¿QUIÉNES SOMOS …HACIA DÓNDE VAMOS?
Sociedad vive en pánico con el imperio del crimen (8)

¿QUIÉNES SOMOS …HACIA DÓNDE VAMOS? <BR>Sociedad vive en pánico con el imperio del crimen (8)

POR MINERVA ISA Y ELADIO PICHARDO
La misma sociedad apretó el gatillo de las armas que tiñen de sangre la cotidianidad y nos mantienen en continuo sobresalto, en permanente asombro. Su insensibilidad ante los gérmenes de la violencia colocaron los cerrojos que trocaron en cárceles los hogares donde el temor nos confina, y ni aún en su seno, escenario de asesinatos horripilantes, nos abandona el miedo.

Pocas pérdidas tan irreparables como la paz individual y social, la desvalorización de la vida, la imposibilidad de transitar libremente sin aterrorizarnos con la levedad de unos pasos, sin que el fantasma de la delincuencia nos acelere el pulso.

La violencia explosiona. Homicidios, robos y atracos, secuestros, feminicidios y violaciones sexuales, insospechadas aberraciones, generan una inseguridad que pone en peligro la vida y los bienes.

Crímenes escalofriantes, depravación y pillaje, el saqueo que arranca alcantarillas y el tendido eléctrico, asaltos en carreteras, nuevas modalidades de conductas disociales cada vez más frecuentes, muestran las huellas del gansterismo político y el narcotráfico, de sicópatas o degenerados sexuales, de mentes distorsionadas por la drogadicción y el alcoholismo o la nefasta alquimia de frustraciones y resentimiento en una sociedad marcadamente excluyente, extravagantemente ostentosa.

La asfixiante atmósfera social nos aísla, nos recluye. Pocos hábitos tan añorados como abrir de par en par puertas y ventanas sin mirar recelosos ni perturbarnos la suerte de niños y ancianos. Entrar y salir despreocupados sin muros y rejas que nos aprisionen, sin precisar de alarmas, cadenas y candados a menudo violados con métodos sofisticados del crimen organizado.

La delincuencia, fenómeno multifactorial incrementado en dimensiones alarmantes, tiene añejas raíces, la acumulación de medulares problemas socioeconómicos postergados por décadas que se entremezclan con nuevas lacras derivadas de la descomposición social, la decadencia moral y la crisis familiar, los antimodelos del enriquecimiento ilícito y la impunidad que permite a encumbrados narcotraficantes y a contrabandistas regodearse en su riqueza sin cuestionamientos ni sanciones.

Ese flagelo se asocia, igualmente, a la podredumbre e inefectividad de la Policía Nacional, con sus “intercambios de disparos”, fugas y torturas, un nido de impenitentes delincuentes que aumentan la inseguridad ciudadana. Otros, precariamente equipados, temen enfrentar a los vándalos, penetrar a las barriadas que las pandillas convierten en territorio vedado.

La gente se protege, sale armada, busca vigilancia privada. Proliferan las empresas en el ramo, el tráfico legal e ilegal de armas de fuego. Interior Policía registró en 2003 unas 366,000 armas con licencia en manos de civiles, pero el porte ilegal eleva el número considerablemente. Incluyendo a militares y policías, el parque de armas sobrepasó en 2004 las 600 mil unidades con licencias otorgadas por esa secretaría.

PRINCIPALES ACTORES

Amén de los delincuentes de cuello blanco y de los poderosos narcotraficantes y contrabandistas, entre los principales actores de la criminalidad,  figura un nuevo espécimen humano, el dominicano forjado en el urbanismo marginal que elige el delito como fórmula de sobrevivencia, ora para necesidades vitales, drogarse o saciar ansias consumistas. Prevalecen muchachos y muchachas sin perspectivas de futuro, marcados desde la infancia por acentuadas privaciones y sin oportunidades de ascenso social, los hijos de las barriadas, zonas perturbadas por noches tétricas, por pandillas y “naciones” fuertemente armadas, peligrosamente drogadas, cuyas revanchas y enfrentamientos por dominar puntos de venta de narcóticos siembran el pánico, ensangrientan los sectores marginados.

Los engendró una sociedad que pasó indiferente ante ellos cuando eran niños mendicantes, “palomos”, “huele-cemento”. Nadie les tendió la mano y hoy son un amenazante peligro, protagonizan actos delincuenciales que se revierten contra la misma sociedad que los excluyó, vejó o ignoró, que como a sus padres y abuelos los sometió a la violencia del desempleo y del hambre, les negó los más elementales derechos. Les arrebataron el pan, ahora ellos les quitan la paz, la vida.

