Ramón de Luna – Cartas al director

Ramón de Luna – Cartas al director

[b]Señor director:[/b]

Nadie admitía que una cosa asi pudiera suceder.

El otrora enhiesto roble lucía ahora como si una violenta ráfaga lo hubiera abatido. Perdió aquella compostura militar que siempre le acompañó.

En Miami corroboraron el diagnóstico de aquí: el cáncer había invadido todo su cuerpo.

El biólogo Monzón, de Jagüey Grande, Cuba, también dijo lo mismo. El medicamento, hecho a base del veneno del alacrán azul, lo único que tal vez podía hacer en ese caso era prolongarle un poquitín la vida.

Finalmente, el 21 de diciembre cerró los ojos tras un largo suspiro y luego de pedirle la bendición a la anciana madre.

La funeraria fue escenario de grandes muestras de dolor y solidaridad, sobre todo, de sus antiguos compañeros de armas. Y luego, el cortejo fúnebre hacia Cristo Redentor.

En la entrada del Campo Santo, perfectamente alineado, un batallón del ejército aguardaba el momento preciso para rendirle los honores correspondientes.

La voz del oficial se escucha llamando atención, mientras la banda toca una marcha fúnebre. Después, el cuerpo es llevado hacia la que sería su morada final.

La corneta del soldado se escucha en un toque de silencio y tres esparcidas descargas salen de las armas de los fusileros. El silencio es imponente, mientras comienza a llover en el campo Santo.

¡Oh, milagro! Se forma un hermoso arco iris como para darle mayor lucimiento a la ceremonia del funeral, mientras, la plana del sepulturero se desliza con monótono acento sobre el blando cemento que sella la tumba.

Allí ha quedado el cuerpo, mientras, pensamos que su alma ha sido acogida por el Supremo Hacedor, luego de su larga agonía que logró su purificación.

La lluvia se ha convertido ahora en una fina llovizna.

Todos proceden a marcharse.

El cuerpo de mi hermano Rafael Emilio yace bajo la loza recién colocada. Es entonces cuando a mi mente llegan aquellos versos que dicen:

¡Dios mío, que solos y tristes se quedan los muertos…!