¿Quién le teme a Bahía de las Águilas?

¿Quién le teme a Bahía de las Águilas?

FABIO R. HERRERA-MINIÑO
No han sido poco los planes que se han elaborado para explotar la belleza de las playas de la costa de Pedernales y Cabo Rojo, específicamente lo que se conoce como Bahía de Las Águilas, que en una época le abrió el apetito a un grupo de políticos que trabajaban con el doctor Balaguer, para apoderarse de miles de tareas de tierras, que ahora se dificulta su recuperación. Desde entonces ha sido imposible ver que esa pobre región despegue en un proceso sostenido de desarrollo.

Cuando Bávaro y Punta Cana, en la década del 70 comenzaba a vislumbrarse en la mente soñadora de un Frank Rainieri y otros amigos como un atractivo polo turístico, con un acceso más difícil al existente en Pedernales, nadie se opuso a esos sueños, donde el surgimiento de los resorts conllevó la destrucción de manglares y humedales, de reservas de restos indígenas, dislocación de las corrientes de los manantiales y contaminación del mar por las aguas negras, para convertirse, en menos de tres lustros, en el sostén principal de la economía y en constante expansión, como lo muestran los nuevos proyectos de resorts en ejecución o programados a iniciarse en un futuro cercano.

Los sueños de ver a Bahía de las Águilas convertida en una hilera de hoteles como existe en Bávaro, parece que se transforman en pesadillas, cuando los grupos, que eran de izquierda en la década de los 70 y de los 80, son ahora furibundos ecologistas y defensores a ultranza del medio ambiente, se oponen a que los eriales llenos de cambronales se desarrollen y se aproveche las bellezas de esa playa, para sacudir al sur profundo de su centenaria pobreza. Un desarrollo sostenido del turismo de la zona evitaría que, en un momento dado, se quedara vacío de dominicanos, por el éxodo de sus pobladores, y pasara a se ocupados por los haitianos, que así verían ampliar su territorio y daría pie a lo que sueñan ciertas potencias imperiales, de convertir a la isla a vivir bajo una sola bandera u ocupada bajo un vergonzante fideicomiso. Recuérdese que una vez San Rafael se llamó Petit Trout.

La visita del presidente Fernández a Francia e Inglaterra puede convertirse en el punto de cambio (turning point) del destino de Bahía de las Águilas y de toda la península de Barahona, al lograr, en las capitales europeas de París y Londres, varias intenciones de realizar inversiones masivas en proyectos hoteleros sostenibles y ecológicamente aceptables a la región. Así se abrirían las puertas de un aprovechamiento de las bellezas naturales que se completaría para los turistas con el recorrido por los paisajes inigualables de la sierra de Bahoruco en sus estribaciones.

Esto se lograría mejorando la carretera, que una vez existió desde Pedernales hasta Duvergé pasando por Aguas Negras, El Aguacate y Puerto Escondido. Eso sería un atractivo espectacular que completaría lo que se ha logrado con el Hoyo de Pelempito.

El inconveniente es la lejanía del aeropuerto María Montez, que quedaría alejado de los resorts de Bahía de las Águilas, a más de 150 kilómetros. Por lo tanto, sería necesario estudiar que el aeropuerto a desarrollar sería el existente en Cabo Rojo, donde una vez hubo una pequeña pista que le daba servicio a la empresa que explotaba la bauxita de la región. Asimismo las facilidades marítimas existentes, con un buen puerto de excelente calado que ha sido aprovechado continuamente por empresas que exportaron piedra caliza y ahora cemento, podría ser un futuro atracadero de cruceros cargados de turistas. A éstos se les organizaría atracciones folklóricas e incluso incursiones a los vecinos poblados haitianos que tienen mucho que ofrecer. Recuérdese que en La Romana todo ha sido insertado en un ambiente ensamblado con gran gusto y sentido del negocio del turismo. En la década del 60 sólo existía en La Romana una pujante y moderna empresa azucarera, que ha sido el puntal del desarrollo turístico de la región oriental en continúa expansión.

El gobierno del presidente Fernández tiene la gran tarea de rescatar al sur profundo de la pobreza. El empuje que se lograría con el aprovechamiento de las bellezas de la costa de Pedernales sería el incentivo que necesita un conglomerado humano digno de mejor suerte. Sus esperanzas de un futuro mejor tan solo es de emigrar de la región, razón por la cual cada vez se reducen sus poblaciones, que serían la tentación para ocuparlas los haitianos, ahogándose en su territorio arrasado por la ignorancia y la desesperación de gente que no quiere morir de hambre, y ven en la parte oriental de la isla, la única esperanza de sobrevivir.