QUE SE DICE
El colmo

QUE SE DICE <BR>El colmo

Usted seguro dirá que esto es el colmo, y habrá que darle, lamentablemente, la razón. La Policía Nacional anunció ayer el apresamiento de cuatro individuos a los que acusa de integrar una banda que se dedicaba, nada mas y nada menos, que a robar motocicletas del parqueo del Palacio Policial. La institución del orden no ofreció mayores detalles, sin embargo, sobre el «modus operandi» del que se valían los osados ladrones o si tenían cómplices que le facilitaban el trabajo en un terreno tan poco propicio, ni tampoco sobre la forma en que logró descubrirlos y detenerlos. El episodio, insólito hasta para nuestros propios parámetros, retrata a la perfección el talante de una delincuencia que no respeta a nada ni a nadie, pero también a una Policía que permite que aquellos a los que se supone persigue actúen a sus anchas dentro de su propia casa y delante de sus propias narices. ¡Sálvese quien pueda!

Reciprocidad

Como no hay mal que por bien no venga hay que señalar que la declarada rebeldía del empresario judío-norteamericano San Goodson, quien acaba de anunciar a la jueza Angelán Casasnova su decisión de no presentarse al juicio que se sigue a los implicados en el Plan Renove, es también -no nos cansaremos de repetirlo- una excelente oportunidad para poner a prueba el principio de reciprocidad que debe normar las relaciones entre dos Estados. El gobierno ha dado garantías, a través del procurador General de la República, el doctor Francisco Domínguez Brito, de que no habrá impunidad en el caso de Goodson, no importa en qué lugar del mundo se encuentre, por lo que ha puesto en marcha su solicitud de extradición al gobierno de los Estados Unidos. Una vez cumplidos, con todos sus periquitos legales, los trámites de lugar ante las autoridades norteamericanas, no habrá más remedio que sentarse a esperar el milagro de la reciprocidad.

De chivos sin ley y TLC

«La ley se hizo para violarse». ¿Le resulta familiar la frase? ¡Por supuesto que sí! Se la ha escuchado, infinidad de veces, al chofer de carro público que se salta la luz roja del semáforo «porque no viene nadie», al empresario que juega a las escondidas con la Dirección General de Impuestos Internos y, por supuesto, también al abogado, al ingeniero, al publicista, al banquero, y paremos de contar porque no acabamos hoy. Como chivos sin ley vivimos, en este fallido paraíso tropical, a pesar de que las leyes nos sobran, como sobran también los hombres de mano dura que, a lo largo de una historia superpoblada de machos, han actuado en su nombre. Se nos ha dicho -y en eso coinciden hasta los que se oponen al TLC- que de esa medular propensión a irrespetar la ley, de la que ni siquiera treinta años de dictadura pudieron curarnos, es que vendrá a sacarnos la firma del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos, que nos obligará a comportarnos a la altura de nuestro civilizado socio, donde todo funciona según un librito previamente escrito y cada cosa tiene su momento y lugar. Ojalá sea verdad tanta belleza.