Responso a mi padre

Responso a mi padre

Hace unos días falleció a los 94 años el Dr. José Altagracia Silié Gatón, quien asumió con bríos la misión que constituyó su norte: inculcar a todos los sectores de la sociedad la necesidad de cultivar los valores morales. La prédica va unida al ejemplo. Así lo atestigua una vida apegada a esos principios y una fecunda labor de difusión que incluye 23 libros, los que lo convierten en el autor latinoamericano más prolífico en cuanto a la publicación de obras sobre ética. No sin razón ha sido señalado como “el padre de la ética” de nuestro país. Sus escritos están dirigidos a la familia, la juventud, los alumnos y los profesionales, especialmente a los vinculados al quehacer jurídico, una de las áreas en las cuales él más se desenvolvió en su calidad de abogado prominente.

El tratar de definirlo en su totalidad como ser humano sería una tarea titánica. Tengo por obligación que verlo en dos aspectos individualizados. Primero, el padre: de eso se trata su mayor legado. Como padre nos enseñó la dignidad: la dignidad con el ejemplo, la dignidad para hacer respetar la propia naturaleza humana, y por encima de todo, la dignidad de una conducta recta, sin dobleces. Gracias a su honroso proceder hemos aprendido a sólo respetar la aristocracia del pensamiento y no las simples, muchas veces con cuestionamientos morales.

En su vida no hubo espacio para la tergiversación – creo que lo moral y lo ético- eran una dimensión constitutiva de su existencia humana. Padre a carta cabal, amoroso, pero recto, cariñoso pero inflexible; padre ejemplar y amoroso. Puedo afirmar que en mi casa nunca se oyó una palabra altisonante: fue un reinado de ternuras, un hogar pleno de amor.

Segundo, el maestro: iniciada esa obra suya de enseñar desde la adolescencia, se me antoja el equipararlo en una dimensión dominicana con el español Ortega y Gasset, pues casi todas las obras de mi padre son como las de éste: prácticas de ejercicio de “razón viviente”. Todos sus libros – creo que unos 25 – son un legado ético, moral, electoral, del derecho, etc. que en una dimensión esencial propugnan una vuelta a los valores cardinales del correcto proceder, de los que se divorcia cada vez más nuestra sociedad deshumanizada. Más de setenta años en el ejercicio profesoral, 45 de ellos en la UASD – un aula de la facultad de Derecho lleva su nombre –, de la cual fue uno de sus “profesores meritísimos”; laudatio de la Academia de Ciencias. Por sus grandes aportes docentes y morales recibió el más alto galardón que otorga la nación dominicana a sus hombres de bien: la Orden de Duarte, Sánchez y Mella en el grado de Comendador y de la Academia Humanística de México. Vivió y murió siendo un quijote soñador. Hoy vi sobre su escritorio varias obras no impresas, entre las cuales se encuentra la voluminosa “Ética de la juventud”.

Por eso, con este desgarrante dolor, le reiteramos bajo un candente sol en su última morada terrenal que continuaremos sus enseñanzas y su ejemplo, para que su espíritu, que sabemos viajará a las regiones ignotas donde solo van los grandes hijos de la patria, nos dé la fortaleza para continuar junto a otros muchos la colosal lucha de adecentar una nación sobre la base de las normas de la ética y la moral. Gracias del alma a todos los que nos acompañaron en nuestro dolor. ¡Descansa en paz, querido padre!