Lo peor de la presente crisis

Lo peor de la presente crisis

POR CÉSAR PÉREZ
A pesar de encontrarnos en la víspera de un nuevo gobierno, lo cual generalmente provoca una cierta sensación de alivio y esperanza, se mantiene el estado de incertidumbre y de casi postración de importantes sectores de esta sociedad ante un futuro que se percibe sin perspectivas. No reaccionamos ante el desmadre en que termina el presente gobierno, pero tampoco ante las pocas señales que dan las nuevas autoridades sobre las medidas concretas para enfrentarla, eso es lo más preocupante de la presente crisis.

En parte, eso explica el inusitado activismo y protagonismo, tan diverso en cuanto a actores participantes, de legaciones extranjeras opinando, conminando y casi ordenando sobre la forma de encarar determinados aspectos económicos y políticos de la crisis.  Esto se debe, no solamente a que cada embajada, país o institución extranjera quiere preservar y/o imponer sus intereses, sino porque no perciben señales claras de parte de las nuevas autoridades ni otros actores sociales y políticos, sobre cómo resolverán algunos temas claves de la presente coyuntura.

Los temas de la corrupción, de la quiebra dolosa de tres bancos y el tratamiento que a la misma dio esta administración que termina y la actitud que sobre dicha quiebra tiene el nuevo equipo de gobierno, los indiscutibles nexos que existen entre políticos y parte del sector financiero en la práctica dolosa del lavado de activo y la por momentos empantanada discusión sobre la reforma fiscal, entre otros, preocupan a esas legaciones extranjeras. 

No obstante, más que por las consecuencias, debemos preocuparnos por la causa del referido protagonismo. Las consecuencias son claras: significa una acentuación de la nueva forma de injerencia de las naciones poderosas en los asuntos internos de las más pobres o pequeñas, debido a la actual e incuestionable mundialización de la economía y de la política, a través de integración de los espacios urbanos y regionales como nueva forma de reproducción del capital.

Esto es menos preocupante, pues la mundialización e integración de los espacios entre naciones fuertes y débiles no impiden las luchas sociales y políticas susceptibles de establecer una relación de fuerza, no necesariamente favorable al gran capital. Las causas del injerencismo arriba apuntado, hay que buscarlas en el preocupante hecho de que la sociedad dominicana no parece ser capaz, por el momento, de generar las fuerzas para enfrentar de manera vigorosa y decidida los temas y denuncias que levantan esos actores de signos extranjeros.

Podríamos sentir molestia o vergüenza, cuando un jefe de una delegación extranjera dice que en nuestro país no existe la cultura de llevar a la cárcel a los infractores de la ley cuando estos son ricos y que deben ser llevados a la cárcel por el próximo gobierno aquellos banqueros que con la quiebra dolosa de sus bancos provocaron la desastrosa crisis económica. Pero, debemos admitir que este dice la verdad y que cuando algunos funcionarios judiciales del gobierno que termina se expresaron en esos mismos términos fueron ignorados por los principales exponentes del partido mayoritariamente votado en las pasadas elecciones, y que sectores eclesiales, hoy muy activos en la denuncia, entonces guardaron silencio.

Cuando se produjeron las denuncias de la quiebra dolosa de los bancos, muchos sectores independientes y de sólida legitimidad protestamos, pero la protesta no tuvo la contundencia ni la sistematicidad requerida, la hicimos divididos y hasta medio peleándonos, por eso fue más bien un espasmo. Como sociedad no fuimos lo suficientemente fuertes para obligar tanto al gobierno como a la oposición, que hoy es gobierno, a que asumiesen una postura de de condena y de escarmiento a esos corruptos (no políticos) y como diversidad de organizaciones políticas y de la sociedad civil, no tuvimos la suficiente generosidad para hacer abstracciones de nuestras diferencias para coordinar y potenciar las acciones contra el fraude bancario.

Es frecuente escuchar las sentencias de que nuestro pueblo olvida fácilmente los agravios que recibe, que tiene corta memoria y olvida las afrentas y heridas que le provocan sus verdugos, pero es necesario recordar también que este mismo pueblo ha escrito gloriosas páginas de revueltas contra sus verdugos nacionales, ajusticiando a los más feroces y contra intervenciones extranjeras. A pesar de las campañas contra la memoria histórica de los pueblos, esas páginas forman parte de los sedimentos que son imborrables en la conciencia nacional, por tal motivo, en determinadas circunstancias brotan como factor catalizador de procesos verdaderamente renovadores o de revueltas espontáneas y carentes de sentido, simplemente como expresión de rabia contenida y otras veces sirven de punto de referencia en que se apoya un líder carismático no siempre democrático, el cual, invocando el siempre deseado orden de las masas, impone ese orden casi siempre por encima y hasta en contra de esas masas.

No pocas veces ha sucedido en la historia que este tipo de líder surge cuando las fuerzas más democráticas de una sociedad se mantienen en estado permanente de inmovilismo, de dispersión o vanamente esperando que las fuerzas del viejo régimen superen una crisis de la cual todas ellas son, además de responsables, cómplices.

Por esas y otras razones, más que la presencia de actores extranjeros en los espacios donde se discute sobre nuestra crisis, y de la falta de propuesta creíbles de las nueva autoridades sobre cómo resolverla, debe preocuparnos el estado de inmovilismo y dispersión de los sectores políticos y sociales no comprometidos con las causas y causantes de la crisis. Reflexionar seriamente sobre esta circunstancia y proponernos metas realistas puede ser el camino para salir de la modorra? y realmente de la crisis.