¡Oh, qué anciano soy!

¡Oh, qué anciano soy!

Decía aquella canción con la letra de un poema de Rubén Darío: “Aquí junto al Mar Latino, vengo a decir la verdad. Toda la verdad. Oh, qué anciano soy…”

Cantaba el barítono Jesús Faneite. ¡Hace ya tanto tiempo!

Y alguno, igual que yo, También muy afectado por los cambios, dirá hoy lo mismo: Oh qué anciano soy.

Y aquí en Miami ocurre, que entre aquello que el Padre Chabebe llamaba Añorada Cuba, y esto de un tal Carlos Otero y otros al estilo, hay tantas diferencias, que uno no sabe por dónde, todavía, nos parecemos, los de entonces y los de ahora (ya Neruda había dicho: “Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos»). No en el chiste, no en la aguda doble intención, no en el grueso gesto. Aunque, es posible  que alguna música haya sobrevivido a los cambios. Eso es posible.

Graciosamente, en España, Raphael, ha celebrado sus 50 años con la canción. Con un poco de menos voz, pero con muchísima ternura todavía. Otro, por aquí, muy viejo, feo y enfermo de “un secreto de Estado”, ha celebrado ya más de cincuenta años de lucha contra La Verdad. Y sus muchos malditos triunfos ha tenido. ¡Qué el mundo es amplio y perverso! (Aunque, según parece, No Pasará en Honduras. Y esto, aunque Clinton y Obama no conocen aquello de “el enemigo de tu enemigo es tu amigo”. Pues, decir otra cosa sería ya mucho decir).

Pero también es cierto que, entre tanto, se ha caído El Muro de Berlín, uniendo, otra vez, en una gran nación las dos Alemanias, y la Unión Europea habla ya con una voz cada vez más continental.

Y que por ahí vienen los automóviles eléctricos. Y ahora parece que no es un sueño de los que combaten  la hegemonía del poder petrolero.

Y a pesar de lo viejo que soy, yo siempre espero lo mejor y canto al porvenir. Lo que no impide que deplore la ausencia de voces que en su día llenaron de luces mis oídos.  Villaronga, Aldeaseca, Tamargo, Octavio Delgado y algún otro de esa noble radicalidad en el verbo. 

Al  repasar canales en noches aburridas y encontrarme en la pantalla con esa pobre gente al parecer salida de alguna escuela del viejo Teatro Shanghai habanero, pienso que si no todo, gran parte de lo que antes había se ha perdido.

Sí, se ha perdido definitivamente. Y esto también es el cambio. Indeseable, pero quizás inevitable.