Sobre economía ambiental

Sobre economía ambiental

POR DOMINGO ABREU COLLADO
Uno de los temas tratados en el reciente taller celebrado por la Coalición para la Defensa de las Áreas Protegidas, reunida el pasado 17 en Hoyo del Pino, Bonao, fue el hacer un seminario sobre la importancia económica de las áreas protegidas en la República Dominicana.

Aunque estuvimos insistiendo desde el principio de las discusiones sobre la ley sectorial de Áreas Protegidas en la necesidad de un evento para la discusión del aspecto económico de nuestros parques nacionales, reservas científicas, monumentos naturales y otras áreas incluidas en el sistema bajo otras categorías de protección, éste no se ha realizado por dos razones muy simples: primero, muy poca gente de los que estamos defendiendo las áreas protegidas tenemos toda la preparación necesaria para trabajar profundamente en el tema económico de éstas y, segundo, ninguno de los que están manipulando opinión para vender las áreas protegidas, o de los que están por invertir en hoteles, o de los que están vendiendo terrenos, o de los que están escribiendo a favor, o de los que sobornaron funcionarios, sabe nada en lo absoluto sobre economía ambiental.

Para todos estos últimos lo que pare la tierra o aporta el mar es gratis para el primero que llegue y, como llegó primero, puede hacer lo que le venga en ganas con «su propiedad», porque para eso mató indios o le hizo algún servicio de sangre a Trujillo, o se quedó con un poco durante la famosa captación de tierras para la reforma agraria de Balaguer, o falsificó títulos. Y naturalmente, luego de «tanto trabajo», de «tanto esfuerzo», y de «tanto sudor de frente», esas «propiedades» valen lo que digan los tasadores, no lo que demuestra la naturaleza.

No hay nada sobre la Tierra que el hombre haya producido, nada en lo absoluto. Todo lo que existe es de origen natural o producido por la tierra, o aportado por el mar, o posibilitado por la combinación sol, aire, lluvia y temperatura. El hombre solamente ha aprendido a transformar esos productos y en el camino de esa transformación ha ido destruyendo el propio origen de los productos: envenenando o sepultando la tierra, envenenando o llenando de basura el mar, envenenando o polucionando el aire, acidificando la lluvia y alterando sus ciclos, y causando serios trastornos con la luz y el calor solar.

Los seres humanos han separado la economía de la tierra de su propia economía y con esa actitud han creado un caos que hace cada día más difícil la convivencia entre seres humanos y la naturaleza.

Ese caos, que antes estaba relativamente lejos de la República Dominicana, nos invadió a través del mercado y de las ofertas de mejor vida de los políticos. Hasta tal punto nos invadió que nos ha ido dejando poco a poco sin porvenir y sin naturaleza. Y lo poco que nos queda de naturaleza virgen también está por sucumbir.

Para evitar esta última pérdida es necesario que discutamos públicamente qué tiene más valor para los dominicanos: si vender nuestras áreas protegidas o mantenerlas produciendo agua, suelo, árboles, frutos, aves, peces, langostas, aire y muchos otros bienes que el hombre nunca aprenderá a producir, pero que puede aprender a valorar.

EL VALOR DEL MANGLAR, POR EJEMPLO.

Los bosques de manglar cubren a la fecha un área de 181,000 kilómetros cuadrados (km2) distribuidos en más de 100 países, pero se ha perdido más del 50% en los últimos 50 años. Algunas actividades directas que están destruyendo el manglar o lo están degradando incluyen su sustitución por actividades como la cría de camarón y la agricultura, la explotación maderera, la extracción de sal, el desarrollo urbano, el desarrollo turístico y la infraestructura. Además, otros impactos incluyen el desvío de las aguas de los ríos y la contaminación de las aguas causada por metales pesados, derrames de petróleo, plaguicidas y otros productos.

Una de las fuerzas detrás de la masiva pérdida de manglares durante la última década es la incapacidad de los economistas de reconocer el valor de los productos naturales y los servicios ecológicos producidos por este ecosistema. Debido a esto, los manglares han sido considerados tierras sin uso, sin valor y desperdiciadas y por lo mismo sujetas a la conversión como la camaronicultura, la cual genera productos con valor de mercado o su eliminación para ¿recuperación de playas?, o su sustitución por edificaciones para hoteles, también con valor para el creciente mercado del turismo.

