¿QUIÉNES SOMOS  …HACIA DÓNDE VAMOS?
Deforestación acelera extinción de bosques y ríos (11)

¿QUIÉNES SOMOS  …HACIA DÓNDE VAMOS? <BR>Deforestación acelera extinción de bosques y ríos (11)

POR MINERVA ISAY ELADIO PICHARDO
Pródiga, exhuberante, la riqueza ecológica expresada en la biodiversidad, en la flora y la fauna, en microclimas y múltiples ecosistemas, ríos y bosques, montes y mares, se esfuma con una explotación irracional y anárquica, devorada por modelos de desarrollo no sostenibles, las ambiciones desmedidas y la pobreza.

Sigilosamente, sin percatarnos quizás por el ritmo de vida febril y urgencias cotidianas, avanza inexorable la catástrofe ambiental. Las huellas de la irracionalidad están patentes en toda la geografía dominicana: deforestación, degradación de las cuencas hidrográficas, inundaciones o sequías, suelos erosionados, salinidad de amplias superficies, zonas semidesérticas que amenazan la biodiversidad y mantienen en peligro de extinción especies endémicas de la flora y la fauna.

La crisis económica impulsó aún más el consumo voraz de la riqueza forestal. Las reservas arbóreas se agotan por la tala sistemática, y con ellas las aguas y los suelos, devastados por prácticas agropecuarias inapropiadas, comercialización de madera y el uso de leña y carbón, incrementado con el alza del gas propano.

Acrecentada la pobreza, es cada vez más fuerte el impacto ambiental, menores los espacios para producir alimentos, aferrándose los campesinos desposeídos al único recurso disponible: árboles y suelos de laderas.

Transformar esa dramática situación, controlarla, revertirla, requiere una toma de conciencia, la firme voluntad política de conducir al país por la vía del desarrollo sostenible, definiendo objetivos claros y estrategias realistas.

De momento, no se ejecutan acciones que detengan el proceso de devastación, sólo proyectos aislados de poco alcance frente al exterminio forestal que nos deja sin agua, sin bosques ni suelos, que sistemáticamente degrada la biodiversidad, la calidad de vida.

Nos estamos quedando sin ríos –expresa el ecologista Antonio Thomén–, sigue lloviendo, pero esa lluvia se escurre porque no hay bosques que la absorban, y esa agua se pierde, no hacemos nada con hacer acueductos si nos falta ese recurso vital.

BIODIVERSIDAD

La isla Española, particularmente al Oriente, conserva la muestra más representativa de la flora y la fauna originales encontrada por los españoles en 1492. Una densa vegetación rasgada por los cañaverales, sobre todo desde la intervención norteamericana de 1916, y una explotación maderera intensificada con la apertura de aserraderos en la tiranía de Trujillo.

Sobreviven a la incesante y brutal agresión varias especies, valiosas, además, por la biodiversidad de esos ecosistemas extraordinarios que concentran todas las expresiones de vida, todas las formas en que se manifiesta la naturaleza: zonas de montañas y valles, mares, costas y arrecifes coralinos, ríos y estuarios, lagos y lagunas.

Poseemos una variedad de plantas sorprendente para tan pequeño territorio: sobrepasan las 5,600 especies. De cada cien, 36 son endémicas, mientras en la fauna existen 32 especies de peces de agua dulce únicas del país, 29 de aves y 4 ó 5 de mamíferos. En reptiles, el endemismo rebasa el 80%, proporción superada por los anfibios, más exclusivos, con alrededor de 97%. ¡Una bendición de Dios! ¡Extraordinaria riqueza ecológica que no apreciamos!

—No sabemos valorar tanta riqueza en plantas y animales –dice el ecologista Eleuterio Martínez–, porque tenemos un solo parámetro para medirlo todo: el económico. Lo único que tiene valor es a lo que se puede llevar al mercado y ponerle un precio. La representación monetaria ya no es el patrón oro, es el verde del bosque, el agua que corre por los ríos, son las playas, las islas Saona, Cabritos, Beata, Cayo Levantado. El valor de ese papel moneda son las ballenas jorobadas, las tortugas marinas, el manglar, los estuarios.

—Somos una generación con una gran responsabilidad histórica, no sólo ante la problemática actual, las especies que desaparecen, los ríos que ya murieron. Ese compromiso, que es de todos, debe traducirse de cara al futuro, ver hacia dónde vamos y quiénes heredarán el espacio donde vivimos. ¿Hacia dónde ir cuando aquí no haya posibilidades de vida? No contamos con un territorio aledaño, Haití llegó a su umbral rojo, difícilmente se pueda recomponer su ambiente.

