Reflexionando

Reflexionando

Todo lo que es pura forma tiene un gran valor en la sociedad, y cuanto más hacia la cumbre, mayor importancia, que «el pueblo» suele ser más espontáneo.

Así las ceremonias, las etiquetas se cumplen con escrupulosidad religiosa por las altas clases. Una falta en este sentido es gravísima, la colocación según la categoría social de las personas, los trajes según las horas del día, todos estos detalles de exterioridad constituyen una serie de canones rígidos y sagrados.

Ni aún los espíritus excepcionales suelen escapar a la terrible vigencia de esos códigos, mil veces más apremiantes que los preceptos jurídicos.

Las reglas de la moral o del derecho tienen sus sanciones en la conciencia o en el mundo jurídico del Estado. Pero el quebranto de las normas de etiqueta supone la incapacidad de convivir en cierto mundo social.

Se le puede dispensar a un hombre que haya hecho su fortuna por tales o cuales expedientes, lo que no sería tolerables es que ese mismo «caballero» se presente en un almuerzo, de frac.

Aunque los moldes y las formas se renuevan casi siempre por medio de revoluciones y crisis, pocas veces se dan estos procedimientos en las altas cumbres sociales, donde el prestigio de la tradición hace que las «formas» del ceremonial y las etiquetas perduren, porque justamente lo sustantivo en ellas es ser huecas; es decir que aquí la «forma» pasa a la categoría de algo esencial y permanente.

Así van de generación en generación, constituyendo el «tono» de las clases elevadas el hecho de haber nacido en el cultivo de esas modalidades de esos cultos fetichistas del aparato externo.

El desconocimiento de las fórmulas y ritos de este culto lleva al ridículo que se advierte en las personas «improvisadas». Y se le da gran valor a esa palabra, el «ridículo», porque ella sola abre un abismo entre estos dos hemisferios: el de la «gente bien» y el de la «gente mal».

(Victoriano García-Martí).