Pedro Mir, una presentación innecesaria

Pedro Mir, una presentación innecesaria

POR LEÓN DAVID
Me asalta la sospecha taciturna de que, por obstinado que sea el afán con que me consagre a encarecer los méritos artísticos e intelectuales de esa figura emblemática de las letras criollas que se llamó Pedro Mir, (cualidades por demás ostensibles en las 472 hospitalarias páginas de la antología que tengo la encomienda honrosa de presentar); me acosa, repito, la presunción asaz mortificante de que las consideraciones apologéticas que a punto largo me he encaprichado de traer a la cuartilla, lejos, muy lejos están de hacer justicia a la pluma eminente de don Pedro, a su numen espléndido, uno de cuyos menos prescindibles atributos fue adunar a los primores del estilo, a la gracia de una alquitarada expresión poética, los diamantinos quiebros del pensador agudo y enjundioso.

De pareja fusión de inteligencia reflexiva y estro lírico –idiosincrásico rasgo distintivo que el lector avisado no dejará de reconocer en el talante creador de Mir-, acaso más adelante podré borrajear, siempre que los astros me sean propicios, algunas ideas.

Empero, en este preciso momento, a lo que los prestigios de la urbanidad me exhortan es a explicar la razón de que, aun cuando nadie está más advertido que yo de las melancólicas insuficiencias de mi cálamo, no vacilé sin embargo en responder que sí, que con muchísimo gusto haría la exposición que se me solicitaba, cuando llamaron por teléfono para proponerme que leyera algunas palabras en torno al volumen PREMIO NACIONAL DE LITERATURA 1993, del esclarecido autor de HAY UN PAÍS EN EL MUNDO.

Pues bien, si no me hice de rogar cuando para ese comprometido encargo se me procuró, a tres causas en modo alguno indescifrables es menester atribuir mi atolondrada aceptación:

Para empezar, -¡oh vanidad literaria!-, ¿qué venerador de la palabra no se sentiría halagado de poder trasmitir a una culta y oportunamente cautiva audiencia, sus opiniones acerca de temas a los que es irremediablemente afecto, pero que dieran la impresión de no despertar el menor interés entre el común de los mortales? Inquirir de una persona con semejantes proclividades literarias si estaría dispuesta a conferenciar, ¿no es, mutatis mutandis, lo mismo que preguntar al ratón si le apetece el queso?

En segundo lugar, -tal vez sea éste el motivo de más gruesos quilates-, quien, haciendo gala de la distinción, comedimiento y mesura que lo singularizan, me pidiera presentar la referida obra, es uno de esos casi extintos especímenes de caballerosidad e hidalguía espiritual que, con admirable tozudez, insisten en perdurar, en un mundo cuya supuesta «pos-modernidad» parece exigir el olvido de la discreción y los buenos modales. A ese Señor –con ese mayúscula-, que no es otro que mi erudito amigo don Jacinto Gimbernard, no podía yo bajo ningún concepto negarme a dar entera satisfacción.

Y, postrera atenuante de que hoy me encuentre en el terreno sin duda menos ineludible que gravoso de la disertación, es que las analectas sobre cuyas bondades he contraído el compromiso de fatigar los recursos de la retórica, rescatan no pocas de las páginas centelleantes de uno de los menos reemplazables escritores dominicanos del siglo que acaba de transcurrir: el intenso poeta y acaso todavía mayor prosista petromacorisano don Pedro Julio Mir Valentín.

