Periodismo y literatura,
dos territorios independientes

Periodismo y literatura, <BR>dos territorios independientes

POR LEÓN DAVID
Desde el surgimiento de las gacetillas impresas con regularidad hasta hoy, periodismo y literatura han logrado mantener una relación no siempre exenta de conflictos y malentendidos pero, dígase lo que se diga, bastante firme y a la postre provechosa.

Sólo precisamos acudir –en caso de que nos traicione la memoria- a cualquier manual de historia de la literatura para comprobar cuantas plumas insignes, americanas y europeas, no vieron con malos ojos colaborar con los diarios y otras páginas de aparición continua en la época en la que les tocara escribir, obteniendo frecuentemente de tal oficio los emolumentos que, aun cuando magros e insuficientes, proveían la precaria subsistencia.

Nombres famosos como los de Edgar Allan Poe, Charles Baudelaire, Clarín, José Martí, Sarmiento o Unamuno afloran de inmediato a la mente, con ese talante caprichoso e indisciplinado de los recuerdos, apenas abordamos un tema cual el que motiva estas divagaciones.

Sin embargo, lo que antecede no debe llamarnos a confusión. Periodismo y literatura son el resultado de dos ocupaciones distintas. Y la diferencia cabe ser resumida en lo que sigue: Cualquier literato está en condiciones de ejercer el periodismo, al menos el periodismo especializado en el área cultural; en tanto que la inmensa mayoría de los periodistas, o sea, el reportero de la noticia, por más que lo ambicione y a ello se aboque en cuerpo y alma, si no es un artista creador no podrá expresarse literariamente.

Impuesto a esclarecer la cuestión, a riesgo de que me tilden de injusto o tendencioso, en los renglones que siguen voy de manera premeditada a cargar las tintas confrontando el menester periodístico con la faena literaria, con la esperanza de que mediante tan esquemática cuanto forzada contraposición saldrá a la luz lo propio, particular y típico de cada una de esas dos modalidades de escritura… Manos a la obra:

Acaso convenga dar inicio a este deslinde apuntando lo que el periodismo y la literatura tienen en común. Entiendo –puedo naturalmente equivocarme- que ambas formas comunicativas sólo comparten dos cosas: el empleo del lenguaje escrito en su vertiente de caracteres impresos; y el acudir a un mismo espacio o soporte para la difusión, en este caso el papel periódico. A partir de aquí tan sólo advierto discrepancias… Para empezar, como lo que atrae al periodista y a su público suele ser la noticia y la forja de opinión en torno a las más destacadas o excéntricas novedades, el comunicador periodístico se inclinará hacia lo externo, a relatar de manera tan fiel como le sea posible lo que sucede a su alrededor. El literato, por el contrario, no se interesa en la descripción de lo ocurrido “afuera” como no sea a modo de estrategia que instaura un universo imaginario de personal raigambre; conjurar una visión íntima, la suya, es lo que el poeta, el dramaturgo o el cuentista persiguen.

Despréndese de esta primera divergencia –a mi juicio nada trivial- que el reportero se ceñirá a una exposición tal vez amena y refrescante, pero siempre a ras de tierra, directa, sencilla, convencional, ajustada a los moldes gramaticales menos complejos, un discurso que, por consiguiente, en pos de su objetivo tiende a sacrificar el “como” al “que”, la forma a la idea, la materialidad evocativa y plástica de la palabra al pensamiento y al contenido de información. Lo contrario exactamente es la preocupación del literato, cuyo decir, por muy sobrio, transparente o aséptico que se nos figure, paradójicamente apuntará a la gestación de un orbe ficticio que no cobra realidad ante las pupilas de la fantasía sino en la medida en que el gesto verbal, los modos elocutivos y estructuras textuales adquieren tanta trascendencia, peso y densidad como aquello que por su mediación supuestamente se pretendía referir; por ende, el ademán literario impresionará nuestra sensibilidad y nuestra imaginación merced a innumerables recursos estilísticos que, tornando la expresión compacta, sinuosa, espesa convertirán esa criatura de palabras en algo deliciosamente extraño, ajeno a lo ordinario, polivalente y sugestivo.

Para rematar este asaz premioso e incompleto esfuerzo por fijar las fronteras que separan al periodismo de la literatura, no sería excusable olvidar el punto donde la brecha entre ambas disciplinas se ensancha de manera ostensible. Helo aquí: el trabajo periodístico se nutre de la actualidad; la novedad, lo que pasa día a día, minuto a minuto, lo último, lo más reciente, tal es el ideal y el desafío al que la prensa responde. Compramos un periódico para estar informados de los que hoy sucede. Llegada la tarde, no me sirve el de la mañana. Por esa razón tan pronto lo inédito ha sido puesto a nuestro alcance, la columna del periodista pierde por entero vigencia y no se nos viene a mientes la peregrina idea de volverla a leer. A nadie, salvo a un historiador a la husma de documentos acerca del pasado o a alguien empeñado en confirmar un dato publicado en la prensa tiempo atrás, le da por adquirir diarios viejos con el fin de entretenerse en su lectura. La “literatura” periodística es por esencia literatura efímera. No aspira a eternizar el instante sino a cubrir el hecho para, no bien asoma éste en la columna del diario, desaparecer con él sin dejar rastro. No es otra la explicación de que sea, además, una escritura rápida…, ¡qué digo rápida!, vertiginosa hecha a la carrera. El acontecimiento noticiable no espera; hay que reportarlo tan pronto ocurre. Se redacta sobre la marcha; apenas se corrige; no sobra tiempo para meditar o hacer consultas, menos aún para pulir ni perfumar el lenguaje; como salen del fogón los dorados tostones hay que servir la información: friendo y comiendo, de la sartén a la boca, que, de no ser así, se dañan…