Son hijos o nietos de los campesinos que en los años sesenta y setenta huyeron de la pobreza rural, la falta de tierra o de insumos, escuelas y centros de salud. Invadieron la periferia urbana, donde tampoco hallaron el sustento familiar ni provisión de servicios esenciales. Su prole nació en la ciudad, asimilando una cultura distinta a la de sus progenitores, acumulando una explosiva carga de frustraciones, irritabilidad, impotencia y resentimiento. Se criaron frente al televisor, generalmente enviado por los que emigraron a Estados Unidos, de donde miles proceden entrenados en el delito, a menudo deportados desde cárceles norteamericanas.

Extremadamente permeables desde niños a la influencia de los medios audiovisuales que les crea un abismal desfase entre sus aspiraciones y posibilidades, desean vivir al ritmo marcado desde el exterior o el consumo extravagante de los “jevitos” ricos. Sueñan con pertenecer a ese mundo deslumbrante de ilimitado derroche que les cierra las puertas, y están decididos a forzar la entrada, no importa el precio. Muchos no se resignan a su condición de pobreza. Se rebelan, desvalorizan el trabajo, se miran en el espejo de sus padres y buscan otras vías de sustento económico dentro de la ilegalidad, robos y atracos, prostitución y tráfico de narcóticos.

Las familias, instituciones y comunidades pierden el control sobre estos jóvenes, que tejen en el barrio redes de corrupción, vínculos de complicidad con quienes comparten los beneficios de la droga, un medio de vida en los sectores marginados, muchos tomados ya por el narcotráfico, con un dominio extendido a ciudades, Santiago, San Francisco de Macorís, Azua y Elías Piña, feudo de Quirino Ernesto Paulino Castillo, involucrado en la introducción al país de un alijo de 1,387 kilos de cocaína.

PROFUNDAS RAÍCES

Las causas de la delincuencia se advirtieron desde sus primeros síntomas, llenaron las páginas de los periódicos en los años setenta y ochenta, alertando sobre sus nefastas consecuencias, reclamando la atención del medio rural, proveer a los labriegos de fuentes de trabajo, de jornales justos y servicios básicos. No se hizo, los campesinos acordonaron las ciudades, y sus hijos y nietos, muchachitos sin hogares ni escuelas, se entrenaron en el hurto callejero. Hoy, con más de cuarenta años, constituyen el fruto de la cosecha de la postergación de problemas neurálgicos desatendidos: la desnutrición, el desempleo y subempleo, el hacinamiento y la insania ambiental dominante en el caserío destartalado, la falta de agua potable, servicios médicos, escuelas, centros deportivos y recreación.

Entre las múltiples causas de la descomposición social y la delincuencia tienen gran peso la corrupción y la pobreza, factores económicos asociados a la desesperanza. —Ese es un fenómeno bastante complejo -comenta Amparo Chantada-, está muy ligado al acceso a nuevas oportunidades, a la terrible desigualdad social. No es normal que la gente todavía no tenga su problema de alimentación resuelto y haya tiendas que exhiben zapatos, carteras de 10,000 y 15,000 pesos, cuatro salarios de un empleado público. Todos esos “malls” son la exhibición de la desigualdad social, de ese deseo frenético de consumo que debe crear envidia y mucho resentimiento en quienes no tienen acceso. En una sociedad con tan poca equidad, es normal ese nivel de delincuencia.

—La primera gran delincuencia está en la corrupción, en el clientelismo político, que socava la moral de la sociedad. Por eso la falta de ética, porque han demostrado a los jóvenes que no vale la pena estudiar, hacer diez años de medicina si a través de un partido puede acceder a un cargo de diputado, con un sueldo diez veces mayor al salario mínimo, más las exoneraciones y comisiones.

