Nostalgias de Semana Santa

Nostalgias de Semana Santa

REYNALDO R. ESPINAL
Aflige el alma constatar cómo, a medida que transcurre el tiempo, la otrora respetada y venerada Semana Mayor, se ha convertido, para no pocos dominicanos, en un privilegiado espacio del año para dar rienda suelta a los instintos, para la desenfrenada búsqueda del placer corporal, para exacerbar el idolátrico culto a lo vanal e intrascendente.

Los estilos de vida, los hábitos y las costumbres de los y las dominicanas ha mutado profundamente y, cabe decir, no del todo para bien, hasta tal punto que se sobrecoge el ánimo de estupor al comprobar que el saldo trágico de la semana mayor, ha resultado, en años recientes, más elevado que en las festividades navideñas.

Nacido en un ambiente rural recuerdo el santo respeto con que mi madre, ya desde el inicio de la semana, se disponía con solicita diligencia a acelerar los aprestos hogareños con tal de que a partir del Miércoles Santo ni siquiera los quehaceres más triviales perturban el silencio y la paz de esta semana singular. De ahí que para el miércoles todo debía estar a punto: pilado y tostado el café, recogida la leña, los víveres y alimentos necesarios dispuestos para que nada turbara nuestro espíritu en aquellos “días grandes”.

En su aparente ingenuidad y sencillez nuestra gente humilde del campeo, al contrario de las generaciones actuales, eran y son capaces de intuir el misterio de la semana mayor. La naturaleza misma invitaba al recogimiento y la quietud.

Felices días aquellos en que se practicaba, sin programada recetas, la necesaria pedagogía del silencio, tal vital como ausente en esta época de turbación, donde todos estamos inmersos en la absurda vorágine de una prisa que mata, de una celeridad estéril que impide el florecimiento de los frutos más exquisitos del espíritu.

Cuando ayudaban a este recogimiento los mismos medios de comunicación, cuando sus propietarios, conscientes de su responsabilidad social, transmitían mensajes edificantes y las emisoras formaban cadena para colocar música clásica, música que los niños en nuestra cándida ingenuidad, llamábamos “música de muertos”, pero que disponía el espíritu para el sosiego y la paz.

Era preciso hablar poco y en voz baja, como para no herir el silencio de la naturaleza. Se oraba, se reflexionaba, se hacía penitencia, se saboreaba el dulce encanto de una semana especial.

Admito que quien no profese la fe cristiana, no tiene motivo alguno para vivir los valores religiosos de la semana santa. En ella lo único que cuenta es que hace dos mil años en humilde nazareno entregó su vida para salvar a la humanidad del sin sentido, de la infelicidad y de la muerte. Y esto de una forma, aparentemente paradójica y absurda: muriendo en una cruz.

Lo que cabría anhelar en estos días, anhelo que tal vez no pase de ser una ilusa nostalgia, es que volvamos a recuperar la perdida virtud de hacer silencio, de saber callar, de reflexionar al contacto con la naturaleza para encontrar en lo más profundo del alma los valores que dignifican la vida, para redescubrir el auténtico sentido de la existencia. Y es que tenemos miedo a encontrarnos con nosotros mismos y a aceptar la realidad, no por amarga menos necesaria, de que nos hemos cargado de muchas alhajas inservibles que nos impiden ir por la vida ligeros de equipaje, que hemos trastocado el orden natural de la existencia, que nuestras vidas han pedido autenticidad; que nuestro amor está en déficit, en fin, que nos hace falta, para no morir de vacío existencial, reservar en nuestras vidas un intransferible espacio para lo sublime.