Mujeres apasionadas

Mujeres apasionadas

POR COSETTE ALVAREZ
Es una telenovela brasileña que todavía debe estar transmitiendo uno de los canales cubanos de Miami y que trata, como tema central, la labor de una asociación que se llama Mujeres que Aman Demasiado Anónimas (MADA), donde las mismas reciben tratamiento por su adicción, no a los hombres, sino al amor de su hombre.

Son esas mujeres que enloquecen de celos con o sin fundamento, de las cuales muchas llegan a los extremos del escándalo, provocan accidentes o agresiones a sus parejas o al objeto de sus sospechas, es decir, a quien suponen «la otra». Como muchas otras telenovelas brasileñas, ésta es muy buena y ojalá algún propietario o administrador de canal de televisión me lea y se anime a transmitirla aquí.

Es que, de la misma manera en que vivimos rodeados de tantos adictos a los más variados vicios (yo misma todavía fumo muchísimo), tenemos muy de cerca cualquier cantidad de mujeres de ésas que aman demasiado, que no saben amar. Quien menos una se imagina nos llega un día con una historia de que descubrió que el marido andaba con otra y nos sorprende negativamente cuando nos cuenta el nivel de intercambio de palabras que ha tenido con su rival, ya sea por teléfono o porque se ha molestado en averiguar dónde vive o trabaja y se ha desplazado hasta allá «a pelear por lo suyo», en vez de agradecerle el esfuerzo por quitarle de encima ese atrabanco que no vale nada.

Pero, a más de una he escuchado alegar que nadie se comerá la masa después que ella se «ruyó» el hueso. Sobre todo entre las que se casaron jóvenes, abundan los casos de hombres que no habían terminado de estudiar o que eran empleaditos, por lo que a ellas les tocó darles mucho apoyo para que se estabilizaran en la vida y llegaran a ser alguien. Efectivamente, no puede hacerles nada de gracia que disfruten de la disponibilidad de tiempo y dinero con otra que no tiene idea de lo que costó llegar ahí, aunque también es cierto que hay mujeres, muchas, que se ponen insoportables cuando consideran que el hombre se lo debe todo, y eso no hay hombre que lo resista.

En estos días he tenido cerca de mí tres casos que requieren, de urgencia, la intervención de algo así como MADA, excepto que ese tipo de organización solamente proporciona ayuda a quien voluntaria y espontáneamente la solicita, es decir, a quien llega a entender que la necesita. Creo que sería muy oportuna la apertura de un programa como ése en nuestro país.

Uno de esos casos termina siendo cómico. En los años que lleva casada, siempre ha dado la impresión de que apenas se deja querer por el marido, muy amoroso con ella, al menos en público. Por momentos, parecería que ella se considera mucho para él, que él no la merece, que le queda chiquito. Sin embargo, en más de una ocasión, he sido testigo de lo histérica, violenta, irracional que se pone al menor indicio de que el hombre pueda andar por otra cama, aunque el indicio venga de una llamada o un papelito anónimo.

Es ahí donde se vira la torta y empieza a parecer que es ella quien está loca por él y no quiere perderlo, porque nunca ha pensado en lastimarlo a él, sino en fulminar a «la otra». Pierde todo el caché respondiendo a esas llamadas impertinentes o cogiendo cuerda de amigos que saben cómo se pone, sin importarle un carajo ni el lugar donde se encuentren ni la investidura del esposo.

La otra es peor. Lleva muchos años separada del marido, casi los mismos que tiene de edad su hijo menor. Hace tiempo que él le comunicó que deseaba rehacer su vida. Y ahora ella no acepta ni entiende que el tipo tenga otra compañera, llegando al extremo de amenazarlo de muerte porque se atrevió a presentar esa mujer a sus hijos.

Así, conozco otra que no eructaba para sacar al marido de los sitios donde él iba a divertirse, no sin antes repartir unos cuantos tubazos a cualquier fémina que lo acompañara. Pero no se divorciaba. Es más, fue él quien la abandonó cuando ya no la necesitaba para mantenerse.

No sé, pero hay que tener demasiadas ganas de estar casada para vivir bajo esas circunstancias. ¿Será que no saben que más p»»alante vive gente? ¿O no han descubierto las maravillas de vivir sola y tener un compañero, el mismo o diferentes (cuestión de gusto), pero cada uno en su casa?

Aun en el caso de una relación bajo el mismo techo, es vital manejarse con una buena dosis de «filosofía y letras». Una persona adulta no puede centrar su vida en la atención que le dispense su pareja. No es posible que un ser mayor de edad tenga un vacío existencial tan grande que dedique todo su tiempo, su espacio, sus pensamientos a controlar lo que entiende como el amor de su pareja.

Además, ¿cómo se supone que pueda continuar una relación en la que se han desconsiderado, faltado el respeto, agredido? ¿Cómo se mueve una mente o un cuerpo para complacer a alguien que nos ha puesto la vida en un hilo? ¿No significan nada los hijos? ¿Ni la profesión? ¿Ni el trabajo? ¿O te crees tan poca cosa que si pierdes a ese hombre no encontrarás otro? ¿Y si no lo encuentras, qué? Ya tuviste ése y viste para lo que sirvió.

¡Ah! Porque lo grande de esas crisis es que involucran a todo el mundo: amigos, vecinos, familiares, extraños…, y después, todo el mundo con la cara larga, alegrándose entre dientes de que haya pasado el vendaval, pero preguntándose en el fondo cuál de los dos es más sinvergüenza y, sobre todo, por qué los han molestado con ese problema cuyo único beneficio real es el resentimiento por haber tomado partido al escuchar y, claro, opinar.

Se olvidan cómo invadieron tu casa o monopolizaron tu teléfono cuando el asunto era de vida o muerte, muchas veces exponiéndote a un riesgo innecesario. Y te sacan el bofe cuando te dicen con voz misericordiosa que no sabes lo que es eso porque no estás casada. Las neuronas no les alcanzan para entender que es al revés: de tanto saber lo que es eso, preferimos estar solas, que si nos imaginamos la que nos esperaba con los problemas de las amigas, habríamos aguantado cada una a su loco que, al fin y al cabo, encantos tiene.