Hoy, cuando la baratija literaria sigue arreciando y los autores, con la facilidad despreocupada con que ponen huevos las gallinas, se esmeran en infligirnos versos abominables y ficciones de peor estofa todavía; cuando la abrumadora opinión favorece los estridentes encantos de la trivialidad y las salobres albuferas del mal gusto; cuando los clásicos adolecen de la fama de estar de más y la palabra «canon» constituye en materia de arte y literatura poco menos que un anatema; cuando, exhibiendo escandalosa penuria imaginativa y desolador peculio intelectual, los escritores se envanecen antes que de escribir bien de que sus libros responden al espíritu del tiempo que les tocó vivir, como si confiriese lauros lo actual, como si, -permítaseme un sencillo ejercicio de referimiento-, «la contemporaneidad –cito a Borges- fuera un acto difícil y no un rasgo fatal»; hoy, cuando la basura de tanto autor imperdonable y mínimo es exaltada en los medios, mientras las casas editoriales los promueven para que sus obras –epítome de lo anodino- alcancen el codiciado estrellato del best-seller; cuando, ¡oh, insoportable cultura de la imagen!, pocos leen y de estos un número menor si cabe entiende y se solaza con lo leído; cuando corremos el albur de ser arropados por la brusca estulticia, que se apodera del vergel donde la mente y el corazón del hombre antaño sembraran valores duraderos y utopías generosas, vergel que yace ahora en abandono; cuando estas cosas suceden, (y harto me temo que el cuadro sombrío que acaba de escapar a los puntos de mi pluma no es producto del fatigado prejuicio, sino que, muy por el contrario, se impone a guisa de amarga pero genuina semblanza de la irritante realidad que nos abruma), cuando esto ocurre, amigos míos, ¿cómo no sentirnos aliviados, agradecidos, de poder refrescar el alma en el remanso de impoluta belleza, de cenital transparencia y hondura, que el genio de don Pedro, tanto en sus versos como en su prosa, nos obsequiara?

En efecto, el calado filosófico y conceptual, la erudita solvencia, el eloquio superbo y, en resolución, ese bel parlare exento de garrulería con el que topamos en cada uno de los escritos del autor que nos incumbe, bastan para persuadir al lector menos propenso al arrobamiento de que estamos ante la presencia poderosa de un clásico. Escatimar a Pedro Mir la dignidad de clásico es prodigar un temple anímico refractario a las seducciones de la palabra plena, urente, vívida, certera y perfilada.

He aquí, sin embargo, que días atrás el destino –que suele colocarse sobre el rostro la máscara del azar- me condujo a una reunión en la que un bienfamado poeta, cuyo nombre mi descortesía –o acaso mi compasión- se niega a registrar en la cuartilla, desgranaba con verbo frondoso y desabrochada facundia una serie de juicios en torno a la poesía…

Y en cierto lugar de su plática, para estupor de dos o tres de los que allí nos congregábamos, el desembarazado disertante asestó, entre otras lindezas, las apreciaciones insólitas que a seguidas compendiaré, en la esperanza de que mi memoria no haga agravio al sentido de las ideas que, con encendida elocuencia digna de empresa menos desatinada, comunicase el orondo expositor a cuantos le escuchábamos.

Aseveró el inspirado rétor en esa irreverente noche memorable que el literato debía sobre todo preocuparse por ajustar la palabra al espíritu de su época; que, para estar a tono con su tiempo, era preciso que el escritor acogiera con beneplácito el gesto de desafío y de ruptura, ya que parejo ademán iconoclasta revelaba ser la clave de nuestra contemporaneidad, el sello que definía por antonomasia el hoy, la actualidad, nuestro día a día. La referida opción de indocilidad y revuelta –continuaba aleccionándonos el poeta- importaba nada más y nada menos que la subversión del lenguaje, tarea que, desde luego, no cabe ser cumplida exitosamente sin antes abjurar de las extenuadas fórmulas legadas por la tradición, sin antes preterir los manidos artificios del metro, la rima y otras antiguallas semejantes… Porque no obtemperaron a tan inexcusables premisas de la tardo-modernidad, la obra poética de bardos como Pablo Neruda y Pedro Mir –tuvo el arrojo de sostener el conferencista- estaba envejeciendo aceleradamente. En lo que atañe a Pedro Mir, nuestro redivivo Aristarco ni por un instante titubeó para reprobar dos vicios que sin dispensa ni diferimiento condenaban las páginas del insigne petromacorisano a las fauces voraces del olvido. He aquí las dos flaquezas de lesa lírica en que don Pedro habría incurrido: la sonsa musiquilla de la frase, mera reiteración de las caducas formas del viejo romancero castellano; y el albergar en sus estrofas elementos anecdóticos que el devenir histórico se encargaría de transformas y desmentir… Mas, no complacido de tan fulminante veredicto, con la intención de demostrar la verosimilitud de sus estimaciones, esgrimió el ejemplo de HAY UN PAÍS EN EL MUNDO, poema en el que aparecen versos como estos:

Decid al viento los apellidos
De los ladrones y las cavernas
Y abrid los ojos donde un desastre
Los campesinos no tienen tierra.
El ave brusco de un breve puño
Que se detiene junto a una piedra
Abre una herida donde unos ojos

Los campesinos no tienen tierra cuartetas donde el machacón estribillo final y la marcada cadencia del metro decasílabo denunciarían una creatividad apegada a convenciones retóricas pueriles y trasnochadas.

