial frente al malecón.

“¡Magna visión surrealista!”, yéndose mucho más allá que los grandes creadores de dicho movimiento, quienes se quedaban en el marco de las palabras impresas en sus obras literarias o el lienzo con sus pinturas, mientras éstos, los Dalís criollos de nuevo cuño, que no van a plasmar una visión rocambolesca en un cuadro o una escultura, sino en un sensible y estratégico lugar de una ciudad con infinitos problemas sin resolver, es entonces que nos damos cuenta que este movimiento surrealista nacional materializará una de las máximas aspiraciones de aquellos grandes visionarios, es decir, a producir “cadáveres exquisitos”.

Quizás, cuando las obras concluyan, cuando el pedazo de mar al que tenemos derecho todos y cada uno de los ciudadanos a mirar gratuitamente en el horizonte sea borrado por las geniales intuiciones dalinianas, podremos bautizar a los responsables con el anagrama con el que Bretón denominó a Dalí al expulsarlo, esto es, “Avida Dollars”.