Ser humano
Un abrazo en la distancia

<span><strong>Ser humano</strong><br /></span>Un abrazo en la distancia

MARÍA ELENA NÚÑEZ
serhumano2@yahoo.com
Hace más de veinte años escribí en HOY acerca de mi prima Mireya. En aquel entonces publicaba yo la columna semanal “De Poetas y Locos”, y por tanto tenía libre acceso al área de composición donde Rafaelito (artista de las tijeras y despliegue) y el señor Cruz. (siempre formal y muy digno en su afán de hallar erratas), se encargaban de preparar las diferentes secciones del periódico para las prensas infatigables.

Hay que reconocer que aquellos fueron tiempos buenos, por más que el presente posee la ventaja de lo tangible y lo inmediato.

Si no fuera porque otra prima que no es Mireya se encuentra de visita en Santo Domingo a lo mejor no estuviese yo revolviendo este baúl de los recuerdos que al fin y al cabo, también está lleno de telarañas. Pero quiero reiterarle a Josefina mi cariño invariable, ese que ella se ganó desde que éramos niñas. Bueno, exagero; cuando éramos niñas mi prima me intimidaba.

Mis memorias más remotas de Josefina la describen con colitas rubias, a lo Pipi calzas largas; ojos verdes avisores y movimiento de avispa alborotada. Para mi buena suerte, mi prima vivía entonces en Santiago de los Caballeros y sólo pasaba por mi casa tres o cuatros veces al año. Recuerdo muy particularmente un día en que apareció de repente, como tromba marina; se instaló a la cabecera de la mesa del comedor y me obligó a engullir el desayuno mientras daba palmotazos en la superficie de caoba.

“Cómasssssssela toda, TODITA!, decía atropelladamente, abusando  de la inmunidad concedida por su condición de visitante, y también porque mamá se hacía la distraída. Como yo parecía un fideo en caldo barato, a mi vieja le provocaba ilusión verme masticar.

Andando el tiempo Josefina fijó domicilio en mi barrio, apenas a una cuadra de mi casa. Y como ambas ya éramos adolescentes, nuestra relación cobró un matiz placentero, salpicado de travesuras y confidencias.

Aquellos también fueron tiempos buenos, enriquecidos por el banana split de los Capri, las películas en Cinemascope del Rialto, y los gritos engolados de varios pregones que transitaban a todas horas por nuestra calle, rumbo al malecón.

“¡Los palo´ para la mata!”

“¡Maduro y verde, lo´ plátano!”

“Palito de coco, melcochado, azucarado!”

“¡Alegrííííííííía!”

Como mi prima y yo sufríamos todo tipo de restricciones y debíamos de ceñirnos a mil y una reglas arbitrarias, entre las dos acabamos por desarrollar un vocabulario de complicidad digno de mención honorífica por parte de la Real Academia de la Lengua así como una serie de estratagemas destinadas a desconcertar al enemigo común (nuestros mayores), en la consecución de un objetivo sagrado: ser siempre fieles a nuestros principios, el más importante de los cuales era la validación absoluta de nuestra propia identidad.

Llegando hubo el día en que a mi prima y a mí nos cuestionaron por separado respecto a uno que otro “cuento de sobrevivencia”, indudablemente hilvanado con descuido. Mi prima jamás “cantó” en mi contra, y yo tampoco la “chivatee” a ella porque la nuestra era una alianza más dura que el acero, y nosotras, más resbaladizas que el teflón.

Cuando Josefina se mudó para los Estados Unidos, perdimos contacto por un tiempo. Luego vine yo, dispuesta a quedarme para siempre; y el reencuentro reafirmó que la verdadera amistad no precisa del trato diario para mantenerse incólume.

Para mi prima Josefina, que en estos días transita las mismas calles de Santo Domingo que ayer recibieron el embate de sus bríos, aquí va un abrazo en la distancia y también un guiño merecido de picardía.