Por si esto fuera poco, el celebérrimo poema de don Pedro –prosigue razonando el charlista- ha perdido del todo su valor de protesta y confutación social para el lector del siglo XXI habida cuenta de que el vate nos habla de que Hay un país en el mundo sencillamente agreste y despoblado cuando en los días que corren la realidad social dominicana es muy diferente de la visión rural de un territorio despoblado que don Pedro se complace en presentar en dicho canto.

Veamos ahora de aprovechar la encrespada diatriba que he traído a colación para, haciéndola objeto de discrepancias no por corteses menos recalcitrantes, poner de resalto –en ello va nuestro crédito- la actualidad, vigencia y suprema virtud literaria de Pedro Mir.

Por lo que toca a la supuesta excelencia que estribaría en que la página logre ofrecer testimonio fehaciente de la época en que fue pergeñada, me circunscribiré a distraer del prólogo a su poemario LUNA DE ENFRENTE, la reflexión de Jorge Luis Borges que en tantas ocasiones he citado y que nueva vez me apresuro a transcribir:

«Hacia 1905, Herman Bahr decidió: «El único deber, ser moderno». Veintitantos años después yo me impuse también esa obligación del todo superflua. Ser moderno es ser contemporáneo, ser actual: todos fatalmente lo somos. Nadie –fuera de cierto aventurero que soñó Wells- ha descubierto el arte de vivir en el futuro o en el pasado. No hay obra que no sea de su tiempo: la escrupulosa novela histórica SALAMMBO, cuyos protagonistas son los mercenarios de las guerras púnicas, es una típica novela francesa del siglo XIX. Nada sabemos de la literatura de Cartago, que verosímilmente fue rica, salvo que no podía incluir un libro como el de Flaubert.».

Concédaseme prolongar con algún énfasis de mi propia cosecha la penetrante cavilación borgeana: lo que vuelve imprescindible un libro no es que evidencie el espíritu de su tiempo ya que lo inaudito sería que no lo evidenciara. Lo que en verdad vuelve ineludible a un escrito es su poder de encantamiento, que le permite seguir siendo moderno, esto es, indispensable, sustancioso, muchas décadas y siglos después de que fuera gestado.

Esto Pedro Mir lo sabía. De ahí que no se esforzara en parecer lo que ya era. Como tampoco condescendió con el despropósito del que, en el prólogo que acabo de citar, se disculpaba risueñamente Borges; fiebre de mocedad que consistió en hacer ostentación de lo vernáculo arriando hacia el corral del poema rebuscados giros y términos del nativo lar. El magno porteño se burlaba así de ese desvarío: «Olvidadizo de que ya lo era, quise también ser argentino. Incurrí en la arriesgada adquisición de uno o dos diccionarios de argentinismos que me suministraron palabras que hoy puedo apenas descifrar: «madrejón», «espadaña», «estaca-pampa…».

Pedro Mir no se entretuvo requisando dominicanismos para luego sacarlos a orear en su paradigmático HAY UN PAÍS EN EL MUNDO. Simplemente se sumergió en sus propios hontanares anímicos y la nostalgia y la rebeldía y la pasión alumbraron el más desolado y urgente poema de la patria.

La poesía –creo- siempre rebasa las intenciones del autor. La palabra poética posee la misteriosa virtud de emanciparse de las contingencias del momento, de las circunstancias históricas en las que fue engendrada. Y rehúsa ser tributaria de una única y particular preceptiva o teoría estética. Con verso regular y rima consonante cabe estampar estrofas de las que la memoria de las generaciones futuras no se resignará a renunciar; resultado que también puede alcanzarse, -¿por qué no?-, mediante el ejercicio de un lenguaje que haga violencia a los exornos retóricos tradicionales. La poesía –según juzgo- nada tiene que ver con los medios, los artificios técnicos, las opciones ideológicas o los propósitos conscientes del poeta. La poesía se abre al enigma del ser. Por esa razón siempre será inexplicable o, es otra forma de decirlo, joven y vigorosa. No importa que luzca ropas ajadas o de exótico viso, porque ella no se confunde con el atuendo verbal, sujeto a los caprichos de la moda, que le tocó vestir. Ella es voz entrañable que atraviesa edades y culturas, armonía primordial que nos enfronta al silencio obcecado de los astros, a la abisal incógnita de donde procedemos.

