Romper el círculo

Romper el círculo

¿Cómo romper el círculo vicioso de la pobreza extrema? ¿Podemos evitar que en 2009 se perpetúen situaciones inaceptables?

Vivimos en una esquizofrenia generalizada, de “doble vida”. Construimos cada vez más alto y más moderno, tenemos un Metro,  estamos dotados de sistemas de comunicaciones del primer mundo; estamos todos conectados y lo que hacen unos repercute como una caja de resonancia en todos los sectores, con el agravante de que el abismo entre unos y otros es cada vez mayor. A la par con el crecimiento vertical y anárquico de las grandes ciudades suben generaciones de niños cada vez más distanciados los unos de los otros.

Ahora estamos conectados con la jet-set global, desde el príncipe Albert de Mónaco hasta los más divinos “chefs” de la gastronomía mundial; sin embargo, tenemos todavía niños pudriéndose literalmente en “partes atrás” sórdidas.

Cada día más programas del gabinete social van dirigidos a los sectores menos favorecidos; ONG, fundaciones, grupos sociales levantan sus voces y sus acciones a favor de la niñez, contra las drogas, por la mejoría de la educación y otros temas de importancia, para tratar de ganar una carrera contra el reloj que tiene todas las de complicarse con la crisis global.

En la lucha por la sobrevivencia siempre hubo y hay seres que, por sus condiciones propias y las circunstancias, logran romper el ciclo de la pobreza-violencia y salir airosamente de las condiciones más duras, a ser alumnos sobresalientes, universitarios meritorios, excelentes profesionales, orgullo de los barrios de donde salieron y del país. ¿Y los demás?

La pobreza extrema es la forma de violencia más deshumanizante y castradora, lleva a niveles de miseria física, humana, moral degradantes no solo para quienes la viven sino también para los que solo sacan provecho de la corrupción y de la sociedad sin contribuir a una transformación.

Se habla mucho de la pérdida de los valores, de la lucha contra la violencia, de la protección del medio ambiente,  pero las condiciones infrahumanas de vida de algunos sectores condicionan sus modos de actuar. Carecen de todos los nutrientes emocionales, alimenticios y ambientales que hacen individuos sanos y equilibrados. Las víctimas de estas situaciones enfrentan a diario la falta de los servicios más básicos así como los flagelos de las familias descompuestas, de la violencia intrafamiliar y barrial, del hacinamiento y del hambre, sin hablar de los riesgos de  violaciones, embarazos a muy temprana edad y de la droga. Uno solo de estos elementos podría acostar a una persona de clase media en el diván de un psicoterapeuta.

Sin embargo, este es el pan cotidiano de muchas personas desde su gestación. Más avanzan los estudios sobre la importancia de la vida peri natal más uno se da cuenta que muchos de los niños de nuestros barrios marginados tienen  las “cartas marcadas” hasta desde antes de nacer. Suben todavía generaciones con un “no future” grabado en la frente. Estos niños y niñas, con una autoestima por el suelo, una salud emocional en su nivel más bajo, llenarán el ejército de los futuros desempleados y buscadores de sueños frustrados tanto bajo los uniformes de la policía como en las pandillas, la prostitución y el narcotráfico.

A la par que se fomenta la reforma educativa y la excelencia escolar es fundamental brindar atención especial a estos sectores. Como sociedad tenemos una deuda social acumulada frente a una categoría de gente cuya pobreza prácticamente irreversible no les permite, a pesar de todos los esfuerzos de asistencia implementados por el gobierno y otros sectores, mejorar su suerte por estar sumergida en un estado de alienación tal que no pueden ni siquiera atrapar las posibilidades que se les ofrecen.

Hay círculos viciosos que halan de manera irremediable hacia un abismo que se va perpetuando de generación en generación, con ciclos mucho más cortos ahora que las muchachas de estos sectores se embarazan antes de los 12 años, tronchando sus posibilidades de estudiar, su salud emocional y física, pariendo unos hijos que trataron en vano de abortar, que no están en capacidad de asumir y que acaban por rodar sin norte como electrones libres en los callejones de nuestros barrios. Hay que estar claro: sus escuelas reales son la calle y no la escuela formal que los acoge realmente tres horas al día. Tenemos que lidiar contra una cultura de la calle,  único terreno de juego, de diversión, escuela de vida cada día más peligrosa y violenta.

Los frentes son amplios, los desafíos gigantes y para eso  se necesitan sobre todo profesionales bien formados, psicólogos, trabajadores sociales, artistas, jóvenes conscientes y decididos, para invadir los callejones y las “partes atrás” con amor y dedicación tratando de promover cambios positivos.