Otro punto de la carta

Otro punto de la carta

POR COSETTE ALVAREZ
Les conté ayer de la carta que envió el honorable ayuntamiento del Distrito Nacional declarando munícipes distinguidos a quienes pagamos los doscientos pesos del servicio de recogida de basura. Y a la carta le di safacón (así, con S, si es cierto que viene de «safety can» desde la invasión norteamericana en 1916). Sin embargo, recuerdo que al final decía más o menos que si todos los munícipes fueran tan distinguidos como nosotros, o sea, pagaran los doscientos pesos, lo de la ciudad posible sería una realidad.

Como ciudadana nacida y criada en la capital, tengo a bien informar al honorable síndico que esta ciudad siempre fue posible, como diría Juan Gabriel, «hasta que te conocí». Es decir, hasta que empezó a pasar de manos malas a manos peores, incluyendo tres síndicos salidos directamente de la magia de la televisión que, por buena gente que sean, si lo son, no tienen el menor criterio de lo que es una ciudad y su funcionamiento.

En eso quedaron empatados los tres partidos, que nos obsequiaron a Rafael Corporán (PRSC), a Johnny Ventura (PRD) y al actual Roberto Salcedo (PLD), asegurándose de esa manera que la ciudad fuera imposible forever and ever. Y eso no quiere decir que otros, salidos de una magia menos televisiva, fueran remotamente mejores.

Para que esta ciudad sea posible, querido Roberto, no son los doscientos pesos de esa factura los que hacen falta, ni siquiera multiplicados por todas y cada una de las casas de la capital. Esta ciudad, lo que necesita urgentemente es cariño, amor, pero no de boca, sino ejecutado, puesto en práctica. Es exactamente lo que se le ha estado negando desde que ser síndico perdió abiertamente una esencia que nunca tuvo a cabalidad.

Grifos gigantes y feísimos, fuentes cibernéticas, de todo han inventado, ignorando por completo que ésta es la Primada de América, Cuna de la Civilización del Nuevo Mundo, Patrimonio de la Humanidad. Así como una vez y para siempre se convirtió el malecón en la discoteca más grande del mundo, por no decir prostíbulo ni antro de perversión, se ha convertido el resto de la ciudad en un solo colmadón, en una sola bachata.

Aparte del inútil intento de Johnny Ventura para que la Embajada Americana no dispusiera de la mitad de la vía Leopoldo Navarro, ¿cuándo fue la última vez que un síndico salió a defender uno de esos maravillosos proyectos que fulminaron la identidad de esta capital? A ver, tú, Roberto, tan entusiasmado con el metro, ¿encaja eso con tu idea de ciudad posible, o con las leyes municipales o con los reglamentos? ¿No choca con nada que te incumba, ni siquiera con tu personal proyecto reeleccionista? ¿Vale tanto la pena sacrificar tus votos en aras del megaproyecto?

Es así. AMET por un lado, la OMSA por el otro, Patrimonio de su maldita cuenta, Obras Públicas por encima del bien y el mal, una gobernación aparte para el boulevard de la 27, el injustificable CONAU, el acueducto independiente, ahora una dirección aparte para el metro. Demasiadas autoridades compitiendo con un ayuntamiento indiferente, incompetente, desde hace muchos años. Unos y otros, destacándose por su desenfreno en encontrar dónde destruir y reconstruir para ganarse unos cuartos, jódase quien se joda, así sea la ciudad entera.

¿Cómo se vuelve posible una ciudad en este caos? Si de verdad tienes planes de repostularte, compra, y por supuesto, lee «Ensayo sobre la lucidez» de José Saramago, en cuya contraportada dice (no te asustes): «Durante las elecciones municipales de una ciudad sin nombre, la mayoría de sus habitantes decide individualmente ejercer su derecho al voto de una manera inesperada. El gobierno teme que ese gesto revolucionario, capaz de socavar los cimientos de una democracia degenerada, sea producto de una conjura anarquista internacional o de grupos extremistas desconocidos. Las cloacas del poder se ponen en marcha: los culpables tienen que ser eliminados. Y si no se hallan, se inventan.»

Unas líneas más adelante, en la misma contraportada, dice: «(los protagonistas) dan muestras de la altura moral que los ciudadanos anónimos pueden alcanzar cuando deciden ejercer la libertad». Fíjate que no se trata de munícipes distinguidos, como nos has llamado por idiotas, por pendejos que pagamos por una basura que lejos de recogerse, se acumula y luego se riega por calles y avenidas. Se trata de ciudadanos anónimos, réquete hartos, entre otras, de las improvisaciones.

Tal como hice con el senador del Distrito Nacional, pensaba originalmente sugerirte que aprovecharas que el administrador del Banco de Reservas es de tu partido y le pidieras una copia del Código de Convivencia Urbana que escribí por contrato y cuyos derechos de autor pertenecen a la institución, pero resulta que ahora ese código choca en casi todas sus partes con el nuevo código procesal penal, de manera que mientras lo desengavetan y adaptan, te remito a los archivos del Ayuntamiento donde, supongo, debe haber lectura abundante sobre ciudades de más de un millón de habitantes, absolutamente posibles, no hablemos de la cantidad de acuerdos, de hermandades, de convenios y demás de los que somos signatarios.

Hace tiempo, Roberto, que los capitaleños no sabemos dónde vivimos, que nos sentimos brutalmente expulsados de esta ciudad, que no contamos para nada que no sea convertirnos en destinatarios de cartitas burlonas e irreverentes como ésa que nos declara munícipes distinguidos, que no lleva tu firma, pero que difícilmente haya sido emitida sin tu consentimiento, ni el de la nunca bien ponderada sala capitular.

Para muchos de nosotros sería de gran satisfacción saber exactamente cuál es tu plan para que esta ciudad sea posible, porque definitivamente no es porque el Malecón y el Expreso Quinto Centenario sean «libres» los domingos, ni porque nos comamos la basura para ser cómplices espontáneos de la falta de recogida, encima pagándola de lo más contentos para que se nos declare tan impersonalmente como munícipes distinguidos.