Paternidad irresponsable

Paternidad irresponsable

HAMLET HERMANN
La figura del jefe de Estado se asemeja a la del padre como cabeza de familia. En ese rol, su responsabilidad no puede terminar con el ejercicio ejecutivo. Engendrar un hijo no lo es todo. Más importante es amamantarlo, educarlo y enseñarle las mejores costumbres para beneficio de la sociedad. De ahí que las políticas puestas en marcha y las obras realizadas por un Mandatario debían ser evaluadas por los resultados obtenidos a largo plazo. Un balance del ejercicio presidencial debe mostrar los beneficios y los daños provocados.

Pero, desgraciadamente, los funcionarios hacen y deshacen sin que la ley hecha por ellos mismos ose tocarlos o siquiera tomarlos en cuenta para fines sanción. Cada ciclo gubernamental termina achacándole las culpas al gobierno anterior o al posterior.

En República Dominicana la sucesión de gobiernos ha funcionado como los matrimonios reciclados en los que se juntan los tuyos, los míos y los nuestros. Allí se dan cita tus obras, mis obras y nuestras obras, las que se confunden con tus fraudes, mis fraudes y nuestros fraudes. Por un consenso no escrito, los delitos quedan en el limbo para que el ciclo se repita eternamente. La cultura de la impunidad absoluta es el escudo que protege a los funcionarios de cualquier sanción moral o judicial que alguien intente.

Los irresponsables padres putativos coinciden, sobre todo, en no solucionar los principales problemas de la economía nacional ni de la sociedad humana. Eso no les genera riquezas personales. Ninguno ha querido invertir el dinero suficiente y necesario para resolver el problema energético del país. Por el contrario, resulta más beneficioso para los gobernantes que la escasez persista como forma de seguir especulando con las crisis ajenas. Se empecinan en el gasto, en vez de la inversión. Usufructúan jugosas comisiones por nuevos trabajos obviando invertir en el mantenimiento de las obras existentes.

De la misma manera, emplear fondos en educación, salud o en la institucionalización del Estado resulta inconcebible para ellos. El padre irresponsable prefiere al hijo enfermo, bruto y mal educado antes que uno culto y sano que pudiera cuestionarlo. El desorden deja, aparentemente, más beneficios a sus promotores que un Estado funcional en el que predomine la transparencia en sus actividades.

Prefieren embarcarse en obras fastuosas que inflen sus respectivos egos, antes que realmente luchar contra las causas de la pobreza nacional. Quizás por ignorancia o por vanidad no se dan cuenta de que en muchos casos esas mega obras han sido una de las causas de las debacles políticas de sus antecesores. Puede alguien preguntarse ¿cuál fue el resultado de los gastos incurridos por Trujillo en la construcción de la “Feria de la Paz y Confraternidad del Mundo Libre”? Los gastos suntuarios provocados por la insaciable egolatría del tirano se constituyeron en puntos de partida del desequilibrio económico que nunca lograría erradicar. El endeudamiento externo y el déficit fiscal llevaron al tirano hasta el punto de emitir dinero inorgánico, algo insólito para su estilo de gobierno. Pocos años después, la tiranía llegaría a su fin.

Otro enorme gasto que provocó crisis nacional fue la construcción del inútil e inoperante Faro a Colón en el que se embarcó Balaguer. Trató de justificar entonces su despilfarro tomando como referencia el atractivo turístico de la torre Eiffel de París. Sin embargo, varios años después una crisis política lo obligaría a acortar su período de gobierno y a celebrar elecciones anticipadas.

En ciclos gubernamentales posteriores, los gobernantes de cada momento asumieron el papel de aprendices de brujo y se lanzaron a privatizar todo cuanto el Estado controlaba.

Cuando por casualidad tuvieron la oportunidad de sacar la pata metida y realizar algunos ajustes, lo que hicieron fue empeorarlo todo para enriquecer a unos cuantos funcionarios, así como a socios nacionales y extranjeros.

Ahora la paternidad irresponsable nos toca bajo el signo de la modernidad. Se ha preferido una isla artificial, un tren subterráneo o cualquier otra cosa, sin que por asomo hagan inversiones notables en la lucha real contra la ignorancia, la corrupción, la pobreza y el fortalecimiento de la institucionalización del Estado. La agudización de la crisis económica para la inmensa mayoría de los dominicanos no se hizo esperar y la miseria continúa aumentando a pesar de los auspiciosos numeritos del Banco Central avalados por el Fondo Monetario Internacional.

¿Esperaremos sentados a que la vaticinada debacle nos abata o seremos capaces de asumir una actitud unitaria en legítima defensa y unir voluntades para evitarlo?