Nacionalismo anti-nacionalista

Nacionalismo anti-nacionalista

El nacionalismo visceral dominicano tiene como una de sus expresiones calificar de anti-nacionalistas a las personas que claman por una solución racional, viable y justa a los problemas que derivan de la migración haitiana.

La estrategia de los “nacionalistas” consiste en bloquear toda posibilidad de solución a un problema de magnitud para el país.

Asumen que proclamando la expulsión de los haitianos y estableciendo en la Constitución que los haitianos y sus descendientes no son ni serán nunca dominicanos, se solucionarán los problemas.

La postura no es única a la República Dominicana.

En Estados Unidos hay unos 12 millones de inmigrantes indocumentados que viven en la ilegalidad y son foco de xenofobia y discriminación por muchos “nacionalistas”.

En varios países de Europa se han establecido leyes más fuertes en los últimos años para reducir el flujo migratorio, y en la Italia de Silvio Berlusconi abundan los incidentes de xenofobia.

Países pequeños como Costa Rica y las Bahamas, enfrentan también problemas migratorios. Costa Rica con los centroamericanos, sobre todo nicaragüenses, y las Bahamas con los haitianos.

Sucede que la prosperidad económica de unos pocos países y la miseria de muchos otros, ha creado por siglos ciclos migratorios de personas que buscan mejorar su suerte.

Este fenómeno se aceleró a fines del siglo 20 con la explosión de expectativas de bienestar que trajo la globalización.

En la República Dominicana, el eterno problema ha sido con los haitianos por razones obvias. Haití es un país fronterizo donde las condiciones de vida son peores que en República Dominicana.

En la medida que muchos dominicanos de estratos bajos emigraron a los países desarrollados para mejorar sus condiciones económicas y las sus familiares, se creó un déficit en la fuerza laboral dominicana que han llenado los haitianos.

Para los empresarios dominicanos, acostumbrados a altas tasas de ganancia con baja productividad tecnológica, los haitianos son la tabla de salvación. Les pagan poco y cuentan con una mano de obra dócil que carece de derechos políticos. Así mantienen los salarios deprimidos y no tienen que hacer grandes inversiones en la modernización.

La consecuencia ha sido un aumento constante de la población haitiana que trabaja y vive en la República Dominicana.

Los “nacionalistas”, aterrados con esta situación, sólo proponen la expulsión de los haitianos, y pierden de vista que los primeros que se oponen a tal expulsión son los empresarios que los contratan.

Por otro lado, los funcionarios gubernamentales de frontera, civiles y militares, son cómplices del tráfico ilegal de haitianos y se han beneficiado económicamente.

¿Son estos empresarios y funcionarios el blanco de ataque de los “nacionalistas”?

No, para ellos, anti-nacionalistas son las personas que buscan una solución viable y sensata al problema.

Se sabe bien que la República Dominicana no puede asumir la pobreza haitiana.

 También es obvio que todo flujo migratorio representa costos, porque los inmigrantes, al igual que el resto de la población, necesitan servicios de salud, educación, transporte y vivienda. Nadie negaría que los problemas asociados a la migración haitiana sean complejos.

Pero no es vociferando ni creando un apartheid constitucional que se resolverán.

Para comenzar a enfrentarlos hay que gestar un acuerdo nacional que permita de manera simultánea, (1) legalizar la población haitiana que tiene largo tiempo residiendo en el país, (2) ejecutar un programa bien organizado de repatriación de los recién llegados, (3) establecer fuerte control de frontera, y (4) modernizar la producción para que los empresarios dependan menos de la mano de obra haitiana.

Estas medidas son todas difíciles de impulsar, y si no se han tomado, es porque ningún gobierno dominicano ha querido asumirlas y pagar el costo político por los conflictos que generarían.

Ante el vacío de acción gubernamental, crece en la República Dominicana la xenofobia y se acumulan prejuicios y rencillas. Esa es la peor forma de ser nacionalista.