Los incendios forestales

Los incendios forestales

JOTTIN CURY HIJO
El ex embajador dominicano en Washington, Hugo Guiliani Cury, dio la voz de alarma hace algunos días cuando se percató del peligro que corre tanto la zona de Polo como el resto del país debido a los constantes fuegos que se originan en nuestro territorio. Desde las terrazas de las residencias campestres de Sócrates Lagares y don Carlos Martínez, ubicadas en la parte más exclusiva de Polo, el ex diplomático divisó lo mismo que he venido observando desde hace varios años y sobre lo cual he escrito en diferentes ocasiones: el peligro de los incendios forestales.     

Cada año desaparecen millones de hectáreas de bosques como consecuencia de los incendios. En algunos casos excepcionales son generados por la propia naturaleza. Algunos factores como la pluviosidad, la humedad y la temperatura inciden en la ocurrencia de estos desastres.

No hay zona de la geografía nacional que pueda ser recorrida sin observar la devastación de llanos y montañas provocados por la mano del hombre. La mayoría de los incendios son originados por infelices labriegos con la intención preparar el terreno para la siembra de guandules, habichuelas y otros productos agrícolas.

El fuego que hace poco azotó diversos puntos de nuestra Cordillera Central ha puesto al desnudo la falta de recursos y equipos de las autoridades para enfrentar acontecimientos de esta naturaleza. El gobierno venezolano, siempre solidario en momentos difíciles, ha sido el único en prestar su desinteresada colaboración para aplacar la furia de Vulcano que con su gigantesca lengua escarlata consume malezas y árboles centenarios, que en ocasiones se encuentran en áreas cercanas al nacimiento de importantes ríos y riachuelos.

Pero más triste aún es contemplar cómo ocurren cosas semejantes sin que a muchos les importe. La indiferencia colectiva y de sentimiento nacional se manifiesta cada vez más en amplios sectores de la población. Todo parece indicar que el amargo ejemplo haitiano, en lo relativo a la deforestación de su territorio, de poco o nada ha servido a los dominicanos para adquirir conciencia de lo que nos espera en el porvenir si continuamos transitando esa ruta.

La historia ha demostrado que ningún país que carezca de recursos naturales básicos puede alcanzar un aceptable nivel de desarrollo. Para solo citar dos casos, Haití y Etiopía han arrasado con su medio ambiente, y hoy son dos de las naciones más pobres del planeta. Asimismo, los brasileños están destruyendo a ritmo acelerado la selva amazónica, lo que altera seriamente el clima mundial. En nuestro caso, no se concibe que la Secretaría de Estado de Recursos Naturales y Medio Ambiente reciba una suma inferior al 2% del Producto Interno Bruto, tal como lo afirma el Grupo Consultoría Pareto, dedicado a las investigaciones económicas sobre gastos oficiales.

Y si a lo anteriormente expresado le añadimos el dilema de los caficultores, que debido al descenso de los precios internacionales del café, se han visto en la necesidad de sustituirlo para sembrar cultivos de ciclo corto, tenemos razones más que suficientes para alarmarnos. Hace algunos años,  un periodista, en trabajo publicado en este mismo diario, apuntó que “la función principal del café, junto al cacao, no es la economía, sino la ecología, porque las dos terceras partes del país son montañosas, las que, además de preservar la ecología, tienen que producir riquezas para la supervivencia de sus residentes”. En tal sentido, es imprescindible que los gobiernos apoyen a los productores de café y cacao a fin de evitar que razones económicas incidan en el desmonte de los bosques cafetaleros.  

Urge adoptar una política nacional que incorpore grupos comunitarios de las distintas provincias, con el propósito de apoyar los programas de educación, siembra y mantenimiento de nuestra flora, así como también para frenar los abusos que se cometen contra la misma. El gobierno debe poner en práctica masivos proyectos de reforestación, como lo fue en sus inicios el plan “Quisqueya Verde”, y para tal fin podría seguir el modelo costarricense de involucrar a los campesinos de las comunidades afectadas en los programas de siembra y preservación de árboles. En tal virtud, se impone la asistencia económica del gobierno para que pueda prosperar cualquier iniciativa en este sentido.

Todavía estamos a tiempo de remediar los daños ocasionados a nuestro ecosistema. Se requiere de una firme voluntad política para emprender programas de reforestación en toda la geografía nacional. Ojalá que nuestras autoridades adquieran conciencia de este problema que desde hace tiempo es motivo de preocupación mundial.