LITERATURA
Adiós al poeta de la vida y la muerte: Víctor Villegas

LITERATURA<BR>Adiós al poeta de la vida y la muerte: Víctor Villegas

La vida se le fue esfumando poco a poco al poeta Víctor Villegas.  Aunque no hay formas de morir perfecta,  existe la conciencia de que unas muertes son más crueles e indeseadas que muchas otras. Por eso valoramos que este hombre dinámico, risueño y relajado haya partido con la benevolencia del Señor en el lecho que le acogió durante tantos años y en el que se abrazó a su mujer y en el que lo recibía el dios del sueño con los brazos abiertos esperando ser cómplice de los momentos oníricos del poeta.

La tarde que el afamado fotógrafo argentino Daniel Mordzinski fue a ese acogedor apartamento de Bella Vista a tomar la imagen de Víctor Villegas el lente captó a un hombre que contemplaba la luz por una diminuta ventana, un cuerpo que buscaba una salida a la naturaleza y al aire libre en el que prefería vivir. Ver esa imagen impoluta entre claroscuro provoca una inmensa ternura y despierta un deseo de describir el instante capturado con colores de poesía.

Víctor Villegas murió el sábado santo. Ese día, que era sábado y que era 23 de abril, se conmemoraba el Día Internacional del Libro. ¿Es el día del libro un buen día para dejar la vida? Para cualquier mortal tal vez no, pero para un hombre consagrado a las letras sí. Es hasta poético sumar la partida del vate dominicano a las efemérides literarias de ese día, mismo en que falleciera el autor de Don Quijote, Miguel de Cervantes Saavedra -otra coincidencia es que  este autor español muriera igual día, mes y año -1616- que el autor inglés William Shakespeare que había nacido en igual día en el 1564. También falleció un  23 de abril el también escritor, Inca  Garcilaso de la Vega.

De haberlo sabido con anterioridad, a don Víctor Villegas se le hubiera ocurrido hacer alguna de sus mitologías conversadas poniéndose en medio de la vida de estos autores y arracando carcajadas de su auditorio.

Porque a este hombre no le gustaban los ambientes lúgubres. Y creía firmemente que la literatura y sus ceremonias no tenían por qué ser actos interminables y aburridos cuando podían ser agradables y risueños.

Eso lo convirtió en un mito y en un personaje. Porque él se inventaba con una facilidad pasmosa, otras vidas, actas y formas de nacimientos con un realismo tal que aunque lo fuera parecía más fantástico que mágico.

Los duendecillos y caminantes de la Zona Colonial lo recordarán siempre bien puesto, trajeado, caminando para Cacibajagua, para  La Cafetera, al Café de los esquizofrénifos o regalando sus pasos y su gesticulación a sus acompañantes de al lado.

Sus compañeros en los oficios que ejerció no olvidaremos su educación, simpatía, solidaridad, ingenio, ocurrencia y alto sentido de la amistad.