Pedro Gil Iturbides – Cadena inflacionaria

Pedro Gil Iturbides – Cadena inflacionaria

El Central Romana anuncia un aumento de salarios para sus trabajadores.

Aunque no es inusitado el comunicar el pacto firmado con sus sindicatos, lo es el contenido del aviso. En publicación hecha el viernes pasado (primera sección de HOY, página 10), la administración del ingenio informa que los recursos los devengará del último aumento producido en el precio al consumidor de los azúcares que producen. El nuevo precio fue autorizado por el Instituto Azucarero Dominicano, en virtud del decreto 694 03 de julio de este año. Pero advierte que el aumento autorizado es «modesto».

Sin duda que la calificación implica que la empresa sacrifica beneficios obtenibles por sus diversas operaciones. En consecuencia, dice sin decirlo, que los que obtendrá del nuevo precio del azúcar que venda son parte, apenas, de los RD$230.0 millones requeridos para cumplir con estas obligaciones. Por supuesto, la medida del Instituto Azucarero es valedera para todos los productores azucareros.

Un poco antes de esta publicación también hicieron la suya los sindicatos de camioneros y cabezotes que transportan furgones desde los muelles. Estos determinaron aumentar sus tarifas en un 40%, debido, a su vez, al incremento de los precios de los equipos automotrices que utilizan, y de sus repuestos y combustibles.

Tanto el Central Romana como los camioneros son víctimas de la devaluación del peso. Detrás de ellos venimos todos los dominicanos, aún los productores de bienes y servicios, porque, lamentablemente, buena parte de la producción nacional se vincula a importaciones. Todos, hasta los productores de bienes primarios de consumo cuentan con bienes intermedios e insumos que vienen del extranjero. Los últimos, sobre todo productores agropecuarios, dependen de semillas, agroquímicos, vacunas y otros artículos, que no producimos nosotros.

Desde que tienen que multiplicar por treinta y cinco cada peso requerido para sus compras, ven disminuir sus beneficios. Y, en muchos casos, contemplan la caída de sus ganancias. ¡Cuánto peor es la situación cuando tienen que multiplicar por valores mayores, porque la moneda nacional aumenta su incapacidad de cambio ante monedas extranjeras! Y cuando el administrador fiscal, convencido de que ese productor le roba al procomún, lo asedia con nuevos gravámenes. Y le enrrostra supuestas conductas evasionistas.

La cadena inflacionaria no arranca del productor. Comienza en erráticas políticas de gasto público, identificables a partir de la falta de observación de las regulaciones y los controles que son inherentes a la Ley de Gastos Públicos. Y porque, como secuela, la moneda nacional pierde poder adquisitivo y una determinada correlación con monedas usadas en el intercambio comercial.

Por supuesto, los términos del intercambio constituyen también un factor de mucho influjo. Porque cuando año tras año la balanza comercial presenta un déficit que no puede ser cubierto por otros ingresos internacionales no onerosos, se debilita la balanza de pagos. Y eventualmente aparece el déficit de su cuenta corriente. Esta combinación es económicamente letal para las finanzas nacionales.

Esto nos ha ocurrido.

Para el año venidero se invoca la necesidad de salvar las finanzas públicas mediante la creación de más gravosos impuestos. No se nos habla de recortes en el gasto público, sobre todo en aquellos que, dentro de la estructura administrativa de la función pública, son postergables. Es más fácil acudir a la faltriquera de quien produce, y para el caso, no solamente al bolsillo de quien genera bienes o servicios, sino a la cartera de quien suda para crear esos bienes o servicios. Y hasta al macuto de quienes desasistidos de la sociedad, deambulan intentando recabar caridad o encontrar un pan para llevar a sus casas. Porque al aumentar la tasa a la transferencia de bienes y servicios o extender la base imponible de este gravamen, los azotaremos a ellos.

La imposición con que se nos amenaza para el año entrante será el principio del fin de muchas economías particulares. Sobre todo, de aquellas que no puedan huir del descalabro, porque no son tan fuertes como para hacer mutis del escenario nacional o se deben a terceros a los que no pueden y no quieren dejar en la estacada.

Hay alternativas, por supuesto. La primera, relacionada con los gastos corrientes del sector público. Pero este camino no quiere ser transitado por quienes manejan, en este momento, la res pública. Y esta renuencia hará que todo se encarezca si finalmente se imponen los nuevos impuestos, y a éstos sigue una imparable devaluación de nuestra moneda. Lo planteado por el Central Romana o por los camioneros, es, tan solo, el principio.