Los medios de comunicación y los intelectuales

Los medios de comunicación y los intelectuales

Me asaltan  inquietudes y  sospechas sobre la relación entre los medios y los intelectuales. Percibo que los medios han sustituido a los intelectuales, les cerraron los espacios de consulta y expresión.  Cierto, conviene diferenciar siempre entre medios escritos, radiales y televisivos, pues los primeros apelan  a la comprensión racional, al análisis crítico mientras el reino de la radio como el de la imagen está dominado por lo emocional y lo furtivo: la imagen y el sonido.

El presentador y el periodista de radio  han sustituido en nuestros medios a los intelectuales. Estos, ahora mismo no tienen espacio de ejercicio, ni de consulta,  ni de difusión y el colmo, cuando producen alguno informe, los políticos se atreven a cuestionarlos, como ocurre en la actualidad.

La información sigue una tendencia a la hibridez de los géneros con la introducción del arte del teatro y el mundo del cine en sus oficios. Hace unos años la televisión ofrecía por una parte noticias y por otro entretenimiento. Hoy creo que se debe hablar de info-entretenimiento: un cruce indefinido entre información de la realidad y la  ficción. Los presentadores de información son más actores que periodistas, enfatizan, dramatizan, vociferan, se toman una aspirina en medio de la tragedia y llegan hasta llamar por celular, puro teatro, en vivo. Los programas de información  se “novelizaron” y los programas de entretenimiento se vulgarizaron con la peor faceta de la cultura popular de los barrios en lugar de educar y enseñar.

Aquí no se lee o se lee poco y cada vez parece interesar menos cierto tipo de información.

Se privilegian las  “secciones blandas o rosas” (salud, sexo, disputas familiares, vida cotidiana, policiales, deportes, cocina) y espectaculares (juezas-sicólogas inquisidoras)  frente a las tradicionales “secciones duras” (política, internacionales, medio ambiente, economía) que exigen análisis, capacidad intelectual y capacidad de abstracción.

Nadie duda de que una mayor información y variedad de fuentes puede ser garantía de libertad y de pluralidad. Pero también es cierto que muchas personas se demuestran incapaces,  a la hora de jerarquizar la información y de diferenciar entre grandes acontecimientos y meras anécdotas, incluso de distinguir entre realidad y ficción, incluso de segregar entre  intelectuales y  seudos.