Reír, frente al dolor

Reír, frente al dolor

SONIA VARGAS
Realmente no sé de qué manera comenzar este articulo, pero empezaré contándoles que un grupo de mujeres maltratadas, el cual funciona en el anonimato, me extendió una invitación a una de sus reuniones a la cual asistí. Este grupo de mujeres habla, relata la manera que unas han vivido el maltrato; otras que todavía viven en él por diferentes razones, otras que han escapado de él, pero que las huellas que tienen en el alma son terribles. Este grupo de mujeres, profesionales en diferentes áreas, abogadas, médicas, contables, artistas, en fin todas profesionales, buenos empleos, algunas dueñas de sus propios negocios, de sus propios proyectos realmente muy emprendedoras, las cuales prefieren seguir anónimas, por diferentes razones, me las explicaron y las entendí a la perfección.

Me contactaron a través de mis artículos en este medio, me extendieron esta invitación, porque según me manifestaron ellas, entienden que yo he abordado uno que otro tema sobre género que les han parecido muy interesantes; eso me dejaron saber en la reunión. Realmente como ellas manifiestan y expresan su dolor en estas reuniones es una terapia, es la manera que tienen de hablar unas y otras, de reír, y hasta de llorar; fue una tarde realmente muy emotiva para mi. Desde aquí les mando a todas un afectuoso saludo, y fue un gran privilegio haber compartido sus experiencias y que me hayan tomado en cuenta. Yo me solidarizo con ustedes, y con todas las mujeres maltratadas alrededor del mundo. Escuché dolores inimaginables y a través de sus relatos he visto estragos grabados en sus pieles, en sus caras, en sus cuerpos, que cada día cuentan sus esperas sin esperanzas, sus sueños suspendidos en una realidad que les cierra el paso. Hablé con madres que ya no saben cómo procesar otro duelo, un nuevo duelo; también con mujeres maltratadas por la vida, por una vida demasiado precaria, por un hombre y por una cultura implacable, que las prefiere mudas y calladas, aún en estos tiempos, después de tantas luchas por ocupar los espacios a los cuales estamos preparadas para llenar.

También, por supuesto, mirando sus risas, porque ellas son capaces de sonreír e incluso de reír en medio del dolor más fuerte. Pero la alegría es distinta a la felicidad. Y son alegres, y ahí están reunidas y alegres a pesar de todo.

De vez en cuando, en una manifestación momentánea de placer, al rememorar algo del pasado, al escuchar una canción conocida o al ser escuchadas por alguien que les presta atención, la alegría entonces invade sus miradas, colorea sus mejillas y dibuja una sonrisa como algo que aún las habita, se exterioriza de repente y se niega a morir.

Pero no es ese estado de paz consigo mismo y con el mundo que genera serenidad, no es esta satisfacción interior, más espiritual, más profunda, que se llama felicidad. En medio de todo este dolor, relato, cuentos, risas, lágrimas, no podía creer que yo me encontraba en mi República Dominicana, y a pesar de que todas estas mujeres se reúnan para hablar de su dolor. Y aún siendo mujeres relativamente jóvenes, entre 35, 45 y 50 años.

En su calendario reciente están grabados los días de violencia y hoy día se inventan una nueva forma de vivir, para dejar en el pasado los duelos, maltratos y memorias dolorosas. Y como dice su lema, Porque a pesar de todo no nos olvidamos que vivimos en un país, alegre, y vital esa vitalidad, nos permite hacer frente a tantas adversidades, a tantas exclusiones seculares y a una precariedad consuetudinaria. Y en estas reuniones aprender ¡a reír en medio del dolor!