Mis buenos días

Mis buenos días

Un amigo que lee esta columna a través del internet en España, enriquece mi comentario de ayer sobre la corrupción, transcribiéndome un artículo magistral de Mariano Grondona aparecido también ayer en «La Nación» de Buenos Aires, acerca del mismo tema.[tend]

«El cáncer de la corrupción no es incurable», titula Grondona su trabajo, el cual divide en tres partes: Introducción, Diagnóstico y Tratamiento. Vale la pena tomarle prestados algunos conceptos.

La raíz indoeuropea de la palabra «corrupción», nos dice Grondona, es reut , cuya significación originaria es «arrebatar». Pero hay dos maneras de arrebatar. Si alguien le arrebata su cartera a una señora, ella sigue siendo una señora aunque ya no tenga su cartera. Si alguien corrompe en cambio a un menor, lo priva de su integridad, le arrebata su naturaleza. Este segundo ejemplo ilustra el significado estricto del verbo «corromper», que la Real Academia Española define como «alterar o trastocar la forma de alguna cosa». La «forma» determina, según la tradición escolástica, la naturaleza de algo. Corromper es, pues, desnaturalizar. El cadáver se corrompe porque ha dejado de ser el cuerpo de la persona que lo habitaba.

Las consideraciones anteriores nos permiten distinguir entre acto de corrupción y estado de corrupción . El «acto de corrupción» consiste en la solución perversa de un conflicto de intereses. Los legisladores que teóricamente reciben sobres con dinero del Hombre del Maletín para aprobar una reforma legislativa, cometen un acto de corrupción porque resuelven en forma perversa un conflicto determinado.

El «estado de corrupción» existe a su vez cuando los actos de corrupción son tan frecuentes que se vuelven previsibles por haberse convertido en un sistema. Cuando infiltra las decisiones de los legisladores, los jueces y los funcionarios, la corrupción desnaturaliza al Estado. Un Estado corrupto no es, en rigor, un Estado. Es su cadáver.

Seguiremos con este tema mañana.