Más alegría que tristeza

Más alegría que tristeza

NARCISO ISA CONDE.
¡Qué contradictoria es la existencia humana!
No hay vida sin muerte.
No hay alegría sin tristeza.

La tía Mireya Conde Pausas –tía Yeya, como le decíamos sobrinos y sobrinas– durante casi toda su vida de pura alegría.

Una hermosa sonrisa acompañó siempre su hermosa figura; una sonrisa ingenua que por momento se tornaba en carcajada sonora.

Alegre, fiestera, bailadora, amorosa…

La recuerdo bailando merengue con tío Frank hasta el final de las fiestas.

Una «palomita» y un «palomito» eternamente enamorados, siempre abrazados, siempre sonrientes.

Los años le pasaban por arriba. Nada parecía abatirlos.

Juntos siempre, juntos toreaban felices los avatares de la vida, los contratiempos sociales, las dificultades de los hijos e hijas.

Casi toda una vida entera, una vida de más de ocho décadas, repleta de alegría.

…Hasta que hace algunos años el mal de Parkinson comenzó a consumir su existencia y deformar su sonrisa afectando profundamente a su compañero de amor y de vida.

Llegó la tristeza después de tanta alegría hasta consumir su cuerpo, causándole a sus seres queridos el dolor propio de la muerte, pero poniéndole fin al sufrimiento de su vida.

Duelen esos años de tristeza, pero a tía Yeya solo puedo recordarla llena de alegría, pura sonrisa.

Ella era hermosamente alegre y al final de su existencia –después de su período de dolor– parece que nos quiso devolver algo de su energía feliz.

Justamente cuando la despedíamos recibimos dos noticias alegres, de esas que llegan a lo más profundo del alma.

Por fin Marcia Patricia, la única nieta de mamá y la única hija de Tony, está embarazada.

Por fin Pavel, nuestro primer hijo, va a tener su primogénito.

Ambas, claro está, con igual aporte de sus respectivas parejas: Eduardo y Alina.

Crecen así los sobrinos, nietas y los nietos, crecen los bisnietos (as), esos seres excepcionalmente tiernos para las abuelas y abuelos, los bisabuelos y bisabuelas.

Esos seres portadores de una inmensa felicidad, dadores de un cariño muy especial; recicladores, en grande, del enorme placer de sentirse madre o padre, nueva vez.

Y nueva vez la tristeza dio paso a la alegría.

Nueva vez la muerte le abrió camino a la vida.

Así pasó cuando falleció la primera Rosanna. La energía de la alegría disipó rápidamente la tristeza: llegó primero Narciso Isaac y luego Isabella, nuestra primera pareja de nietos.

Movimiento dialéctico de energías y sentimientos.

Pasa en la familia.

Pasa en la sociedad.

Señales auspiciosas para estos nuevos seres del Siglo XXI.

Rodearlo de buenos recuerdos y de mucho amor, de razón y de sentimientos, de ciencia y mito, para que sean los portadores de la felicidad en el nuevo siglo, los revolucionarios, innovadores y emprendedores de la era de la microelectrónica, de la cuántica, del genoma humano, de la biomédica, de la biotecnología, de las nuevas democracias, las nuevas revoluciones y los nuevos socialismos.

Y no me refiero solo a los que nos tocan muy de cerca y profundamente el botón del amor familiar, sino a todos los que han nacido o están naciendo en un siglo en el cual la lucha entre la alegría y al tristeza colectivas, la vida y la muerte, posiblemente tendrán sus batallas decisivas.

No se trata de imponerles patrones de conducta, sino de darles ejemplo, memoria histórica, oportunidades, conocimientos y amor para que puedan ser –unos más, otros menos, unos sí, otros no, la mayoría sí– parte de un nuevo mito multitudinario, transformador de esta injusta sociedad, generador más de alegría que de tristeza, más de felicidades que de penurias, más de amor que de desamor.

¡Que así sea!