Desde luego, no es este el caso de la literatura. El valor de un texto literario (discúlpenme por llover sobre mojado) poco tiene que ver con que su autor nos brinde conocimientos exactos, información fidedigna o novedades inesperadas en torno a cualquier aspecto de la realidad cotidiana en la que nos hallamos sumergidos. Aunque en toda obra literaria se alude al mundo fenoménico, se hace referencia a personas, objetos, acciones, situaciones y lugares (porque las palabras al fin y al cabo son signos y el significado no puede, por consiguiente, ser suprimido sin que a su vez el carácter social y transitivo de la comunicación desaparezca) , ese designar se convierte en el caso del escritor de ficción no en un fin en sí mismo sino en un atajo o, si así lo preferimos, un anzuelo de pescar incautos cuya virtud consiste en sacar de las aguas en las que todos nos bañamos un milagroso pez, un ente de lenguaje saturado de espíritu, colmado de humanidad transhistórica, una criatura discursiva que no extrae su poder suasorio de la imbricación de la palabra con el universo fáctico al que señala, sino de la capacidad del lenguaje para revelar, acudiendo a los poderes de la fantasía y la emotividad tanto como a los del intelecto, los hontanares del alma de los hombres.

La gran literatura nos confía y nos confirma la grandeza y miseria de la existencia de cada uno de nosotros, el enigma de nuestro destino, la incertidumbre de nuestro porvenir, la extrañeza de nuestra fugaz presencia en los opacos recintos de la carne y en las ilusorias transparencias del pensamiento.

Y como la obra literaria, en lugar de circunscribirse a reflexionar sobre lo que antecede, es ella misma el enigma aludido, nos lo descubre y nos enfronta él, como esto hace, no pasa, no caduca, no pierde vigencia, no deja de forzarnos siempre a reaccionar desde las vísceras, la médula y el corazón provocando en nosotros el deseo de repetir tan enriquecedora e insólita experiencia d lectura una y otra y otra vez.

La creación literaria, en ostensible contraste con el texto periodístico, nace para perdurar. No depende su vida del aquí y ahora, del lugar o de la época en que fuera gestada, sino de la intensidad y profundidad de la vivencia humana que ha sido capaz de conjurar el escritor… El periódico de la semana pasada sólo sirve para alimentar la llama de una hoguera, envolver las copas de cristal que guardamos cuidadosamente en la caja de la mudanza, o cubrirnos la cabeza con él si nos sorprende un repentino chaparrón…La Ilíada, Antígona, Las Metamorfosis, la Divina Comedia, El paraíso perdido, Hamlet, La noche oscura del alma, Don Quijote de la Mancha, El Misántropo, El Cid, Fedra, Fausto, Las flores del mal, Eugenia Grandet, Madame Bovary, La Guerra y la Paz y tantas magnas obras que el genio literario plasmara hace miles o cientos de años no pierden, no han perdido su original frescura ni su extraordinario poder de embrujo, deleite y seducción

Ahora bien, libros del calibre de los mencionados no brotan de un solo tirón. La inspiración no los regurgita del alma en pocas horas ya terminados y hechos. Obras son que requieren tiempo de maduración y múltiples correcciones. Proceso lento y largo que no admite supeditarse a los apremios de la labor periodística…

Mucha tela por cortar nos resta, pero la cortesía obliga a concluir:

Por las razones anotadas y otras de las que el tiempo avaro y malicioso me ha constreñido a prescindir, somos del parecer que literatura y periodismo, si bien no necesariamente se dan las espaldas, si bien pueden conjugarse a guisa de profesiones paralelas en una misma pluma, y hasta conciliarse armoniosamente en ciertos géneros híbridos propios de las páginas de fondo de todo periódico que se respete, verbi gratia, el ensayo breve, la crítica de arte y cultura y las crónicas con enfoque intimista, a pesar de ello, repito, insisto y subrayo, la literatura y el periodismo constituyen dos universos ya que no antagónicos ciertamente autónomos e independientes; dos territorios que aun cuando comparten en la frontera de la comunicación verbal una “tierra de nadie”, la de la palabra escrita, no toleran ser confundidos, habida cuenta de que tan grosero error iría no sólo en menoscabo de la producción del literato sino también en inevitable desmedro de la del periodista.