El gran desafío es no convertirnos en otro Haití, no dejarle un desierto a nuestros hijos. No hemos perdido el 95% de la cobertura vegetal, como el vecino país, pero sí más del 72%, y la devastación no se detiene. Las montañas, madres de las aguas, se quedan desnudas, los suelos pierden la capa vegetal, su fertilidad, la insostenible presión sobre las tierras cultivadas induce a sembrar las pocas superficies arboladas, retrocediendo las zonas forestables en un 5% anual.

El panorama ambiental dominicano se ensombrece con graves problemas que reclaman urgentes soluciones. En sus recorridos por tierra y aire, Martínez ha visto impotente cómo se acelera la extinción de las exiguas reservas boscosas, de la alfombra verde que cubría la isla. Apenas quedan algunas muestras en la cima de la Sierra de Neiba, en los pinares de la Cordillera Central y la parte baja de sus cuencas hidrográficas, Mao, Amina y Baiguate. Además, una pequeña reserva boscosa en la cabecera del Yaque del Norte y la franja media del Bao, al sur del río Mijo y en la zona más alta del río San Juan.

En la sierra de Bahoruco, donde hay una buena cobertura, voraces incendios incineran los pinares, mientras dominicanos y haitianos que en la frontera viven del bosque, consumen cuanto sea verde en su entorno. La sierra Martín García conserva un poco de vegetación, pero la eliminaron en el firme de la loma y la vertiente oriental.

Sin los cacaotales y cafetales, la Cordillera Septentrional no tendría un árbol, salvo la loma de Quitaespuela y una pequeña reserva en las de Guaconejo y Diego de Ocampo. Más dramática aún es la devastación en la Cordillera Oriental, la sierra de Yamasá, deforestada desde Villa Altagracia hasta Los Haitises, principalmente para ganadería, acelerando la desaparición de sus ríos Higüero, Isabela, Guanuma, Yamasá y Boyá, apenas un hilito de agua en su nacimiento. Depredaron el bosque de costa que quedaba por Punta Espada, Juanillo y Punta Cana, y, si no ponen controles, con el desarrollo turístico la exigua cobertura también se esfumará.

Al este del parque nacional Los Haitises todas las cuencas hidrográficas tienen ganadería hasta en su cabecera, Anamuya, Duey, Sanate, Chavón, Hato Mayor, Quisibaní y Soco en la vertiente sur, y del otro lado, los ríos Culebra, Jobero y Cuarón están desmontados. Miches tenía un buen revestimiento forestal, sobre todo donde nace el río Yabón, fue devastado pese a su importancia por ser la entrada de los vientos Alisios.

Los Haitises fue escenario en 1986 del operativo Selva Negra, penoso drama humano por la forma brutal del desalojo campesino. En su superficie, de 1,600 kilómetros cuadrados, no sobrevivían ni 200 kilómetros cuadrados de zonas boscosas, ganaderos arrasaron vastas áreas, y por su inmensidad, algunos tenían que trasladarse en helicópteros para pastorear las reses.

Tras ser expulsados, la naturaleza inició un proceso de recuperación extraordinario, y diez años después, para 1996, el parque estaba reforestado sin que nadie sembrara una planta. Pero los conflictos se reanudaron, desalojados que habían sido asentados en tierras agrícolas, lo invadieron nuevamente. Muchos permanecen en la periferia, destruyendo uno de los ecosistemas más valiosos del país y del mundo.

Esas son las reservas disponibles. En el resto de la geografía dominicana no queda nada, sólo montañas deforestadas en la falda y en el firme, donde la presencia de árboles permitiría que recobraran su cobertura vegetal. El gran valor de la derogada ley forestal 58-56 era prohibir el corte de árboles en la cima, indispensables porque sirven de semilla para reforestar monte abajo, donde nadie lo hace, y aunque así fuera, la naturaleza tiene sus exigencias, sus particularidades, requiere especies propias de la zona. Las desnudan, y el paisaje dominicano se desertifica, los ríos se secan, las especies acuáticas desaparecen.

ACUÍFEROS

Si terminan de destruir los bosques, única esponja que absorbe la lluvia para nutrir los acuíferos, una secuela directa e inmediata es el agotamiento de los ríos, el principal problema ambiental, no sólo en cantidad, también en calidad, pues no bastaría usar el agua racionalmente si no se evita su contaminación.

