Reflexión sobre las mayorías

Reflexión sobre las mayorías

JOSÉ ALFREDO PRIDA BUSTO
En estos días, se ha estado hablando de nuestras nunca bien ponderadas cámaras legislativas y la tiranía que supuestamente ejercen los individuos que componen las mayorías en dichas cámaras. Por una parte, los que se sienten incómodos por el maniobrar de los “tiranos” y por el otro, la reacción asombrada y ofendida de aquellos “santos inocentes”.

Una mayoría, cualquiera que sea, no es mala per se. El problema tiene que ver con las reglas que la definen y los elementos que la componen. Y, desgraciadamente, en nuestro caso, muy dominicano, muy nuestro, dicho problema puede ser muy grave. Hemos tenido vivísimos ejemplos en el pasado

y los tenemos en el presente. Entremos entonces al campo, no de la política, sino de los tejemanejes de los políticos.

En el caso de nuestras elecciones, no debería hablarse del ganador en el sentido de “el que consiguió mayoría de votos”. Eso es ambiguo, porque se refiere a porcentajes. Y los porcentajes a veces dan impresiones que pueden ser mal interpretadas. Debería decirse, simple y llanamente, “el que sacó más votos”. De manera absoluta. Ganó por uno, dos o tres votos de diferencia, y ya. Hablar de mayoría es algo muy relativo, sobre todo cuando está en juego la toma de decisiones que afectan a todo un colectivo.

Veamos lo que sucede cuando hablamos de 6,000,000 de votantes. Si aceptamos como regla de juego para proclamar un ganador que éste consiga el 50 por ciento más 1 de los votos válidos (es decir, la mitad del conglomerado más un individuo), la “mayoría” sería de 3,000,001 contra una “minoría” de

2,999,999. ¿Se puede hablar en este caso de la generalidad de las personas? Obviamente no. Dos, solo dos, simples personas hacen la diferencia para que alguien forme parte de un grupo o del otro. A pesar de todo, está claro que alguien tiene que tomar las riendas y que por obligación tiene que haber una manera de decidir quienes son los que van a gobernar. Y tenemos que aceptar las reglas y a los ganadores.

Ahora  bien, por curiosas circunstancias, en nuestro  país  a  los conciudadanos con cargos públicos se les monta un espíritu mesiánico, la idea de la predestinación y la infalibilidad doctoral y sálvese el que pueda. Todo aquel que accede a un determinado puesto conseguido por votación popular, asume, motu proprio, que es el líder indiscutido de todos. Con excepción de dos o tres necios, que, naturalmente, no tienen ni idea de lo que está sucediendo o puede suceder. Y hay que salvarlos de su ignorancia a como dé lugar. Son poquísimos, pero son dominicanos a los que no sólo hay que demostrarles sus errores, sino sacarlos de ellos. Por el gran amor que se les profesa.

Se toman de ese modo decisiones que muchos no entienden. Y prácticamente se les dice, así como así, que no están ahí para entenderlas. Hay que tener fe. Una fe ciega e incuestionable, como si se tratara de los designios del Señor. De modo contrario se cae en el desagradecimiento, en la crítica

irresponsable y en el entorpecimiento de planes que tienden a  la consecución del Bien Común (localizado geográficamente en uno cualquiera de los bolsillos de la mayoría, ahora sí, de los miembros del “grupo líder”). Posteriormente, al dejar los cargos, muchos mártires, sobre todo si han ocupado posiciones cimeras, tienen que enfrentar acusaciones, juicios y desconsideración por parte de esa irreverente masa a la que quisieron sacar de la pobreza y la ignorancia. Y nadie valora el ejemplo de su sacrificado esfuerzo. ¡Ah, ese ingrato apostolado del servicio!

Muchos, ¿la mayoría?, conocen la azada, curioso instrumento típicamente agrario que se utiliza para varias labores y tiene la particularidad de traer los materiales arrastrados hacia el operario, amontonándolos a sus pies. En nuestro medio tenemos una gran cantidad de expertos en el llamado golpe de la azada. Utilizando todas las artimañas disponibles, maniobran de modo sistemático para traer los recursos hacia sí, reaccionando como felinos hambrientos si alguien intenta entorpecer sus acciones. Por eso vemos cómo las famosas mayorías modifican la Constitución a su antojo para acomodarla a sus intereses en un momento determinado, o juegan con el Presupuesto General hasta obtener lo que quieren para satisfacer su inagotable sed de beneficios pecuniarios.

Cuando se habla de estas cosas, vienen a mi mente palabras como dignidad, vergüenza, honestidad. que figuran en el diccionario, pero que día a día van viendo sus significados originales más y más tergiversados por las manipulaciones de alguna gente. Y no sería de extrañar que en relativamentepoco tiempo caigan en completo desuso y sean consideradas arcaísmos.

No tenemos control de quiénes van a salir electos para formar parte de las famosas mayorías. Encomendémonos a Dios a la hora de ir a votar. Esperemos que haya equilibrio, no en los números, sino en las personas. Porque de otro modo, si los que no eran son y los que eran ya no son, vamos a oír lo mismo viniendo de otro lado. ¿Conejos? ¿Burros? ¿Orejas largas?… No se oye.