Los hermanos Escofet

Los hermanos Escofet

R.A. FONT BERNARD
Los hermanos José y Manuel Escofet, integraron el grupo de los primeros refugiados de la diáspora republicana española del 1939, llegada a nuestro país. En esa forzada migración política, figuraron entre otros, personalidades del arte y la cultura españolas, de tanta relevancia, como don Bernardo Constancio Quirós, Bernardo Ginés de los Ríos, Fernando Saiz, Amós Sabrás, Aurelio Matilla, Laudelino Moreno, Vicente Llorens, José Guasachs, Angel Botello, Fraiz Grijalva, Manolo Pascual, Vela Zanetti, José Alloza, Eugenio Fernández Granell, Joan Junyer, José Almoina Mateo, Jesús de Galíndez, Francisco Rivero, Manuel Valdeperes, Antonio Parts Ventos, María Ugarte, y otros tantos, pintores artísticos, escultores, escenografistas, profesores universitarios, dibujantes y caricarituristas, expertos en la enseñanza secundaria, de los cuales, solo sobrevive doña María Ugarte, en la plenitud de sus facultades intelectuales.

La influencia de esa migración fué decisiva para el desarrollo de la cultura nacional, en todas sus manifestaciones, por lo que hay que acreditarle, la creación de la Escuela de Bellas Artes, la Escuela de Arte y Declamación, el Teatro Escuela, el Teatro Rodante, y el perfeccionamiento de la Orquesta Sinfónica Nacional.

Los hermanos Escofet, de origen catalán, establecieron una modesta librería, – principalmente con los libros usados-, en una pequeña casa construida con maderas y techada con zinc, en el tramo de la Avenida Mella, comprendido entre las calles 19 de Marzo y José Reyes, en las proximidades del barrio de Villa Francisca. A ese pequeño negocio, concurríamos todas las tardes, los jóvenes de esa área urbana, para escuchar a los hermanos Escofet, disertar en torno a temas de un nivel literario, hasta entonces desconocido, por quienes entonces terminábamos el bachillerato.

Ellos nos acercaron a los textos de los Romanceros, en particular al «Cantar del Mío Cid», a las «Coplas de Jorge Manrique», a los variantes textos de «La Celestina», el anónimo y el de Fernando de Rojas, -a la poesía picaresca del siglo XV, y desde luego, a los poetas de la generación del año 27, Alberti, García Lorca, Vicente Aleixandre y León Felipe, entonces desconocidos en nuestro país.

Trasncurridos apenas unos meses, los hermanos Escofet establecieron relaciones con varias casas editoras latinoamericanas, particularmente con la Zig-Zag chilena, y las Losada y Espasa – Calpe Argentina, las que, no obstante, las dificultades del tráfico marítimo, ocasionado por el inicio de la II Guerra Mundial, les enviaron consignación, una considerable cantidad de libros, entre los que figuraban, los de la Colección Austral, en ediciones en rústica, que se vendían al precio de cincuenta centavos cada copia.

Los hermanos Escofet, sin dudas expertos libreros, fueron quienes nos dieron a conocer varios títulos de autores latinoamericanos, dotado de notable nombradía internacional. Recuerdo entre otros, los novelas «Los de Abajo» del mexicano Mariano Azuela, «La Vorágine» del colombiano Eustacio Rivera, y «Don Segundo Sombra» del argentino Ricardo Guirialdes. Constituyó un acontecimiento para los jóvenes de mi contemporaneidad, el libro de don Raúl Haya de la Torre, titulado «¿Hacia donde va Indo-América?»

De aquella época conservo, ya profesionalmente encuadernados, numerosos títulos de la colección Austral, entre los que citó memorizando «El Libro del Buen Amor» del Arcipreste de Hita; Las «Oraciones Fúnebres» del Obispo Bousset», Las «Obras Completas» de Azorín, de Benevante, de Pío Baroja, de Quevedo, de Ramón de Campoamor, de Valle Inclán, de Ricardo Palma, y de Rubén Darío; y las «Obras Escogidas», de Sor Juan Inés de la Cruz, de Don Marcelino Méndez Pelayo, del Doctor Marañón, de Ortega y Gasset, así como «El Criticón» y «El Discreto» de Gracián, «La Comedia Humana» de Balzac, «Los Cuentos» de Allan Poe, de Antón Chejov, de Bernard Shaw, y desde luego, Cicerón, Aristóteles, Platón, Horacio, Virgilio y Oviedo. Mención aparte hay que reservarles, al inevitable Vargas Vila, a Julio Verne, y a Salgari.

Todavía en el discurrir de los años cuarenta del pasado siglo, la ciudad principal del país, -entonces Ciudad Trujillo-, era un pueblo grande, que carecía de los servicios -bares, discotecas, salones de masajes- que ahora le sobran. Nada se sabía de los economistas, los sociólogos, los expertos en recursos humanos, las relaciones públicas, las secretarías bilingües, y las megadivas que en la actualidad representan la comedia de la modernidad. Y fue en ese ámbito semirural, donde los hermanos Escofet, comenzaron a quitarnos el polvo y la caspa del aldeanismo cultural.

Como consecuencia de su consagración al trabajo, y a su oportuno conocimiento de las novedades bibliográficas, posteriores a la II Guerra Mundial, los hermanos Escofet prosperaron económicamente, lo que les permitió, construir un amplio edificio en la calle Arzobispo Nouel, en el que por primera vez en el país, se instaló un salón de lectura. Tuve el honor y la satisfacción de asistir al acto inaugural del «Instituto del Libro».

Al pasar recientemente por allí, me entristeció leer un letrero colocado en una de las vitrinas exteriores con la leyenda «Se Vende». Una anunciación de que los hermanos Escofet han fallecido, o que tal vez, decidieron vivir los años de su ancianidad, en su país natal, de donde salieron en el año 1939, para escapar de la intolerancia personificada por el general nacionalista Millan Astray, responsable de la sentencia que selló el triunfo de los nacionalistas acaudillados por el general Francisco Franco: «Muera la inteligencia».