Como una estrategia para garantizar el agua de la capital procedente de Haina, Nizao, Valdesia, Isa, Mana, Duey y Guananito debe preservarse el parque nacional Eugenio de Jesús Marcano, así como los Humedales del Ozama, otro parque nacional que concentra los bosques de galería que le quedan al río Ozama, protege las lagunas y otros acuíferos que confluyen en la barrera de salinidad, la toma del nuevo acueducto de la parte oriental de Santo Domingo.

Para conservar las fuentes de agua debemos pensar en la biodiversidad. Si nos enrumbamos en un vuelo hacia el desarrollo, hacia una esperanza, las áreas protegidas deberán constituir los motores biológicos del país, localizados en los parques nacionales, las reservas científicas, los monumentos naturales. Es lo más valioso que nos queda, y son las que justamente sufren la embestida más grande de la crisis, recibiendo el principal hachazo de la controvertida Ley Sectorial de Areas Protegidas, 2002-04, que las mutiló.

La naturaleza se resiente. Debemos preservar nuestro hábitat, el cuerpo físico de la República, dotado de diferentes potencialidades, cada zona posee condiciones propias, y si las aprovechamos, sobreviviríamos. Aunque la situación es grave, si le damos el correcto manejo al ambiente, podría iniciarse un proceso de recuperación.

¿Cómo hacerlo? Además de asignar los recursos financieros, establecer un régimen con tres puntos fundamentales: la voluntad política, la plataforma institucional y el ordenamiento legal, consignado en la Ley General de Medio Ambiente y Recursos Naturales, 64-00, que se promulgó hace cinco años y ya es hora de cumplir con su mandato. Con esa base, aplicar la política ambiental, líneas de acción concretas que nos conduzcan hacia las metas proyectadas, a la real protección de las cuencas hidrográficas y las áreas protegidas y protección del medio ambiente en general.

ZONIFICACIÓN TERRITORIAL

No debe postergarse una correcta zonificación territorial, que el área de montañas con vocación forestal y la producción de agua, sea una zona boscosa, y las de potencial agrícola se destinen a esos fines. Una tarea importante, de los 48,422 kilómetros cuadrados de la geografía dominicana, apenas 6,000 km2 son aptos para producir alimentos, y los cubrimos de asfalto. Una barbaridad, un desatino.

En San Francisco de Macorís siembran varillas y cemento en los terrenos agrícolas más valiosos del país, y eso debe descontinuarse. Moca no debe seguir urbanizándose, ni Licey al Medio expandiéndose hacia esa ciudad; a Villa Tapia y a La Vega hay que ponerles un tope, no se puede encementar la única tierra disponible para alimentar a la población.

El reordenamiento territorial es urgente, ante todo en las áreas urbanas, cuyos problemas ecológicos se marginan. Santo Domingo debe ser una ciudad habitable, tener calidad de vida, aire limpio, paisaje agradable, para lo que es preciso desarrollar el proyecto del Cinturón Verde, una prioridad. Preservando los bosques en esa gran franja, se protegen los caudales de ríos y arroyos, del Isabela, Ozama, Haina, Guzmán y Manzano, Cachón, Yabacao y otros.

La naturaleza privilegió a esta ciudad con el río Ozama, despiadadamente degradado, sucio, pestilente. Ninguna capital de América posee la confluencia de tres ríos, como aquí, y más aún, son navegables. Estamos desperdiciando todo eso. Con solo rehabilitarlo, el turismo aportaría al Estado los recursos necesarios para enfrentar buena parte de los problemas de los barrios ubicados en las márgenes de ese afluente.

LEYES SECTORIALES

La ley 64-00 precisa de leyes sectoriales, una de ellas, la de superficies protegidas, para incorporar nuevas áreas en puntos no aptos para producir alimentos o asentamientos humanos por la fragilidad de la naturaleza.

Es fundamental una ley sectorial de agua, otra de suelos, el recurso más valioso que en el país nunca ha tenido una legislación que lo proteja. Precisamos de una ley de costas, bien definida, para reglamentar la pesca y proteger los recursos costeros, estuarios, playas, arrecifes y praderas marinas.

INDICADORES

  • Un 17% de la población dominicana carece de agua potable en sus inmediaciones.
  • De 16% del territorio nacional en 1998, las áreas protegidas aumentaron a 19% en el 2000 mediante la Ley 64-00.
  • Sólo 35 de 70 reservas boscosas disponen de protección.
  • Las emisiones de monóxido de carbono, que en 1994 totalizaron 8,716 toneladas métricas, se elevaron a 16,649 toneladas en el 2004.