Mario Álvarez Dugan

Mario Álvarez Dugan

¡Se nos fue uno de los grandes! Y acaso ello baste para significar el tremendo vacío que deja la partida de Don Cuchito.

 La certeza en el dato unida con la buena fe no suele ser la regla, sino la salvadora excepción en cualquier  ejercicio periodístico. Erudición, ¿para qué? se dice a veces. Bendita erudición la del periodismo de Cuchito. Humor fino; pero no inglés. Buen humor dominicano, que hace el trabajo de un  fino escalpelo que desentierra la verdad más amarga y la hace humana, pasible de que se cuente y se prodigue sin destruir las personas. Buen humor hilarante, que no deshilacha la dignidad, como sí suele hacer el humor malo: el de las burlas.

Se nos va el amigo, el consejero amable. Capaz de corregir con mansedumbre edificando sin destruir una reputación. Sin envidia. Todo para reconocer los valores dominicanos y animar los jóvenes con mansedumbre, edificando sin destruir una reputación. Sin envidia.

Todo para reconocer los valores dominicanos y animar los jóvenes, al mismo tiempo protegiéndolos con la advertencia oportuna.

Se va el gardeliano cronista de deportes y polígrafo de acontecimientos históricos y políticos.

Se va el esposo ejemplar, padre de sus hijos y de muchos a quienes hizo sus hijos. El contertulio y tertuliante de agradable conversación y fina prosa.

Se nos va para el cielo. Y con él casi que se cierra una época, la de los caballeros andantes de pluma en ristre, “puesta su mal compuesta celada”; con yelmo abollado y adarga antigua, de galgo corredor.

Se nos fue para el paraíso y desde los atrios altos han salido a recibirlo sus amigos de siempre (acaso con música y pandero), de seguro que le han esperado con gran alborozo para con una sonrisa decirle ¿Qué te parece, Cuchito?