No es poéticamente significativo que don Pedro le haya cantado a una ínsula despoblada y a un hombre de campesina traza, y que, a la vuelta de unas décadas, esa comarca se haya poblado y urbanizado tempestuosamente. Porque el dominicano del que habla Mir lo mismo puede trasladarse, campechano, sobre lomo de jumento que subir al atiborrado colectivo que lo acercará a la inclemencia bulliciosa del barrio en el que habita, sin dejar de ser el humillado, el explotado, la víctima de la indiferencia y el despojo, y ¿quién osará decirme que ese hombre no existe hoy, que no sale a nuestro encuentro apenas aventuramos dos pasos por la calle?

Además, en lo que de verdad nos construye e identifica como dominicanos, -sicología y conducta-, las cosas no han cambiado tanto como parecen. No es arduo demostrarlo. Pongamos atención a la queja de la que ahora me haré eco: «La sociedad dominicana, en su inmensa mayoría, sufre un mal gravísimo que día por día va asumiendo mayores proporciones: la falta casi completa de sanción moral. Los hechos más reprobables solamente en algunas almas apenas si producen pasajeros estremecimientos de justa indignación. Pero pasado el momento crítico ya nadie se acuerda o hace mención de tales cosas. Los autores de ello continúan ufanos y campantes como si tal cosa. La repetición impune de ciertos actos ha empezado como a encallecer nuestra conciencia colectiva.».

¿A qué sociedad se refiere el autor del texto que acabo de citar? A la nuestra, dirán todos a una sola voz; a esta isla que comienza a avanzar penosamente por los despeñaderos globalizados del siglo XXI… Pues se equivocan: la pluma que redactó el párrafo trascrito es la de Federico García Godoy; y esas ideas de tan notable modernidad él las publicó en 1914… Es ese hombre de ayer y de hoy el que Pedro Mir tenía en mente cuando las musas le concedieron el don de HAY UN PAÍS EN EL MUNDO. En ese su poema cumbre, truena don Pedro desde la angustia y el enojo, vivencias universales que si de algo no corren riesgo es de caducar. Y como la rabia y el sufrimiento tuvieron la fortuna de abandonar el grito y desechar el dicterio para encomendarse a los exquisitos favores del canto, podemos hoy nosotros disfrutar y podrán mañana nuestros hijos y nietos deleitarse con los versos vibrantes y amorosos de HAY UN PAÍS EN EL MUNDO, ese país

donde un campesino breve,
seco y agrio
muere y muerde
descalzo
su polvo derruido,
y la tierra no alcanza para su bronca muerte.
¡Oídlo bien! No alcanza para quedar dormido.
Es un país pequeño y agredido. Sencillamente triste,
Triste y torvo, triste y acre. Ya lo dije:
Sencillamente triste y oprimido.

(…)

Quiero ver su amargura necesaria
Donde el hombre y la res y el surco duermen
Y adelgazan los sueños en el germen
De quietud que eterniza la plegaria.
Donde un ángel respira.
Donde arde
Una súplica pálida y secreta
Y siguiendo el carril de la carreta
Un boyero se extingue con la tarde.
Después
No quiero más que paz
Un nido
De constructiva paz en cada palma,
Y quizás a propósito del alma
El enjambre de besos y el olvido.

No sé ustedes. Pero sigo yo reconociéndome en el país recóndito que Pedro Mir dibuja desde la cicatriz y el llanto. En el tremor de su palabra percibo el acento de mi propia voz. Pretender que esto no es poesía o que una vez lo fue y ya dejó de serlo por obra de la sevicia de los años, es dictamen del que me obligo a disentir suavemente pero con irrenunciable convicción.

Invito a los aficionados a la lectura –alguno todavía debe sobrevivir por estos parajes- a que recorran las páginas de la antología de Pedro Mir incluida en la Colección Premio Nacional de Literatura, de la Fundación Corripio, Inc. Han sido en ella compilados los poemas vertebrales del bardo petromacorisano: HAY UN PAÍS EN EL MUNDO, CONTRTACANTO A WALT WITHMAN, SEIS MOMENTOS DE ESPERANZA, AMÉN DE MARIPOSAS y EL HURACÁN NERUDA. Otrosí, tendrá el lector la gratísima sorpresa de encontrar en esta miscelánea la magistral prosa histórica de TRES LEYENDAS DE COLORES.