Sin embargo, los manglares generan un amplio espectro de recursos naturales y servicios de ecosistema. Algunos de estos servicios, como la protección contra huracanes e inundaciones, reducción de la erosión y mantenimiento de biodiversidad, son funciones clave que sostienen actividades económicas en áreas costeras en los trópicos. Productos forestales de los manglares tales como materiales de construcción, carbón, taninos, medicinas y miel son vitales para la subsistencia y proveen una base comercial para las economías locales y nacionales. Las economías costeras de subsistencia en muchos países en desarrollo son fuertemente dependientes de la pesca proveniente de manglares.

LA PRODUCCIÓN PESQUERA DEL MANGLAR

Se ha descubierto que cada hectárea (ha) de manglar genera 1,100-11,800 kilogramos (kgs) de pesca para captura. Esta productividad es mucho más alta que los 10-370 kg/ha/año que producen los arrecifes de coral. En países en desarrollo, el valor anual del mercado de pesca dependiente del manglar oscila entre US$900 y US$ 12,400 por hectárea de manglar.  Se debe enfatizar que este valor está basado en un solo bien proveniente del manglar, es decir, solamente de la pesca. Esfuerzos adicionales para estimar el valor económico de los recursos forestales y servicios ecológicos generados por los manglares demostrarán el significativo valor de este ecosistema y su apoyo a la subsistencia de economías locales y nacionales.

La destrucción de los manglares implica la pérdida de especies únicas. Los manglares vinculan los bosques tropicales con los arrecifes de coral, proporcionando una transición fundamental entre los ecosistemas terrestres y marinos. También protegen las costas de la erosión, capturan sedimentos (protegiendo así los arrecifes de coral) y son el lugar de desove de la mayoría de los peces tropicales de venta comercial. Por otra parte, son fundamentales para la diversidad biológica local, ya que albergan plantas y animales que habitan exclusivamente en los ecosistemas de manglares. Se utilizan también para actividades de turismo y recreación. Los manglares son extremadamente productivos desde el punto de vista biológico, y para las comunidades locales son una fuente importante de combustible, medicinas, alimentos, forraje, etc.

Si tomamos en cuenta estos últimos datos notaremos que la economía pesquera local y real, no la economía de la importación de bacalao, arenque y salmón, descansa en la existencia del manglar, sobre el que estamos atentando con el mayor desconocimiento de economía que podamos exhibir.

PARA UN ENCUENTRO SOBRE ECONOMÍA AMBIENTAL

Según cifras de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), el 50% de las reservas de pesca del mundo ya están casi agotadas. Jacques Diouf, director de la FAO, alertó hace poco a los delegados de más de 70 países en una conferencia realizada recientemente en Islandia, que los océanos están siendo sobreexplotados y que resulta urgente garantizar su uso sustentable. Según los datos de la FAO, en 1950 la producción total de pescado fue de 19 millones de toneladas. Cincuenta años después, 20 millones, una cantidad apenas mayor se desperdició en el proceso de producir un total de 130 millones de toneladas.

La Convención sobre Humedales de Ramsar, que entre otros ecosistemas exige protección para los manglares, se firmó en la esa ciudad de Irán en 1971, y entró en vigor en 1975. Ramsar es el único convenio medioambiental que se ocupa de un ecosistema específico: los humedales. Los humedales, como reconoce la Convención Ramsar, cumplen funciones ecológicas fundamentales, como reguladores de los regímenes hidrológicos y como hábitat de una muy rica biodiversidad, y constituyen un recurso de gran importancia económica, cultural, científica y recreativa que debe ser preservado.

La Resolución VII.21, tomada en la Séptima Conferencia de las Partes de la Convención Ramsar sobre Humedales (Costa Rica, 1999), reconoce el valor económico, social y ambiental de humedales como los manglares para la pesca, la biodiversidad, la protección de las costas, las actividades recreativas, la educación, y la calidad del agua.

Si en realidad el movimiento ambiental de la República Dominicana quiere entablar discusiones de alto nivel con los grupos económicos y políticos que insisten en desconocer los convenios internacionales y el valor de las Áreas Protegidas, será mejor que nos pongamos a tono con la economía ambiental y nos armemos de los argumentos necesarios para enfrentarlos exitosamente.