—Si ese es el modelo proyectado a la juventud, es lógico que haya perdido fe, la confianza, los valores que le inculcaron sus padres, que eran de trabajo, esfuerzo, honestidad, de consumo normal, porque en el país siempre ha existido una clase pequeñita muy rica y un pueblo pobre, pero no se veía tanto. Ahora esa desigualdad se ve en televisión, en la ciudad, en los hoteles, y la delincuencia es reflejo de esas frustraciones que fomentamos en la juventud, por la falta de equidad, de un mecanismo democrático de acceso a las oportunidades, a la riqueza nacional. Si el pueblo no tiene estímulo de trabajo, de diversión, si ha perdido la fe en el futuro del país, busca refugios pocos adecuados, el alcohol, las drogas, el robo, los secuestros. Han aparecido nuevas modalidades de la delincuencia, aquí no se hablaba de asesinato de una persona mayor, de violación de niños, de crímenes por una chilata.

DESINTEGRACIÓN FAMILIAR

La proliferación de conductas delincuenciales tiene raíces en la crisis familiar que fermentó en los últimos decenios, desintegrando el tejido social. En aras de la modernidad, desaparecen normas y virtudes hogareñas, se transformaron sus costumbres, mientras en proporciones dantesca erupcionaba la violencia doméstica, los traumas e inseguridades, deseos de evasión, agresividad y otras inconductas.

Existe una correlación entre el aumento de la delincuencia, la corrupción y la drogadicción y la desintegración familiar, las rupturas de parejas, el incremento de separaciones y divorcios, de hogares uniparentales fomentado también por la emigración de hombres y mujeres al exterior.

Cosechamos el fruto de ese desorden familiar, de la cantidad de niños y adolescentes que crecieron silvestres, sin un guía, un padre o una madre. Hoy son jóvenes y adultos inmersos en una cultura hedonista y relativista, regidos por el “todo vale”, desafiantes, implacables, un grave peligro potencial, como si se hubiera creado un nuevo hombre o mujer, un ser humano rebosante de odio, de un resentimiento magnificado.

MATEO ANDRÉS, SACERDOTE:
Para que haya un verdadero cambio en la sociedad, los caminos son la educación y la familia, tenemos que salvar nuestras familias, donde realmente surge y se desarrolla una personalidad sana. Después, promover los grupos de jóvenes, que es donde nos hacemos malos y nos hacemos buenos, éstos son los que debemos fomentar.

ERNESTO CABRERA VARGAS, SIQUIATRA:
La educación del hogar y escolar son dos grandes factores contra la violencia, originada por circunstancias externas, económicas, también la cultura del mono, la imitación de todo lo que viene de moda, específicamente de Estados Unidos, que nos lleva a perder nuestra idiosincrasia. Otro factor gravísimo es el uso de drogas, una de las causas esenciales de la violencia, de toda la agresividad que vive nuestra sociedad.

CÉSAR MELLA, SIQUIATRA:
El estrés colectivo se tipificó como hecho epidemiológico, indicadores como el suicidio, homicidio y feminicidio aumentaron, también los robos, los viajes ilegales. El hurto callejero, arrebatar a un transeunte una prenda, un celular, ocurre ante la mirada impávida de los ciudadanos como un acontecimiento casi normal.

LUIS ROSARIO, SACERDOTE:
Si la población se desarma, la violencia va a disminuir, uno va por las calles y encuentra mucha gente armada, y no hay que levantarle la camisa para saber que lo está, ostentan las armas que llevan y uno no sabe si es policía o delincuente.

AMPARO CHANTADA, GEÓGRAFA:
Hay un predominio extraordinario de las drogas, de los narcotraficantes, un mundo subterráneo y difícil de penetrar, que es el mundo de la delincuencia organizada con pequeñas bandas, esa es la nueva sociedad urbana que tenemos.

EDUARDO CUELLO, EDUCADOR:
En la educación media hay dificultades mayores que en la básica, debido a que los liceos secundarios están en las ciudades y los niveles delincuenciales afectan el buen desarrollo del proceso educativo.

JOSÉ SILIÉ RUIZ, NEURÓLOGO:
La crisis de los últimos años ha provocado en la sociedad un trauma síquico colectivo, acompañado de desaliento, de una violencia no expresada que aumenta la mortalidad, los infartos, la violencia familiar, el bandolerismo y la delincuencia.

JOSÉ DUNKER, TERAPEUTA FAMILIAR:
El estrés hace que alguna gente caiga en el exceso del alcohol y las drogas, produce en los barrios más violencia callejera; cuando se está en un callejón sin salida, más fácilmente se cometen crímenes, atracos.

MAURO CASTILLO, SIQUIATRA:
El alto índice de delincuencia está ligado a los millones de semianalfabetos que tenemos, quienes forman familias analfatetas y semianalfabetas que son focos delictivos, focos de violencia.