Recursos del Estado

Recursos del Estado

Ningún gobernante dominicano ha exhibido más socarronería que Ulises Heureaux al aprovechar los recursos del Estado.

Después de él se ha recurrido a cuanta engañifa se ha inventado para engordar las fuerzas partidistas abrevando en las arcas del Estado. Pero nadie como él para tirar la piedra y esconder la mano, sobre todo en el proceso en que se enfrentó a don Casimiro Nemesio de Moya.

Por supuesto, es de justicia consignar que quien ejerce la Primera Magistratura del Estado lleva ventajas sobre sus adversarios.

Se llame Lilís o tenga otro nombre. Además, aproveche o no la posición que ostenta, los contrarios le endilgarán el potencial como facilidad utilizada.

Mandatarios han pasado por la Presidencia de la República con el suficiente decoro como para abstenerse de muchas trapacerías. Mas no por ello han dejado de ser imputados por el uso de recursos públicos en campañas políticas, en provecho de sus organizaciones partidistas.

Hoy en día, cuando un efervescente antitrujillismo clama a las puertas de los dominicanos, sonará herética la aseveración que haré.

Rafael L. Trujillo, con todo y que presumió de dueño de la República, puede contarse entre los que actuaron con comedimiento.

Por supuesto, cobraba un dos por ciento del sueldo de los empleados públicos para las arcas del Partido Dominicano. Esos recursos pagaban las promociones, publicaciones, pancartas, carteles y folletos usados en tiempos de elecciones.

Ese dinero descontado de los sueldos de funcionarios y empleados públicos era y no era del erario nacional.

En cierta medida constituía un gravamen puesto que el descuento no se retribuía con un bien o servicio. Bueno, la ocupación remunerada era la retribución.

Ocupación pública, por cierto que era una especie de gracia, puesto que por aquella época el Gobierno Dominicano no era carga onerosa para el contribuyente. Los gastos corrientes en total apenas rondaban entre un treinta y cinco a cuarenta por ciento. Hoy el costo del Estado Dominicano es tan elevado que está empobreciendo a los dominicanos.

Arte maliciosa, en cambio, fue la del astuto Heureaux. En 1886, confrontado a De Moya, tomó recursos del Estado y los envió a varios puntos de la República. Hizo rodar la especie de que De Moya estaba mandando esos dineros a sus partidarios. En realidad, las morocotas no se las entregaban sus agentes sino a dos o tres moyistas. De tal manera, abrió fisuras que permitieron su triunfo.

Cuando ese mismo año, a sabiendas del fraude, De Moya se levantó en armas, tomó prestados ochenta mil pesos fuertes mexicanos a don Cosme Batlle, en Puerto Plata.

Con ese dinero en las manos, salió a comprar a los generales del levantamiento. Ni siquiera don Benito Monción, benemérito prócer de la Restauración, pudo resistir la tentación. Ese dinero de don Cosme, por supuesto, eran recursos del Estado.

Pacificado el país de tal manera, Lilís pagó a su acreedor con exenciones impositivas aduaneras.