No se me oculta que en punto a las prendas literarias de don Pedro, resta casi todo por decir. Argüiría, no obstante, escasa consideración hacia los que hasta aquí me han acompañado, insistir en examinar las populosas bondades de cada uno de los textos recopilados en esta crestomatía.

Empero, hay ciertos libros que nos tocan físicamente, como una sombra voluptuosa al mediodía o la esfera enigmática de la luna que cuelga de la noche. Por lo que a mí respecta, uno de esos libros en los que se remansa caudalosa alegría, es TRES LEYENDAS DE COLORES. Así, pues, para dar remate a estas ponderaciones, que acaso no hayan podido eludir el bochorno de la hipérbole fogosa ni de la brumosa vaguedad, arriesgaré dos o tres apreciaciones acerca del amirable escrito que acabo de mencionar.

Recuerdo haber leído alguna vez en página que el tiempo ha tornado incierta –el nombre de cuyo autor, para colmo de infortunio, mi negligencia olvida- que entre las numerosas posibilidades de clasificar a los escritores una, acaso no la más excusable, procede a separarlos en dos tipos: aquellas plumas cuya apetencia recae en los procedimientos verbales; y aquellas cuya inquietud apunta a la conducta y pasiones del ser humano. Otras, excepcionales, gozan del privilegio de ejercer sus expresivas virtudes en ambas categorías.

A este último tipo de escritor, si no me pago de apariencias, pertenece el autor de TRES LEYENDAS DE COLORES. Henos aquí ante una de esas contadas creaciones en las que –felicidad de la grandeza- los límites entre los géneros literarios se diluyen. ¿Qué es TRES LEYENDAS DE COLORES? ¿Historia? Por descontado; ¿novelesca ficción? ¿Quién se atrevería a contradecirlo? ¿Poesía? De la mejor y en todas partes al acecho.

No ignoraba Pedro Mir –acucioso escrutador de la estética- que la Historia con H mayúscula, la que la erosión de los siglos nunca podrá escarnecer es la que sabe arrimarse a la palabra poética y a la iridiscencia intuitiva y fundadora de la imaginación.

Me es onerosa la hipótesis de que don Pedro no estuviera al tanto de lo que Percy B. Shelley sostuvo en su todavía no superada DEFENSA DE LA POESÍA; en particular del párrafo en el que plantea que «todos los grandes historiadores, Herodoto, Plutarco, Tito Livio, fueron poetas; y aunque el plan de estos escritores, especialmente el de Livio, les impedía desenvolver esta facultad en su más alto grado, hicieron copiosas y amplias compensaciones de esta esclavitud, llenando todos los intersticios de sus asuntos con imágenes vivientes.».

En TRES LEYENDAS DE COLORES, Pedro Mir, ejerciendo su derecho inderogable a colmar los espacios vacíos o dudosos del conocimiento del pasado –que no son pocos- con plásticas figuras, situaciones y caracteres que a raudales su fantasía le suministraba; dispensando con oportuna vena crítica la más fina ironía; convirtiendo áridas entidades abstractas en rotundos personajes de familiar empaque; cincelando la prosa de modo que, sin menoscabo de la claridad, refulgen las palabras como pepitas de oro en filón inagotable; en resolución, transformando la historia de las tres primeras rebeliones del Nuevo Mundo en un poema de alzada épica, que lejos de adulterar los hechos de que se ocupa los vuelve comprensibles, lógicos, necesarios, en medida mucho mayor de lo que pudiera hacerlo cualquier relato histórico convencional de esos mismos acontecimientos; por todas las razones aludidas y otras muchas cuyo escrutinio no es de este lugar, TRES LEYENDAS DE COLORES es, en su casi intolerable lucidez e impiadosa eficacia estilística una de esas monumentales fabulaciones con las que no creo incurra en los descomedimientos de la proclama altisonante, al atribuirles el linajudo privilegio de rozar la perfección.

Es tiempo de callar… Consintamos ahora que, desde las páginas de esta hermosa antología, Pedro Mir, el poeta grande, el erudito historiador, el pensador de título, el dominicano de fibra universal, se siembre en la palabra.

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Discurso pronunciado por León David en la presentación del cuarto volumen de la Colección Premios Nacionales dedicado al poeta Pedro Mir por la Fundación Corripio