Preferible muerto que preso

Preferible muerto que preso

El don más preciado que posee cada ser humano es el de la vida. Nada en el mundo se compara con el vivir, aún en la más precaria de las condiciones en que este se desarrolle. En medio de la convivencia social resulta ético el luchar a favor de una mayor longevidad con una mejor calidad de salud en las esferas psíquica, biológica, ambiental y cultural. Con sobrada razón se aduce que el primer deber de todo cuanto existe es seguir existiendo, es lo que denomino la inercia vital. Sin embargo, mueve a preocupación cuando oímos a gente humilde del pueblo decir con franqueza de que hay situaciones en donde es preferible estar muerto.

Un trabajador sureño fue encarcelado por varios meses sin que se le procesara juicio alguno. Pasó las de Caín como reza el dicho popular; sufrió vejaciones y humillaciones, aparte de que enfermó sin el auxilio oportuno de los cuidados médicos de lugar. Una vez obtuvo su libertad juró que nunca volvería a ser encerrado en una prisión dominicana. Acto seguido decidió mudarse a la capital a fin de olvidar los agravios y malos recuerdos provincianos. Cicatrizada su traumatizada memoria con la terapia del olvido, el jornalero de nuestro relato se encontró repentinamente en medio de una real pesadilla. Las fuerzas del orden público habían acordonado la cuadra de la barriada donde moraba este hombre, en busca de unos supuestos delincuentes.

Una vez se percató de que estaban deteniendo a las personas de su género decidió emprender la huida. Los familiares le aconsejaron al hoy occiso no huir, ya que de lo contrario se exponía a caer mortalmente herido en uno de los conocidos intercambios de disparos. El asustado ciudadano hizo caso omiso a las advertencias y siguió velozmente cruzando patios para luego encontrarse con la muerte. Minutos antes de expirar habría confesado que ante el peligro de ser una vez más detenido y encerrado tras los barrotes de una cárcel optaba por entregarse en los brazos de la muerte.

¿Se trataba de un enajenado mental? De seguro que no era esa la situación. Lo que ese cristiano vivió durante su encierro en las ergástulas sanjuaneras no cabrían en el cuadro dantesco.  Tampoco habría palabras suficientes para describir por completo lo que allí se sufre. Nuestros recintos siguen todavía siendo inhóspitos lugares para la rehabilitación y regeneración de los jóvenes que transgreden nuestras leyes. Llegan sanos de cuerpo a la celda.

Allí, víctimas de las condiciones de hacinamiento, pobre higiene, promiscuidad e inadecuada alimentación, sufren un continuo proceso de deterioro en el comportamiento.

Muchas padecen de males gastrointestinales, respiratorios, urinarios y cerebrales; otros desarrollan infecciones de transmisión sexual, en tanto que las menos afortunadas terminan mortalmente atados al Sida y a la tuberculosis.

Por algo la amarga experiencia de esta persona le sugirió que era mejor morir en lo inmediato de un balazo que perecer lentamente en una cárcel criolla.